Ecuador a 122 años de la Revolución Liberal

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En el año 1912 el Ecuador era una joven nación de la América austral, que contaba apenas 82 años de vida republicana. Su realidad social y política era convulsa, conflictiva y caótica, y estaba signada aún por fuertes rezagos de la era colonial, que había durado prácticamente cuatro siglos.

Los ecuatorianos de entonces eran una amalgama de seres polarizados entre el fanatismo religioso y la lucha por conquistar derechos sociales que, hasta 1895, cuando se proclamó la Revolución Liberal liderada por Eloy Alfaro Delgado, habían estado siempre relegados para las grandes mayorías.

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Aunque esa gesta transformó las bases del Estado y trastocó las formas de dominación social que imperaban hasta entonces, quienes usufructuaban de aquel status quo se resistían, por todos los medios posibles, e inclusive más allá de lo humana y civilizadamente aceptable, a perder tales canonjías.

Era una sociedad dividida entre unos pocos privilegiados, que heredaban aquellas prerrogativas algunos desde los primeros años de la invasión europea, en medio de profundos prejuicios raciales también transmitidos a través de los siglos por el orden de cosas impuesto en la Colonia.

Entre aquellas fuerzas estaban los terratenientes, que veían amenazada la posesión de enormes latifundios, algunos tan vastos como los territorios de actuales provincias andinas, y se agrupaban políticamente en torno al Partido Conservador. La misma Iglesia Católica, digamos que su fuerza espiritual, libraba una lucha feroz desde los púlpitos y aun a través de religiosos involucrados en la lucha armada, para defender al país de los herejes liberales y de las monstruosidades [léase conquistas sociales como el laicismo o la educación de la mujer] que la Revolución había implantado. Y, por supuesto, la prensa de entonces, cuyos propietarios se negaban también a perder los privilegios que el orden de cosas imperante les representaba.

Entre todos estos sectores se armó la conjura, se instigó e incitó durante años al odio y la venganza, a través de la mentira y la manipulación, la calumnia y la traición, hasta desembocar en uno de los más vergonzosos hechos que registra la historia de un país llamado Ecuador: la Hoguera Bárbara del 28 de enero de 1912, cuando luego de haber sido conducido hasta Quito, ironías de la vida, en el mismo ferrocarril que su gobierno construyó para unir al país, fuera asesinado y arrastrado por las calles, y después incinerado en El Ejido por una turba irracional que los representantes de estos poderes azuzaron.

 

II

Cada 28 de enero, desde que supe que era la fecha en que se rememoraba un crimen colectivo que avergonzaba a los ecuatorianos, me ha sido difícil deslindar la evocación de ese hecho, su implicación histórica, de la figura de mi abuelo materno; me es imposible pensar en ese crimen sin recordar también cómo la aceptación de mi identidad de ecuatoriano está ligada de forma íntima a la comprensión de mi identidad familiar.

Una de las pocas cosas que recuerdo de él, cuyos últimos 27 años de vida debió pasarlos postrado sobre una cama, aquejado de una parálisis progresiva que le impedía valerse por sí mismo y gesticular palabras, era el asombroso parecido que le encontraba yo con aquel hombre que, en las aulas escolares, nos contaron había sido el líder de una revolución.

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¿Una revolución? En la época de niñez, sin abarcar de una forma clara su significado, aquella era lo que se dice una mala palabra. Las malas palabras, según lo veo ahora, fueron cosa de nuestra generación. La de aquellos hombres y mujeres que nacimos durante las décadas de los sesentas y setentas, y que hoy rondamos más o menos los cuarenta, algunos ya acercándonos a los cincuenta años de edad.

Las malas palabras eran por lo general obscenas. Implicaban obscenidades que no estaban permitidas a menores de edad, y que en boca de los mayores eran más o menos toleradas, de acuerdo con el contexto. Recuerdo que alguna vez, jugando con los amigos de la infancia, caminaban dos policías y decidimos acercarnos todos, en grupo, para darles la mano. Uno de ellos nos extendió su mano. El otro, hosco, profirió una de esas palabrotas que estaban tan cargadas de semántica negativa, que nos sentimos atemorizados, tanto por lo que había dicho como por el tono, prácticamente un grito, que usó.

Ignoro si mis amigos de infancia recuerdan aquel suceso. A mí no se me olvidó jamás. Implicaba muchas cosas, además de la enorme carga que puede haber en algo aparentemente tan simple como una palabra. Por ejemplo, la escasa educación de un agente de la ley y el orden, para haberse atrevido a tratar así a un grupo de niños; implicaba, también, asumir que los policías eran personas a las que no se podía acercar uno, inabordables detrás de sus uniformes y sus armas.

Carajo era también una palabra muy fuerte. Su connotación era tal que bastaba para que cualquier menor de aquella época se quedara quieto o hiciera lo que se le pedía por parte de un adulto. Hablo en pretérito porque hoy en día ya ni siquiera se la escucha, y si se la profiere ha perdido tanto su carga semántica que ningún niño o niña de esta era se inmutaría al escucharla. Y ni hablar de los términos .soeces, relacionados casi siempre con los órganos genitales, que son hoy parte del vocabulario de niños, adolescentes y jóvenes de ambos sexos, y se profieren más como muletillas que como las obscenidades y vulgaridades que usarlos representó alguna vez.

Las palabras obscenas y las conminativas, por llamarlas de algún modo, no eran, sin embargo, los únicos términos considerados por entonces malas palabras. Habían otras expresiones, otros sustantivos, que a menudo se convertían en adjetivos pero que, por lo general, cada vez que se decían se lo hacía en voz baja.

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Revolución, como palabra, se hallaba en una suerte de término medio. Los revolucionarios eran seres proscritos, anónimos, clandestinos, casi siempre militantes o activistas de partidos y movimientos de izquierda. El problema era que la derecha también, a través de los militares, se proclamaba revolucionaria, y nacionalista por añadidura.

Comunista, en cambio, era un término bastante fuerte. Decirlo era en verdad temerario, por lo menos en el barrio donde crecí, pues al frente de donde vivía estaba instalado un cuartel de la Policía Militar Aduanera, y a media cuadra uno de la IV Zona Naval de Esmeraldas, en donde a menudo se escuchaban los lamentos de aquellos pobres desgraciados a los que se torturaba en sus calabozos. Aunque sus significados no tuviesen nada en común, recuerdo que tan duro y reprobable como llamar a alguien comunista, era también calificarle de marihuanero. Eran, en suma, dos palabrotas que en boca de un niño evidenciaban que aquel pequeño tenía padres que no velaban de manera correcta por su educación, o que tenía amistades indeseables.

Recuerdo también que los cuadernos en los que anotábamos nuestros deberes y lecciones, las materias que recibíamos en la escuela, tenían en la parte final una leyenda que se me quedó grabada en la memoria, quizá por haberla visto tantas veces durante tantos días de mis primeros años de niñez: El Gobierno Nacionalista Revolucionario del General Guillermo Rodríguez Lara, a su Majestad, el Niño. Estaba ilustrada con un niño vestido de soldado, que al parecer custodiaba una refinería o un oleoducto, sobre un mapa del Ecuador, de ese Ecuador que pese a haber sido mutilado como cuarenta años antes e incorporado al Perú, nos decían que así debía dibujarse, con la mitad incluida del territorio que reclamábamos y reivindicábamos.

Entre las escasas palabras que alcancé a escuchar a mi abuelo, «Liberal», «Alfaro», «Carlos Concha», «Vargas Torres», son algunas de las que recuerdo. Las lecciones de historia de la escuela católica en la que estudiábamos por entonces, no recuerdo si sesgadas o no, harían poco a poco ir descubriendo su significado, lo que cada una de ellas implicaba.

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Eloy Alfaro con sus compañeros de armas y lucha, entre ellos el coronel esmeraldeño Luis Vargas Torres (segundo, sentado, desde la derecha), fusilado en Cuenca en 1887.

Debe haber sido hacia quinto grado, luego de estudiar la Revolución Liberal, cuando le confesé a uno de mis compañeros, a quien consideraba mi amigo, que mi abuelo era muy parecido a Eloy Alfaro. Insistió tanto en que lo lleve a conocerlo, que una tarde le permití ir a mi casa. Le dije que era necesario hacer silencio, porque el abuelo estaba enfermo y no había que perturbarlo. Subimos las gradas con mucho sigilo y cautela, tratando de hacer el menor ruido posible. Mi compañero se quedó un buen momento contemplando a mi abuelo, que tenía la mirada perdida, con dirección a la ventana, y se hallaba entretenido dándose palmadas en un lado de su cara, algo que luego comprendí no era una manía sino su manera de recuperar las sensaciones que la parálisis le robaba.

Al día siguiente comentó que, en efecto, mi abuelo se parecía mucho al viejo cuyo retrato teníamos en el libro de historia, al Viejo Luchador. Pero dijo también que mi abuelo estaba loco. Y creo que jamás le perdoné ese comentario. Lo juzgaba una traición inadmisible. Sí, es verdad, una persona paralizada de la mitad de su cuerpo, puede dar la impresión de estar loca, pero eso no significa que lo esté. Después, poco a poco, uniendo cabos y versiones de diferentes personas, de mi abuela y mi madre, de mis tíos y primos, de los parientes lejanos, fui tejiendo no solo la historia de mi abuelo, sino la historia del pequeño gran territorio al que llamamos Ecuador.

El abuelo tenía doce años cuando acaeció aquel desgraciado acontecimiento que llenó de ignominia al Ecuador. Esmeraldas, donde vivió toda su vida, había sido uno de los bastiones de Alfaro, junto con Manabí, desde mucho antes del triunfo de la Revolución Liberal. Un mes antes del crimen de El Ejido, en diciembre de 1911, la provincia entera decidió proclamar al general Flavio Alfaro, sobrino de don Eloy, como Jefe Supremo de la República, sin pensar que también él sería una de las víctimas incineradas apenas cuatro semanas después, en la hoguera bárbara que marcó para siempre la historia del país. Y en esa proclama está la rúbrica de don Samuel Orejuela, tío de mi abuelo.

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Toda Esmeraldas, que había perdido muchas vidas durante las últimas décadas de luchas fratricidas, se vio sacudida por la noticia del arrastre de los Alfaro en Quito. Carlos Concha Torres, hermano materno de Luis Vargas Torres, dedicaría energías y recursos para vengar esas muertes, haciéndole la guerra al gobierno desde las tupidas selvas esmeraldeñas, durante más de cuatro años.

La lucha de Eloy Alfaro, desde la radicalidad que lo caracterizó y que fue también el signo distintivo de quienes lo acompañaron y secundaron, data por lo menos de mediados de los años sesenta del siglo XIX, en su natal Manabí. Ya en 1864, próximo a cumplir los 22 años, lo vemos como líder de uno de los grupos armados que se enfrentarían al gobierno de Gabriel García Moreno, y desde entonces su lucha se radicalizaría y se volvería más compleja, hasta desembocar en el triunfo de la Revolución Liberal, el 5 de junio de 1895.


III

Durante los casi dos siglos que hemos vivido como república, el proceso de formación de la identidad ecuatoriana se vio inmerso en una lenta evolución. El principal escollo para la aceptación de la identidad estuvo siempre representado por la diversidad cultural que constituye el Ecuador. Esa condición impidió, por mucho tiempo, que la ecuatorianidad se asuma a plena conciencia. El lento proceso se vio vertiginosamente acelerado por hechos históricos como la Revolución Liberal de 1895, o la frustrada “Gloriosa” del 28 de Mayo de 1944; la exportación de productos como cacao, caucho, banano y petróleo; el retorno a la práctica democrática electoral, en 1979; el triunfo de Jefferson Pérez en Atlanta, en julio de 1996, y su hasta hoy única medalla olímpica obtenida por el país; la clasificación de la selección ecuatoriana de fútbol a un torneo mundial, por primera vez; o los derrocamientos, prácticamente habituales, de tres presidentes en menos de una década.

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La gran ironía y la gran paradoja fueron haber sido conducido detenido a Quito, en el mismo ferrocarril que Alfaro culminó de construir para unir la Sierra y la Costa, esos dos mundos bipolares que se complementan para formar el Ecuador.

Desde el triunfo de aquella revolución que transformó y trastocó para siempre a la sociedad ecuatoriana, a lo largo del nuevo siglo muchos se proclamaron revolucionarios, liberales radicales, alfaristas. Muchos pretendieron liderar procesos similares, hacer la revolución, desde la palestra política o desde las bayonetas militares. Hacia 1944, por ejemplo, estuvimos lo más cerca posible de una. Eran las condiciones más propicias que pudimos tener jamás, después de la Revolución Liberal, para llevar adelante un proyecto transformador profundo. Inusitadamente, curas y comunistas, conservadores y liberales convergieron en torno a un solo derrotero: la caída del régimen de Carlos Alberto Arroyo del Río.

Fue una oportunidad única en la Historia, que resultaría desaprovechada para dar paso al protagonismo de una apabullante figura: la del Gran Ausente, José María Velasco Ibarra. Juzgar la marcha de los acontecimientos de aquellos días no es tan simple. Era una época en la que el Ecuador aún no se recuperaba de una herida casi mortal, la del desmembramiento territorial acaecido tras la invasión peruana de 1941, cuyas causas el pueblo terminó por atribuir a su presidente. Era una época en la que todavía se hacía esfuerzos por desarrollar proyectos políticos, culturales, que pudiesen dar sentido claro al objetivo de formar la nación ecuatoriana. Ecuador era un país, es cierto, pero carecía de una unidad concreta, firme. Carecía de una definición propia como nación.

A pesar de que las corrientes en boga quisieran que el polvo del olvido se acumule sobre ciertos nombres inocultables, no puede negarse la enorme influencia ejercida por las figuras de izquierda de entonces: Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert, Pedro Saad, Ricardo Paredes, Nela Martínez, etc.

La patria de Benjamín Carrión no tuvo una revolución socialista, no conoció de comités centrales, secretarios generales ni camaradas enredados en la burocracia en que el socialismo devino en otros países. Mas, muchos de sus líderes, durante una buena parte de este siglo, fueron hombres de izquierda, forjados en otro tiempo, bajo otras premisas, valores y circunstancias. Sin su presencia, aún tendríamos un país anquilosado en estadios feudales y en relaciones de producción casi esclavistas.

La Gloriosa significó ese fracaso recurrente que pareció definir al Ecuador del siglo XX, que fue también consecuencia de la Hoguera Bárbara, entre el permanecer atado al anacronismo o subir al siempre en marcha carro de la Historia. Nos demostró también que aunque las masas, intuyendo el hedor escatológico del uso y abuso del poder empujan a la transformación, por tanto tiempo resultaron arrebatadas de su esperanzado resurgir por la verborrea infame de unos cuantos astutos.

Durante el siglo XX fueron varios los intentos por lograr cambios radicales en el país, pero carecieron sobre todo de un ingrediente fundamental: el apoyo del pueblo, de ese pueblo por el que juraban y se desgarraban las vestiduras afirmando que pretendían reivindicar y defender.

El cambio que Alfaro lideró tenía como motor la realidad de opresión, retraso, explotación e ignorancia en que estaba sumida la población ecuatoriana. Esas grandes mayorías comenzaron a emerger hacia la luz, después de siglos de oscuridad. La proclamación de la República no significó, en la práctica, un cambio de la situación en que vivían los miles de oprimidos habitantes de las diferentes regiones del país. Por el contrario, continuó la explotación inmisericorde de los indígenas y campesinos, de los proletarios, de la clase trabajadora, y la segregación racial y social era el resultado evidente de más de tres siglos de colonialismo.

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Sesenta y cinco años contaba apenas la República cuando se vio sacudida por la contundencia de una transformación profunda y radical. Ese Ecuador caótico y oscurantista que pocas décadas atrás había sido fundado como un estado teocrático, entregado a curas y monjas, a la Iglesia, así como a los caprichos e intereses de las clases privilegiadas, y todo ello en nombre de Dios, en el breve lapso que medió entre 1895 y el crimen de El Ejido vio con espanto pero también con esperanza, la separación entre la Iglesia y el Estado, que dio paso a la necesidad de construir en el país una institucionalidad nueva y diferente.

Fue a partir de ese momento que se le dio un giro total a la educación, hasta entonces en manos de la Iglesia, desde la óptica del laicismo y la gratuidad, sin privilegios ni discriminaciones, una educación pública y para todos,o por lo menos eran esas la aspiración y las intenciones; y se formó a los maestros normalistas, que representaron un cambio sustancial en la educación de calidad, para tantas generaciones de ecuatorianos.

Si el Ecuador de esta primera mitad del siglo XXI ha cambiado en gran parte de sus prejuicios y prácticas discriminatorias heredadas de la Colonia, es gracias a la obra de la Revolución Liberal. Alfaro fue quien propició las condiciones para que las mujeres ejerzan sus derechos públicos y políticos, entre ellos el derecho a la educación, y, sobre todo, a desempeñar su rol histórico en la formación de la sociedad ecuatoriana, en la toma de decisiones de los destinos de la sociedad. Fue también el punto de partida para el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y campesinos, hasta entonces condenados a permanecer como ecuatorianos de tercera, sin siquiera aspirar a ser considerados ciudadanos.

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Todo un pueblo, constituido por mujeres y hombres sencillos, mestizos, afro-ecuatorianos, indígenas, campesinos, empleados y obreros, aguarda por que el vil asesinato y los acontecimientos inmediatos que culminaron en la hoguera bárbara, no queden en la impunidad a pesar del tiempo transcurrido.

Aunque para muchos resulte odiosa o pretenciosa la comparación entre dos épocas distintas, separadas en el tiempo por más de un siglo de trajinar del pueblo ecuatoriano, lo cierto es que muchas circunstancias se repiten. Las clases poderosas siguen instigando, a través de todas las formas posibles, en contra de las transformaciones que impulsa y lidera el presidente Rafael Correa, líder inédito en los anales de la historia política nacional. Y lo hacen, precisamente, a través del poder que ha representado siempre la prensa, que han representado y tienen, en la práctica, los medios de comunicación, es decir, sus propietarios.

Hoy, como entonces, la plutocracia es una amalgama amorfa de banqueros, religiosos fundamentalistas, políticos desubicados, industriales y dueños de medios, que casi siempre son los mismos, férreamente unidos en pos de la negación. Niegan todo lo que se está construyendo y reconstruyendo en la nación; niegan los aciertos, las transformaciones, las conquistas sociales, la participación ciudadana. Y además de negar, mentir y calumniar usando el poder de los medios, instigan a la sedición, a la rebelión, al magnicidio. La única diferencia es que no pueden luchar, pese a tanta maledicencia, contra el apoyo popular expresado por millones de ecuatorianos llenos de esperanza, y eso, mientras dure, es lo que le sostiene, lo único que le sostendrá.

Hace tres años, en enero de 2012, el pueblo ecuatoriano recordaba, evocaba, rememoraba, recorriendo las calles por donde se condujo a su líder. La celda número 13 del ex penal García Moreno, donde estuvo encerrado aguardando por la ignominia, se volvió casi un lugar de peregrinación, y desde allí se dirigieron cientos de personas, siguiendo el mismo recorrido que un siglo atrás tuvieron, arrastrados, los cuerpos de Eloy Alfaro y sus más leales colaboradores, que dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva del pueblo ecuatoriano, hasta desembocar en El Ejido, en la hoguera vergonzante, símbolo de un crimen provocado por el odio y la irracionalidad, que por siempre quedó en la conciencia de América.

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El despertar del pueblo ecuatoriano, por tantas décadas aletargado en el olvido, en la demagogia de tantos gobernantes de turno, y en la manipulación de sus mentes y conciencias a través de los medios de información, conlleva, necesariamente, la recuperación del legado de un hombre visionario y revolucionario como Eloy Alfaro, a partir de la conciencia política, a partir del conocimiento del pasado, a partir de la reflexión.

Las grandes mayorías siguen viendo al «mejor ecuatoriano de todos los tiempos» como al gestor de uno de los acontecimientos históricos de mayor repercusión en la vida del país. Saben que si no hubiese sido por el crimen de El Ejido, consecuencia directa de esa campaña de difamación y calumnia, de odio y venganza, emprendida por los enemigos de la Revolución, con la prensa como estandarte más visible, la gran obra liberal habría profundizado aún más los cambios que la Nación aguardaba y requería.

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El proyecto alfarista quedó inacabado, inconcluso tras la tragedia y el orden de cosas, o más bien el desorden que siguió, y que prácticamente se perpetuaría por más de noventa años. Era necesario que esa interrupción, adaptada a los cambios de era, al paso del tiempo, fuera subsanada enarbolando la bandera de la dignidad de los pueblos, la antorcha de la libertad, la justicia, la igualdad y la solidaridad; el estandarte de la soberanía, la autonomía y la independencia; el puño en alto contra el abuso y la prepotencia.

Un país que progresa en todos los órdenes, que ve mejorar radicalmente su infraestructura, sus vías de comunicación, sus sistemas de transporte; que ve a la justicia social y la participación ciudadana convertirse en realidades para los millones de seres por tanto tiempo proscritos y discriminados, es un país que continúa así la gran obra de Eloy Alfaro, que recupera su memoria, que redime su enorme legado social.

Hoy se habla de la recuperación del derecho a la esperanza, el respeto y la dignidad; de la necesidad de reescribir la historia patria, pero ya no desde la óptica de los poderosos que se perpetuaron a través de las décadas y los siglos, sino desde la visión de quienes han sido sus auténticos protagonistas: los ciudadanos hombres y mujeres que la construyen día tras día.

Juan Cuvi y el retorno de Alfaro Vive Carajo

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Una de las imágenes más impactantes de nuestra vida adolescente en el Ecuador de los años ochenta del siglo anterior, era la repetición obsesiva, insistente y agresiva del anuncio televisivo, radial e impreso en diarios, además de pegado y repegado sobre postes, paredes y murallas, a través del cual se ofrecía una recompensa de cinco millones de sucres por la captura o información que condujera a capturar a un grupo de personas, entre ellas una mujer.

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Los ochentas fueron una década extraña, difícil, en la que si bien existía un movimiento obrero más o menos fuerte, una izquierda dividida a punta de palos y piedras más que de divergencias ideológicas, entre chinos [presuntamente maoístas del Movimiento Popular Democrático MPD, cuyos principales líderes militaban más o menos clandestinamente en el Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador PCMLE] y cabezones [de tendencia soviética, agrupados en torno al Frente Amplio de Izquierda FADI, que incluía al Partido Comunista del Ecuador y al Partido Socialista Revolucionario del Ecuador], la arremetida de la derecha con todo su poderío económico y militar, haciendo uso del aparato estatal, fue devastadora y sangrienta, y hoy en día puede interpretarse como uno de los más claros ejemplos de terrorismo de Estado. Tiempo después llegaría la vergüenza y la traición de Liberación Nacional, con Alfredo Castillo Bujase a la cabeza, “comunista” y “revolucionario” que diez años más tarde llegó a terciar para las elecciones presidenciales como binomio de Álvaro Noboa, en los comicios de 1998…

Se había hecho “normal” para entonces escuchar historias sobre desapariciones, asesinatos, persecuciones, actos terroristas, asaltos, secuestros, bombas panfletarias, torturas no solo perpetradas por miembros del terrible Servicio de Investigación Criminal SIC, sino por otras instancias armadas del Estado ecuatoriano, como la Marina y el Ejército.

Algunos de quienes en el despertar de conciencia sobre una realidad lacerante de opresión e injusticia, simpatizábamos o militábamos en grupos juveniles de izquierda, como la Juventud Comunista del Ecuador JCE, que gozaba de legalidad, en medio de las trifulcas, las manifestaciones y protestas, la pintura de murales y la repartición de la “prensa revolucionaria”, tuvimos la oportunidad de conocer a militantes alfaristas que habían sido torturados con espantosa crueldad. Recuerdo a un joven muy delgado, que ostentaba una cicatriz enorme entre el cuello y el pecho, como resultado visible de hechos armados en los que participó.

cuvi3Juan Cuvi, uno de los más conocidos voceros nacionales del movimiento Alfaro Vive Carajo AVC, grupo que en la década de los ochentas lideró la oposición armada al gobierno de León Febres-Cordero, resurgió a la luz pública en vísperas de la segunda vuelta electoral del año 2007, cuando había preocupación entre los miembros de ese movimiento por lo que habría podido acontecer en caso de que el ex candidato Álvaro Noboa hubiese ganado los comicios. Sabiendo de quién se trataba, no dudé un solo momento en plantearle esta conversación, que poco tiempo después publiqué en una revista cuencana.

 

En el congelador

“Un eventual triunfo de Noboa habría sido una de las mayores catástrofes democráticas del país. El hombre más rico del país tuvo un éxito lamentable en las pasadas elecciones, que le permite constituirse en la primera fuerza política no solo a nivel del Congreso, son también de poderes locales con una cantidad enorme de alcaldías, consejerías y concejalías, además del bloque de diputados”.

Ex militante subversivo, Cuvi es representante de una época que marcó al Ecuador para siempre, y de la cual se volvió a hablar ante el retiro de la vida política anunciado por uno de sus protagonistas, el ex presidente socialcristiano León Febres-Cordero, el de Pan, Techo y Empleo y del Juro por Dios y la Patria que jamás os traicionaré, pocos años antes de su deceso. Su nombre sonó tras su captura como uno de los tres principales secuestradores del banquero Nahim Isaías, en cuyo supuesto rescate murió asesinado, [según ha esgrimido siempre AVC, negando que hayan sido ellos quienes le quitaron la vida], por orden de su amigo y socio Febres-Cordero, quien dio la orden de que ingresaran tropas de asalto a la casa en que lo mantenían secuestrado. El derrotero principal del fallido secuestro era hacerse con recursos para el financiamiento del movimiento y de la causa. El mismo Juan tiene una interesante teoría que remonta los orígenes de la crisis de Filanbanco, de propiedad de Isaías, a su asesinato, que de manera macabra habría beneficiado al entonces primer mandatario ecuatoriano y sus negocios. Una década después se activaría, en secuencia dominó, el colapso del sistema bancario nacional que culminó en la crisis de finales de 1999, la dolarización y la pauperización de la calidad de vida de los ciudadanos ecuatorianos.

AVC se mantuvo durante quince años “en el congelador”. El 5 de junio de 2006 (conmemoración de la Revolución Liberal), mediante un acto masivo desarrollado en Quito, el movimiento anunció que volvía a la política legal: “Somos un movimiento político; no tenemos juridicidad, no estamos registrados ante el Tribunal Supremo Electoral, pero hemos tomado la decisión definitiva de participar dentro del ámbito de la democracia formal, con todas las reglas que eso implica, pese a que estemos en contra o discrepemos con una serie de condiciones de esta democracia imperfecta”.

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El grupo se mostró dispuesto a participar con estas reglas, para desde adentro ir presionando por cambios tanto en el sistema político como en cosas concretas que requiere el país: modelo económico, relaciones internacionales, proyectos de desarrollo. “Eso es parte de los cambios que necesita el Ecuador, y también el sistema político. Como no se lo puede cambiar todavía, y nosotros hemos pugnado por hacerlo, vamos a participar en ese mundo de la política formal, para desde ahí ir logrando cambios puntuales.”

Alfaro Vive Carajo aspiraba, en un lapso de dos años, a participar de manera activa en procesos eleccionarios, que les permitieran ir incidiendo directamente en esos espacios de poder. Esto no implicaba, en modo alguno, un eventual retorno a las armas, puesto que esa es una etapa de la vida política de AVC que ya quedó atrás: “En febrero de 1991, a través de un acto que se difundió a nivel nacional e internacional, depusimos las armas luego de un acuerdo con el gobierno del doctor Rodrigo Borja, que más o menos nos tomó un par de años de negociación”.

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A partir de ese momento intentaron actuar en la política legal constituyendo un partido, pero fue imposible porque en aquella época el sistema político todavía tenía el control sobre el ejercicio de estos nuevos actores. Febres-Cordero aún conservaba un enorme poder por entonces, y se encargó sistemáticamente de descalificar al nuevo movimiento legal Alfaro Vive Carajo. En tales condiciones prefirieron auto-disolverse, y disgregarse por el país para dedicarse a actividades profesionales, aunque siempre relacionadas con el trabajo social, vía fundaciones u organizaciones sociales. Uno que otro militante se vinculó a algunas organizaciones políticas para tratar de participar, pero con otro membrete. “Luego de 15 años de que hemos cumplido a cabalidad y con absoluta responsabilidad ese acuerdo de paz, tenemos nosotros el derecho y además toda la honra de decirle al país aquí estamos nuevamente, y estamos dispuestos a seguir respetando de manera indefinida, esas normas a las cuales nosotros nos sometimos en febrero del año 91, y mediante las cuales dejamos las armas. De manera que hablar de violencia, de opciones armadas con AVC está absolutamente desechado”, decía Cuvi en vísperas de los comicios que catapultaron a Rafael Correa hasta Carondelet.

Absolutismo constitucional

En cuanto a la coyuntura electoral en la que el presidente Rafael Correa llegó al poder, afirmaba que una alianza de Noboa con Sociedad Patriótica, partido que AVC considera tiene un estilo muy similar al del PRIAN, habría resultado peligrosa en caso de que hubiera triunfado Noboa, puesto que no hubiese existido una delimitación clara entre el interés privado de Álvaro Noboa y el interés público. Éste, aseveraba, habría tomado decisiones políticas que beneficiarían a sus empresas, dado que el líder del PRIAN estaba más preocupado por llegar al poder para controlar factores básicos de la economía, en beneficio de sus empresas, que gobernar para la mayoría de los ecuatorianos: “No habría sido una dictadura, porque hubiera gobernado legalmente, sino una especie de absolutismo constitucional, parecido al de los reyes del medioevo, que estaban fundamentados en la ley pero con un poder.

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Preceptos como el debate de ideas, el acuerdo entre fuerzas según la situación coyuntural de un país, la exigencia de negociación permanente para ir consiguiendo acuerdos, leyes y proyectos, se habrían restringido con un gobierno de Noboa. Fue Cuvi quien reparó, por ejemplo, en que el empresario bananero demostró un perfil poco conocido de su personalidad durante la segunda vuelta electoral: “Luego de ganar la primera vuelta empezó a tener actitudes más autoritarias y más intransigentes, como presagiando lo que podría ser un gobierno suyo: la toma de decisiones ante sí y por sí, sin considerar que éste es un país en el que existen otros sectores políticos, otros sectores sociales y fuerzas que tienen también sus intereses, y con los cuales hay que interactuar”.

Rafael Correa

En cuanto a Rafael Correa, AVC creyó desde un principio que permitiría mantener estos espacios de democracia, además de que la misma debilidad política en la que se encontraba le obligaría a negociar y buscar consenso con otras fuerzas: “Como presidente no puede tomar decisiones unilateralmente, y esa necesidad de buscar consensos va a permitir que este juego de la democracia se pueda mantener durante cuatro años”.

Destacaba también algunas de las ideas expresadas por el entonces joven candidato, y a la vez anunciaba que vigilarían permanentemente que se responda a las exigencias ciudadanas, porque no fue un candidato que creció por sí solo, con un partido y una trayectoria: “Él, de alguna manera, es el resultado de esa expresión de abril de 2005, de los forajidos, de esa demanda ciudadana por terminar con este viejo sistema político, y en ese sentido Rafael Correa tiene que responder a esas exigencias”.

10653771_289198244607345_6539117595798707136_nEntre tales exigencias mencionaba la Asamblea Constituyente, pero con una participación activa de los ciudadanos, de tal forma que se defina una agenda básica de cambios para el país. A ello agrega la lucha contra la corrupción: “Correa tiene que dar signos de que una serie de viejas fuerzas que han estado rodeándolo en esta campaña no se van a beneficiar en su gobierno.” En este punto, AVC posee un listado de personalidades y grupos que han medrado del Estado y de la vieja política durante décadas, que han rodeado y apoyado a Correa desde la campaña.

Según Cuvi, AVC plegaba por la Asamblea Constituyente propuesta por el presidente Correa, porque desde esa instancia se podría ir cambiando aspectos como la partidización de las instancias de control como Procuraduría, Contraloría, Tribunal Supremo Electoral, Tribunal Constitucional, el régimen de partidos y el régimen electoral: “Es necesario cambiarlo de manera que la representación electoral realmente responda a los intereses ciudadanos, y no sea simplemente una alcahuetería que cada dos años ubica en determinadas funciones a representantes que al final terminan por representar su propio bolsillo.”

10406411_298834336977069_7877280763256114237_nAVC frente al GCP

Para Juan Cuvi, el asunto de los GCP (Grupo de Combatientes Populares) era un tema bastante complicado, porque se trataba de una agrupación que no tenía una identidad, una vocería y una dirección claras, fácilmente ubicables por parte de los ciudadanos y de los medios: “Lamentablemente cuando existen grupos que pretenden ser subversivos, porque hasta ahora no hay acciones contundentes, son solamente anuncios mediante bombas panfletarias y pintura en las paredes, esto se puede prestar a muchas sospechas. El día de mañana se pueden realizar acciones a nombres de esa organización, y no hay quien las reivindique ni quien las desmienta”.

Cuando apareció públicamente AVC, en el año 1983, lo hizo sustrayéndose las espadas de Alfaro y Montero del Museo Municipal de Guayaquil, y dejando una consigna clara en esa acción: que se levantaban en armas por esos objetivos. A partir de entonces, cuando hacían alguna declaración pública por la prensa, los AVC mostraban las dos espadas como un signo de que eran ellos quienes hablaban. “Posteriormente hubieron algunos compañeros que se quemaron de forma pública y asumieron la vocería, de manera que no había ningún inconveniente cuando realizábamos acciones armadas, en que aparecieran Arturo Jarrín, Fausto Basántez o Rosa Mireya Cárdenas, en alguna rueda de prensa clandestina o declaración diciendo esto sí y esto no. Esto es fundamental en un grupo subversivo: las FARC en Colombia, todas las organizaciones guerrilleras en América Latina han tenido formas de expresar su posición y desmentir cualquier manipulación que se haga.”

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Es por eso que a Cuvi le preocupaba lo del GCP y de otras organizaciones fantasmas por el estilo, que empezaban a dar signos de vida, porque se podían prestar a una serie de manipulaciones o malas interpretaciones. “Si es que es en serio este asunto de las propuestas armadas, tendrían que aparecer primero demostrando que están dispuestos a hacerlo, no simplemente pintando paredes; y segundo, identificando claramente una propuesta con una vocería, un liderazgo, una figura o cualquier símbolo que ratifique y confirme la veracidad de sus propuestas. Mientras no lo hagan yo lo veo como algo muy peligroso y que se puede prestar a muchas suspicacias.”

Militantes viejos y nuevos

Al parecer el grupo había logrado en el año 2007 reunir prácticamente el 95 por ciento de la vieja militancia, aunque, como resultaba obvio, con 20 años de edad más que cuando dejaron las armas. Pero también estaban sumando, siempre según las declaraciones de Juan Cuvi, una cantidad de gente joven que sí se identificaba mucho no solo con esa imagen de Eloy Alfaro, del Viejo Luchador, sino con esa idea de ética y de rebeldía que siempre encarnó AVC. Al mismo tiempo han sido claros con quienes ingresan o han pretendido ingresar, en torno a que esa rebeldía ya no va a expresarse por la vía de la violencia, como hace 30 años, sino por la vía de lo que denomina las acciones creativas, de las posiciones renovadas de la política, y sobre todo por la construcción de un nuevo referente político de izquierda: “Para nosotros es fundamental construir un nuevo actor político, que ubicado en el espectro de la izquierda de la política nacional, pueda constituirse en un verdadero contrapeso a las fuerzas de la derecha, del populismo y del centro. Es indispensable, en este país, contar con un actor serio, responsable y con perspectiva del poder desde la izquierda. Ese es uno de los objetivos centrales”.

10675771_283006131893223_8521211838085903212_nEs por ello que no han abierto las puertas todavía a una enorme militancia que demanda incorporarse, y también porque haberlo hecho en época de un proceso electoral podría haber generado confusiones y discrepancias. Así, en la primera vuelta AVC no apoyó de forma pública a ningún candidato, porque incluso al interior de la militancia actual había diferencias entre quienes apoyaban a León Roldós, a Rafael Correa y a Luis Macas. Optaron por no involucrarse en el proceso electoral mientras no tuvieran más claro el panorama, y lo único que hicieron fue respaldar la iniciativa de Freddy Ehlers, mediante la cual convocaba a los dos candidatos de la tendencia s suscribir un acuerdo por una serie de puntos. Uno de ellos era, precisamente, convocar a la consulta popular para la Asamblea; otro era ponerse de acuerdo para apoyarse mutuamente en caso de que uno de los dos llegara a la segunda vuelta; y el otro era la reforma política con una serie de ítems. “Nosotros fuimos la única organización que se pronunció públicamente y respaldamos esa iniciativa. No estuvimos de acuerdo con las ofertas demagógicas en las que lamentablemente se vio obligado a caer Correa por la presión electoral de Álvaro Noboa. Él debía remitirse fundamentalmente a sus propuestas de cambio en aspectos básicos de la vida política de este país.”

Chávez y el Movimiento Bolivariano

Alfaro Vive Carajo coincidía, a finales de la década anterior, con el proceso venezolano en cuanto a exhortación a la defensa de la soberanía de cualquier país, y como iniciativa que pone un tope a las pretensiones de Estados Unidos de involucrarse, controlar, dirigir y mangonear la política de todos los países de América Latina. En ese sentido consideraban que era un proceso muy interesante, aunque como organización no mantenían vínculo alguno con Hugo Chávez, pese a que históricamente siempre los han tenido con organizaciones democráticas y revolucionarias del continente y del mundo: “Eventualmente tendríamos que pensarlo, así como tuvimos en nuestra época relaciones con el Frente Sandinista en Nicaragua y el M-19 en Colombia, con sectores del Perú y con el Partido de los Trabajadores de Brasil, de Ignacio Lula da Silva. Fuimos en alguna época parte del Foro de Sao Paulo, y en tal virtud tuvimos vínculos con todas las organizaciones de izquierda y democráticas de América Latina. En aquella época, cuando se inició el Foro, Chávez no era parte de eso, de manera que ahora el Movimiento Quinta República entiendo que es parte de los foros sociales, mundiales, y tendríamos que ver a futuro qué sucede con esa organización.”

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En el lapso transcurrido desde el retorno público de AVC, la agrupación ha respaldado al gobierno de la Revolución Ciudadana, mas ese apoyo no ha sido consensuado de forma total. El mismo Cuvi es una de las voces cuestionadoras, y sus declaraciones no siempre han coincidido con el apoyo que, por ejemplo, es visible en las redes sociales que usa la agrupación. Como resulta obvio, las aseveraciones de Cuvi contra el Gobierno son acogidas con inocultables plácemes por parte de medios de prensa opositores como El Comercio. Así, a comienzos del año 2013, no tuvo reparos en decir que el triunfo de Rafael Correa “fue un salto al pasado”, porque Alianza País logró hacerse con el poder apelando y “conectado con el espíritu más conservador de la sociedad ecuatoriana como orden, disciplina, control, autoridad…”

División de la Izquierda

Para Juan Cuvi es ésta la explicación de la división de la izquierda en torno al gobierno de Correa, una izquierda de la que le resulta difícil hablar porque, para hacerlo sería necesaria clasificarla en tres grupos: “Existen sectores que nunca plegamos a este proceso, otros que impulsaron inicialmente y que fueron los principales mentalizadores y otros que siguen allí. De estos últimos me parece grave que se tragaron ruedas de molino por una norma de conducta. Están justificados, apoyando o defendiendo posturas que en épocas pasadas eran insostenibles como la persecución a los líderes sociales y las acusaciones.”

Como revolucionario que en un momento de su juventud se vio empuñando armas, y cuando resultó apresado sufrió terribles torturas de las que señala como responsable, o por lo menos como testigos presenciales, al entonces Gobernador del Guayas y hoy Alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, y al mismísimo Presidente de la República, León Febres-Cordero Rivadeneira, Cuvi ve a la Revolución Ciudadana como un cliché, y la califica como “vacía por revolución y ciudadana”. Lo que reclama es una convulsión de la sociedad, radicalización real, autonomía popular que se contrapone a lo que denomina división de las organizaciones; transformaciones drásticas, porque una verdadera revolución, señala, “representa un colapso de un sistema, no solo de un Régimen”.

En el caso de los gobiernos de izquierda de Latinoamérica, para Cuvi los de Venezuela y Bolivia no son más que “caudillismos autoritarios que generan la ilusión de cambio y de transformación”, diferentes a lo que ha sucedido en Brasil, Uruguay y Chile, donde lo que se planteaba por parte de sus gobiernos no eran revoluciones sino modernizaciones.

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Gastronomía, Chiyangua y Encocao

Siete años más tarde escucho una voz conocida que proviene desde la mesa ubicada justo detrás de la mía, en un restaurante vegetariano de Cuenca, donde reside desde hace muchos años. Miro con cierto disimulo y descubro a mi entrevistado, y se me hace difícil no escuchar de qué habla con su acompañante. Por extraño que parezca, la conversación no se refiere ni a subversiones ni a terrorismo, política ni revoluciones, ni torturas ni desapariciones, sino a gastronomía, y coincidentemente a gastronomía esmeraldeña: cómo preparar tapao y encocao, y hacer que tengan aroma y sabor lo más parecidos posible a la manera como se cocina en Esmeraldas. Como buen esmeraldeño no puedo evitar hacer un comentario, y les recomiendo buscar una hierba aromática que se llama chiyangua., que no es fácil hallar en la capital azuaya. Sin reconocerme, con natural extrañeza y desconfianza, “el hombre más torturado de todo el Ecuador” me agradece por la sugerencia, y yo me despido pensando que me gustaría volverlo a entrevistar, pero esta vez para hablar de temas hedonistas y culinarios.

2007-2014