Flor María Salazar de Tenorio

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Confieso que su aparente seriedad y mirada adusta me confundieron más de una vez antes de conocerla, hasta el extremo de creerla otro de esos seres amargados que andan por la vida perturbando la paz de los demás. Claro que esa impresión no fue más que un prejuicio. Cuando se dialoga con ella, por el contrario, es como cuando se llega a un valle iluminado por la luz solar. Eso es Flor María Salazar: una fuente de luz que se refleja y contagia en su interlocutor, y que irradia jovialidad, energía y entusiasmo.

Llegó a Cuenca, procedente de su natal Guayaquil, en 1940, cuando aún no cumplía los ocho años de edad. La capital azuaya, rememora, era por entonces una urbe muy pequeña, dominada no solo por las montañas que la custodiaban sino también por los prejuicios que caracterizaban a su sociedad. Así, por ejemplo, a la escuela Tres de Noviembre, donde estudió, asistían también niñas que usaban pollera, es decir de origen indígena, que no podían sentarse junto con las demás pequeñas por su condición racial y social, y debían hacerlo en la parte posterior del salón de clases. Fue precisamente el vestuario de las cholas cuencanas lo que le llamó la atención, pero también la segregación racial. En aquella época, afirma, quienes hacían algún trabajo eran mirados por encima del hombro. Recuerda que la enviaban al mercado con la canasta, y sus primas se avergonzaban de eso. En la escuela hasta afirmaban que sí, que la querían mucho, pero que no tenían parentesco alguno con ella.

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Era así su vida en Cuenca, mientras ella se sentía como en un punto intermedio entre las cholas y las niñas bien. En su familia, sin embargo, las costumbres eran distintas a las del resto de familias de la ciudad andina, a las de los parientes. Si alguien prestaba algún servicio en su casa, no había reparo a que comiese con ellos en la mesa familiar, algo que por entonces (y aun hoy en día) se veía muy mal. Evoca inclusive un episodio del que fue testigo como miembro de la Asociación de Empleados del Azuay, primera asociación laica y libérrima, que en el año 1927 había recibido a mujeres entre sus agremiados. A la hora de tomar el café, luego de que el conserje sirviera las tazas ella le invitó a sentarse a la mesa con ellos, tras lo cual un amigo de apellido Ugalde la reprendió por haber tomado el café junto con la servidumbre.

Su padre, de apellidos Salazar Fernández de Córdova, era un cuencano que había prosperado en Guayaquil dedicado a las actividades comerciales. En esa ciudad la familia tenía una fábrica de golosinas que se llamaba AS, hacia los años treinta. Al enfermarse el padre de un enfisema pulmonar, como consecuencia de su hábito de fumar, se creía por entonces que lo que padecía era tuberculosis, tras lo cual debió cerrar la fábrica y despedir a los trabajadores. En esa situación, decide volver a Cuenca, con la confianza de que recibiría ayuda de su familia ahora que pasaban a ser los parientes pobres.

Desde entonces, con un breve lapso de estudios secundarios en Riobamba, Flor María es uno de los personajes más queridos y admirados de Cuenca de los Andes. Aquí creció, estudió, se formó, se enamoró, se casó y tuvo a sus hijos. Aquí, junto con su esposo, daría fama a una de las boticas más antiguas de la ciudad, la Olmedo. Todas las vivencias que ha atesorado a lo largo de su vida, comenzó a trasladarlas al papel hace unos pocos años, o más bien al disco duro de la computadora, que utiliza sin problema alguno, en relatos que dan cuenta de la transformación operada en la capital azuaya durante gran parte del siglo XX: En Cuenca las cholas son muy valientes; en general, aquí la gente no tiene miedo, afirma con el convencimiento de quien ha visto y oído de todo en esta ciudad, para añadir que los suyos son relatos que hablan de las cosas que, por fortuna, han cambiado ya.

Viviendo en Cuenca, la familia debió dedicarse a la elaboración y venta de cigarrillos de chocolate y caramelos que se entregaban en bolsas de papel celofán. Gran parte de ese mundo está plasmado en aquellos relatos, que a veces parecen más crónicas de la metamorfosis generada en una urbe que lentamente fue dejando atrás ataduras y prejuicios religiosos de estricta vigencia social.

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Junto al poeta cuencano Efraín Jara Idrovo.

Caracterizada por un buen humor del que hace gala cuando se siente a gusto con su interlocutor, es célebre por su frontalidad ante lo que simplemente no está bien. Esta cualidad la tenía ya en la adolescencia, cuando al vivir en Riobamba y estudiar en una institución femenina denunció el acoso sexual del que una compañera suya había sido víctima por parte de un profesor. Aunque era la mejor estudiante, al año siguiente le negaron la matrícula. Antes había estado dos años en el Benigno Malo, en Cuenca.

Regresó para estudiar Medicina, y poco después se casó, tras lo cual retornó también su familia desde Riobamba. El médico Gabriel Tenorio, 26 años mayor a ella, será su esposo. Era propietario de la botica Olmedo No. 2, establecida en 1932, que estaba ubicada en la calle Presidente Córdova, entre General Torres y Padre Aguirre. En el año 2006, es decir a los 73 años, les subieron el arriendo, motivo por el cual debió buscar un nuevo local y trasladarla a su nueva dirección, en la calle Juan Jaramillo.

El matrimonio tendrá cuatro hijos: Gabriel Edmundo (médico), Juan Manuel (médico intensivista, que vive en Bogotá), María Cayetana (doctora en Bioquímica y Farmacia), y María Goretti (licenciada en Filosofía y Letras). Mis hijos no nos dieron trabajo nunca. Fue fácil cuidarlos en la botica, donde pasaban con nosotros, y había el pasaje León, que era seguro en esa época. Los nietos, por cierto, la llaman “mami”…

Desde el año 1952, cuando se casó, no ha dejado de trabajar en la botica Olmedo. Además fue profesora de la Facultad de Química de la Universidad de Cuenca por espacio de 25 años, y del colegio Benigno Malo por 17, etapa que considera la mejor de su vida. Su obligación, creyó siempre, era que los alumnos aprendieran, no que perdiesen el año. Así, de los 150 estudiantes que tenía por año lectivo, apenas llegarían a tres quienes lo perdieron. Rememora también una época en la que había alumnos con problemas de aprendizaje, que pedían ir a su casa los sábados para reforzar las lecciones. A las 9 de la mañana, el doctor Tenorio les brindaba, religiosamente, el copioso desayuno que llegó a congregar hasta una veintena de estos estudiantes en una misma mañana.

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Entre sus alumnos recuerda al propio alcalde Marcelo Cabrera Palacios, al ex concejal Rolando Arpi, Tarquino Orellana, los hermanos Ochoa Andrade, Jorge Villavicencio, la ministra Doris Solís, profesores actuales de la Universidad, del colegio Benigno Malo. También impartiría la docencia en instituciones particulares, hasta que dejó de enseñar luego de jubilarse, tras lo cual se dedicó por entero a la botica, que su esposo no podía atender ya debido a lo avanzado de su edad.

En la botica Olmedo, ahora ubicada en las calles Juan Jaramillo y Luis Cordero, junto a una casa en la que vivió el polémico historiador y religioso Federico González Suárez (sus ideas, por cierto, no son precisamente las de una mujer conservadora), es posible observar un Altar de la Patria, en el que están representados elementos de las Fuerzas Armadas, la Policía y el Cuerpo de Bomberos, además de una virgen. Pienso que el uniformado ya dio la vida por la Patria. Se trata de héroes vivos, más valiosos que los muertos, que salen de su casa cada día sabiendo que podrían no regresar. Admiro al policía, al militar, al bombero; es admirable el trabajo del bombero, que es el servidor número uno.

Aunque su anhelo era estudiar Medicina, resultaba más conveniente para el matrimonio que estudiase Farmacia, área en la que, afirma, también se puede servir y ayudar a la gente de manera gratuita: El farmacéutico cura enfermedades que no se consultan al médico, como la presencia de piojos o la sarna, y el paciente va a la botica porque no le cobran y le dan buena atención, no tiene que formar cola, le escuchan, le proporcionan el medicamente, y además lo orientan hacia qué tipo de médico debería consultar, expresa con la convicción de quien sabe su oficio a la perfección.

La actual Olmedo no tiene que ver con una botica común y corriente. El mobiliario que posee para el almacenamiento de las oficinas está diseñado por ellos mismos, con el propósito de que sirva para mantener los medicamentos en las mejores condiciones posibles, aislados de elementos como la luz, la humedad o los cambios de temperatura. Al preguntarle por qué sigue llamando botica a su local, cuando los demás hace rato usan la palabra farmacia, dice que es un término mal utilizado, pues se refiere farmacia a la profesión, además de que se ha copiado de los colombianos: Botica, que viene de bodega, es el término adecuado. El boticario es un ciudadano especializado en dispensar medicamentos, no en vender, pues pone por delante el interés del usuario. El boticario, que es una especie de especialista en contraindicaciones, busca la manera de orientarle hacia el médico. Y ahí mismo la gente puede obtener medicamentos preparados para alguna dolencia específica, solicitados por ellos mismos o por algún médico. De eso da cuenta la vitrina que en vez de una serie de artículos actuales lo que exhibe, como si fuera un museo de la farmacia, son recipientes que contienen diferentes sustancias y productos químicos.

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Concejal de Cuenca

Pero hay una faceta que ocupó prácticamente una década en la vida de Flor María Salazar: la política. Siempre estuvo atenta a lo que acontecía en la ciudad y el mundo. Solía escribir cartas al Concejo Cantonal, sobre temas como la contaminación ambiental generada por el ruido. Desde ese punto de vista, dice, estuvo siempre involucrada en la política. Su esposo también lo estaba, pese a que nunca aceptó cargo alguno.

En el año 2000, el arquitecto Fernando Cordero le propuso ser candidata. Se sintió tan abrumada con la propuesta, recuerda, que no aceptó de inmediato. El Alcalde le dio un plazo de tres días para considerar la propuesta. Ella aceptó, convencida de que, estando en el cuarto lugar de la lista, no ganaría. Los candidatos de los tres primeros puestos, sin embargo, no entrarían a falta de los votos suficientes, y ella sería un nuevo miembro del Concejo Cantonal de Cuenca. A mí y a mis hijos el servicio a la sociedad nos parece una obligación y nada más. No nos interesa figurar sino cumplir con el deber, dice orgullosa.

Una vez culminado su periodo como concejal, pensaba retirarse del espacio público pues contaba ya con 73 años de edad. Se lanzó junto con Fernando Cordero, quien aspiraba llegar a un tercer periodo como burgomaestre de Cuenca. Nuevamente entró ella como concejal, aunque el ex Alcalde perdería su tercera postulación. Lo mejor de estos años en la concejalía ha sido conocer a la gente, sobre todo a la gente campesina y humilde, a los discapacitados, las personas que se superan a sí mismas y por sí mismas. Cuando ellos hacen un reclamo lo hacen con sinceridad y sencillez, y lo que reclaman es sobre todo dignidad.

A pocas semanas de dejar el cargo de edil, luego de una década de haber asumido esa responsabilidad ciudadana, Flor María Salazar cree que ha sido muy grato ser concejal: Nunca he callado, y me han tolerado. Agradezco a los directores departamentales, a los funcionarios, a los alcaldes. A veces he perdido la paciencia, y he querido ser sarcástica, porque en ocasiones el sarcasmo es un arma muy poderosa.

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La pobreza no impidió que creciera en un hogar lleno de libros e inquietudes culturales. Todos esos años de lectura se han ido simplificando con el tiempo en selecciones propias de poemas, salmos, frases tomadas de obras literarias, por ejemplo el salmo 23, que recita de memoria en una curiosa traducción del Inglés hecha por Juan Montalvo. Lee desde muy pequeña, lee todo, y todos los días algún pasaje de la Biblia. Inclusive recuerda que a veces aguantaba castigos por leer, pues por dedicarse a la lectura no hacía sus tareas. No obstante, era un hogar en el que se decía que si se tiene que leer y comer lo demás no importa. Aunque trabajaban, evoca, eran muy buenos alumnos, y aun tenían tiempo para leer. En los libros de texto está el conocimiento, pero en la literatura está la sabiduría. El que no lee la Biblia ha perdido mucho de su tiempo, y de sabiduría no sabe ni la mitad”, expresa. Añade que de la Biblia uno de sus libros por excelencia es el Cantar de los Cantares: “La Biblia es el libro más explícito que hay, no miente. Dios nos hizo con sexo para amarnos y respetarnos, no para ser objeto de burla. El pecado de Adán y Eva no es carnal sino de soberbia y de gran desobediencia, añade con su eterna sonrisa reveladora de bondad y sabiduría, mientras se vuelve sumamente difícil culminar esta deliciosa conversación.

2009-2014

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Antonio Preciado: la Poesía no tiene Color

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La idea de entrevistar al poeta afroecuatoriano Antonio Preciado, me resultaba particularmente tentadora. Volver a mi natal Esmeraldas, bajo el pretexto de «enfrentarme» a esa especie de monstruo sacro de la poesía esmeraldeña, era como haber recibido el regalo de una venganza sutil y velada [por supuesto], casi diez años después de que mi atrevida ingenuidad adolescente, urgida por decenas de páginas de versos totalmente impúberes, apostara a perseguir al barriocalienteño jututo al extremo del cansancio y el desplante consecuente.

 

Este hombre y su planeta

Lograr que el funcionario, más que el poeta, encontrara un espacio en su agenda no fue fácil. Preciado es el máximo responsable de la actividad cultural que el Banco Central desarrolla en la provincia verde. Tuve que valerme de un amigo común. Aun así, fue preciso aguardar varios días. Programada para las nueve de la mañana de un sofocante martes de septiembre, la entrevista no comenzaría sino dos horas después, a causa de una inesperada reunión de trabajo. Su secretaria, tomándome por funcionario del Banco, fue extremadamente amable, y me permitió esperar sentado sobre una de las cuatro sillas colocadas frente al escritorio del licenciado, como le llamaban por entonces sus subalternos.

En la oficina, gruesas y pesadas cortinas impedían el paso de la agobiante luz solar esmeraldeña, aunque no del bullicio de la céntrica calle Bolívar. Escritorio grande, con muchas fotografías bajo el vidrio, recuerdos de las amistades que ha sembrado, en diferentes latitudes, este hombre y su planeta.

Después de que el poeta diese lectura a un documento extensísimo, preparado para esta entrevista [y al parecer para algunas más, conforme fui percatándome tiempo después], ya que, según dijo, a menudo su sucesivos entrevistadores distorsionaron cuanto había querido decir, tímido y casi incrédulo de por fin poder comenzar mi trabajo me atrevo a lanzarle mis primeras inquietudes, en torno al recibimiento que habían tenido De ahora en adelante y Jututo, sus dos últimas publicaciones: «En rigor, han sido bien recibidas, de acuerdo con lo que dicen los comentarios escritos, tanto de dentro como de fuera del país. Algunos de los poemas de estos dos últimos libros han sido  recogidos ya en antologías del exterior. Pero no soy una persona que se satisface a plenitud con lo que va realizando, porque esa satisfacción supondría una suerte de engolosinamiento con lo que se hace, y una pérdida de la obligación de trabajar incesantemente en nuevas empresas artísticas.»

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Ni un antes ni un después

Con la certeza de que aún no ha escrito una obra a la que pueda considerar el referente máximo de todos sus poemas y libros de poemas, para él la poesía es inmensa y le hace sentir «apabullado, verdaderamente minúsculo, pequeño al lado de los horizontes que se presentan dentro de las perspectivas de la creación literaria

Preciado no cree haber andado mucho; al contrario, considera poco lo que ha hecho y se ve obligado a esforzarse de manera constante: «No hay un antes ni un después, sino un siempre en mi creación.»

En Jututo, se da la presencia de varios poemas dedicados o escritos a partir de la evocación de personas conocidas por él en Esmeraldas y en diversos sitios del mundo, bajo el título de Algunos de los míos. Son la mayor parte amigos muy cercanos, otros no tanto, pero a todos ellos les une un vínculo humano, poético o político, en el más hondo y genuino sentido de cada término. En definitiva, gente negra a la que el poeta admira y a la que confiesa querer, lo cual me mueve a indagar por su concepto de amistad: «Para mí, es un sentimiento de extraordinario y profundo valor, porque ancla el afecto de dos o más seres. Creo en todo lo que reúne al hombre, en todo lo que le permite abrazarse, en todo lo que orienta la proa visionaria hacia el encuentro del hombre con los demás seres; estando en ese cauce, la amistad es para mí altísimamente valiosa.»

También se confiesa posesivo, pero con la inmediata aclaración de que no es en el sentido egoísta de la posesión, según sus propias palabras:«Soy posesivo en el sentido de mantener aprehendido, al alcance de mi tacto, de mis afectos, de mi querencia volcánica, del vórtice de mi cariño, de mi ser que brota por mis poros, todas las cosas entrañables, las cosas y los seres que amo… La persistencia de mi yo no se anula, no se diluye definitivamente, sino que se fortalece y realiza en un mundo de incesantes interacciones. Y ese es el asiento del carácter social de mi creación. Eso es lo que se patentiza en una convergencia entre los demás y yo, como creador, a través del instrumento maravilloso de la palabra.»

RAO: ¿No ha sentido el peligro de una exagerada consideración de lo social, de lo político, en detrimento de lo estético?

AP: El universo de mi poesía no se agota en esa primordial preocupación, ni el universo de ninguna poesía… Escribo orientándome hacia los fines que, a mi entender, dan un sentido mejor, más fructuoso desde el punto de vista de la satisfacción moral y espiritual que busco en el hacer poético. Además de la gravitante imposición que supone la lengua compartida, lo digo sin eufemismos, también intencionalmente pretendo escribir para los demás, pues mi propósito siempre es decir algo, que a la vez que se encuadre dentro de los movimientos estéticos sea recibido por ese gran otro a quien me dirijo, ese otro múltiple que es destinatario de la creación. Necesito y busco ser aprehendido, captado.

Resulta obvio que para Preciado la escritura poética es una necesidad de expresión, dentro de la cual están permanentemente presentes las preocupaciones sociales. Se concibe a sí mismo como alguien cuyo deber es no perder de vista en la creación, como ingredientes básicos de su propio sentido de lo popular, lo que denomina «la ineludible obligación de permanecer atento a los problemas del pueblo». De otro lado, la abundante utilización de metáforas en su poesía podría interpretarse como un intento catártico, de auto-purificación, a pesar de sus reiteradas intenciones de ir al encuentro con los demás.

Los medios materiales

También me intrigaba un poco, en esta época en la que no nos imaginamos escribiendo en otra cosa que no sea un teclado de computador, la forma en la que Preciado da a luz sus poemas: «Escribo a mano, y escribo acostado; no por pereza, como me decía en broma un amigo… [ríe, a propósito de ser ese otro de los estereotipos en torno a los negros]. Escribo acostado, porque así me acostumbré desde que era muchacho. Siempre leo y escribo acostado; por supuesto, cuando estoy en mi casa

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¿Su poética es vivencial, o es una literatura de la literatura?

Es vivencial. Toda creación empieza por la práctica, por el contacto vivo del ser humano, de su percepción sensorial con el mundo que lo rodea, con los demás seres; la realidad objetiva en sus dos grandes vertientes: la naturaleza y la sociedad. En ese sentido, las obras de arte también parten, aunque no se lo quiera reconocer, de esa realidad objetiva.

La abuela Francisca

Además de lo social y natural, otra de las presencias determinantes en su vida y, por ende, en su poesía, es la de las mujeres: «Desde la venerable abuela Francisca, que me inició en el conocimiento de mis esencias étnicas, que me llenó la cabeza de mitos, de fantasmas, de dioses; que aproximó a mi olfato el aroma de las hierbas curativas. Desde esa abuela Pancha, pasando por mi madre, por mi Felisa, que vive a sus ochenta y tantos años; esa mujer que, como digo por ahí, se repartía entre cinco hijos, sola, y que realizaba el milagro de hacer alcanzar un número menor para un número mayor. Dalia, mi única hermana; mis amigas, hasta llegar a las mujeres con las que he compartido parte de mi vida, por las que tengo un profundo respeto, y que han dejado su marchamo indeleble en mi espíritu.»

La poesía no tiene color

La conversación es con frecuencia interrumpida por llamadas telefónicas, por el ingreso sin previo aviso de personas que no sabían nada del asunto, y hasta por salidas del mismo Preciado. Algunos de esos momentos son aprovechados por mí para voltearme a observar, con detenimiento y fascinación, tres fotografías en blanco y negro: una hermosa negra ataviada con pañolón, casi niña, casi adolescente; un sonriente negro que sostiene entre la perfección envidiable de sus dientes una humeante cachimba [pipa]; y, finalmente, los bellos ojos grandes, sorprendidos, diríase que tristes, de un pequeño negrito.

Fuera de Esmeraldas, me atrevo a decir que aun dentro de ella, se le considera exclusivamente un poeta de la negritud, quizá su máximo exponente. Este encasillamiento parece molestarle, pues, de alguna manera, podría considerarse también un rezago de la discriminación de la que ha sido objeto el pueblo afro: «La mayor parte de mi poesía no está centrada en la negritud. Alguna vez Hernán Rodríguez decía, en un comentario, que yo había tomado poco de la inmensa cantera de la negritud, siendo un poeta negro… Mi poesía está centrada en una preocupación general por el hombre, por el ser humano amplio, genérico, universal, partiendo de la convicción de que primero soy hombre, después soy un hombre negro. Toco la realidad de la negritud como tal, pero ligada también, eslabonada, articulada, vertebrada a la realidad del hombre en general. Estoy obligado a decirle esto porque mucha gente considera que como soy un poeta negro mi poesía es negra. La poesía no tiene color; las realidades del hombre negro las puede tocar un poeta que no sea negro, que no tenga en la piel la carga que yo tengo, que no sea de mi etnia. Si se afirma que mi poesía está exclusivamente centrada en la negritud, no hay conocimiento profundo de ella.»

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¿Cree que hay racismo en Esmeraldas, la provincia con el mayor porcentaje de población negra en el Ecuador?

No creo que la mayoría de la gente en Esmeraldas sea racista. Hay manifestaciones de racismo antinegro, pero son producto de antecedentes históricos a los que me he referido siempre, como la teorización de una supuesta inferioridad del hombre negro. En esta provincia, tradicionalmente, el negro ha estado ligado a los estratos inferiores de la sociedad, al sector más pobre de ella, realizando trabajos domésticos, de carga, etc. El mestizo [el mulato], que tiene mucho de negro pero quiere blanquearse, que quiere no ser negro, arremete contra quien, ilusoriamente, considera la última rueda del coche. Mas, por lo general, Esmeraldas es un batidero de gentes de diferentes etnias, que no mantienen ese tipo de diferencias, de prejuicios.

Usted habla de esa «supuesta inferioridad», pero quizá la actitud del esmeraldeño negro de la actualidad no es tan altiva o contestataria como la del negro estadounidense, por ejemplo…

Las diferencias que se puedan advertir son de carácter publicitario. El hombre esmeraldeño tiene conciencia de que es un ser humano –sobre todo el hombre joven-, que afirma su valor y busca también la consolidación de su identidad cultural como etnia, sin perder de vista el hecho de que, fundamentalmente, es un ser humano. Esa afirmación se ha venido dando a partir del acceso que la juventud ha tenido, en las últimas décadas, a la educación. La escolaridad más alta del negro esmeraldeño va ejerciendo un influjo liberador en este sentido, haciéndole ver más amplio el horizonte, ampliando su cosmovisión.

Casi al final, me resisto a despedirme [o a ser despedido] sin tratar de hurgar un poco en las facetas más personales del Preciado humano, del Antonio Preciado que no tiene reparos a la hora de reconocer cuánto le gusta la comida esmeraldeña y sus platos típicos: los encocaos [mariscos sazonados en leche de coco], las balas [bolones de plátano verde aplanados], el masato [una especie de batido de plátano maduro con leche], o el irresistible tapao [pescado cocido y condimentado con hierbas aromáticas como la local y exquisita chillangua, y acompañado de plátano verde cocinado; del Antonio Preciado que reitera ser un esmeraldeño jututo [auténtico], que gusta de la marimba tanto como de la música formal, ligera, popular de los países latinoamericanos, la música ecuatoriana, el blues, el jazz, etcétera.

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La cultura esmeraldeña

Preciado habla con bastante rapidez. Imagino cuán difícil hubiese resultado esta entrevista sin la ayuda de una grabadora. Luego de hora y media es evidente el cansancio, pero no tanto como la prisa por despedir a su interlocutor para continuar con su intensa agenda de trabajo.

Hacia los años setentas, el poeta fue uno de los más apasionados impulsores y protagonistas de la cultura esmeraldeña. Hoy se dedica solo a las actividades culturales del Banco Central, por coincidencia y fortuna a su cargo: «En esa época contaba con un grupo de trabajadores de la cultura, de dinamizadores, muy entusiasta. Fui entonces Presidente de la Casa de la Cultura por dos periodos. La recuerdo como una época extraordinaria. Después, cuando dirigí el Centro Municipal de Cultura, se vivió también una época de intensa actividad.»

Debido, entre otras causas, a la falta de asignaciones presupuestarias suficientes, las dos instituciones perderían protagonismo. Es entonces cuando, a mediados de la década anterior, la entidad bancaria asume la tarea de rescatar, preservar y difundir la cultura de esta provincia: «El Banco Central ha venido trabajando intensamente aquí. Si se suprime su actividad (museo, archivo histórico, difusión de programas, etc.), Esmeraldas quedará huérfana de estímulos de trabajo cultural en su comunidad.»

Revista “Cultura”, Banco Central del Ecuador

Quito, Septiembre de 1998