Cuenca recupera el Museo de la Ciudad

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Cuenca de los Andes, llamada así en recuerdo de la Concha romana de España, de la que se dice era oriundo el Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, acaba de conmemorar cuatrocientos sesenta años del acto fundacional acontecido en la semana santa de abril de 1557.

Da la casualidad que sobre el lugar donde se fundaba la planificada y soñada ciudad española en tierras del Nuevo Mundo, un espléndido valle interandino, habían asentado ya sus bártulos, edificios, costumbres y armamento de por medio, los incas procedentes de Cuzco, que bautizaban la zona con nombres como Tomebamba, Paucarbamba, Pumapungo, y hasta había nacido allí quien luego fuera uno de sus emperadores, Huayna-Cápac, padre del último rey de la dinastía, Atahualpa o Atabalipa, y también de su medio-hermano, Huáscar.

Mas tanta casualidad histórica pretendía pasar por alto que, muy por debajo de la así llamada Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y también de Tomebamba, una cultura mucho más antigua había permanecido allí durante siglos con su propia cosmovisión del entorno y del mundo, con su propia cultura e idioma. Estamos hablando de la cultura cañari. Reconocida hoy en día como la base aborigen más antigua y de más profundo influjo en la cultura cuencana del momento presente.

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Fachada del Museo Municipal “Remigio Crespo Toral”, por la Calle Larga.

Los años que tiene de vida Cuenca como ciudad fundada, son los mismos que le ha tomado comprender a su sociedad que no es una urbe española, por más que haya sido fundada como tal hace casi medio milenio, pero tampoco una ciudad indígena inca o cañari, sino una ciudad rebosada de mestizaje en todos los órdenes de su cultura, que la tonalidad peculiarmente esdrújula de su acento evidencia con llamativa musicalidad: castellano mestizo de cañari, inca y español, hablado además con un acento característico que, de acuerdo con la tesis del investigador Oswaldo Encalada, representa la persistencia de la forma en que los antiguos habitantes de la región, los cañaris históricos hoy desaparecidos, hablaban su idioma: “ (…) podemos decir que si bien el cañari ha muerto, su espíritu tonal todavía se mantiene vivo, aunque para manifestarse tenga que usar como ropaje el español de la zona azuaya.” (La Lengua Morlaca, Oswaldo Encalada Vásquez, Alcaldía de Cuenca, 2016)

Esa cantidad de años y centurias es también el lapso que a la Cuenca andina le ha tocado contar con un museo digno de ella, cincuenta años después de haber concebido la idea de que la casa del humanista cuencano Remigio Crespo Toral albergase el acervo de semejante legado, el de toda una ciudad, el de toda una región.
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La ciudad empezó a construir, y a recopilar, su memoria histórica desde el momento mismo de la fundación hispana, como registro permanente de los acontecimientos de su vida urbana. Por ello una de las piezas que con mayor celo están custodiadas en el museo municipal “Remigio Crespo Toral” [cuya reapertura e inicio de un nuevo capítulo en el trajinar cultural cuencano, comenzaron la noche del viernes 28 de abril de 2017, cuando el alcalde Marcelo Cabrera entregó a la ciudad, de forma oficial, esta casa y las más de 30.000 piezas que posee], es el Primer Libro de Cabildos de Cuenca.

En este ejemplar único, que hoy reposa dentro de una vitrina de vidrio blindado, acompañado por dos piezas cerámicas Cazhaloma y una punta de flecha de obsidiana que data de hace 12.000 años, consta el Acta de Fundación de la Ciudad y también el acta de la primera sesión del Cabildo cuencano, el 4 de agosto de 1557, presidida por el alcalde Gonzalo de las Peñas.

Con el trabajo incansable de René Cardoso Segarra como Director del Museo, el apoyo permanente de la Alcaldía de Cuenca, y los recursos proporcionados por el Banco de Desarrollo del Ecuador por 1.865.000 dólares, más la contraparte municipal por medio millón, se logró llevar adelante el proyecto de restauración que hoy permite a Cuenca contar con el Museo de la Ciudad, el registro de su memoria histórica y cultural, “el ADN” del pueblo cuencano, como señala el Director. Es decir los más antiguos registros, de incalculable valor, de los orígenes de la cultura cuencana, mediante 18.000 piezas por primera vez expuestas a los ojos del público.

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La calle Tarqui, captada desde la iglesia del Santo Cenáculo.

Larga es la historia de la institución. Hace setenta años el entonces alcalde Luis Moreno, decreta su creación, y se encarga la dirección a quien llegó a ser Cronista Vitalicio de la Ciudad, Víctor Manuel Albornoz. Será solamente dos décadas después, en 1967, luego de haber ocupado diferentes locales, que pasa el Museo a funcionar en la casa de Remigio Crespo Toral, una de las figuras cuencanas más destacadas de la época de transición entre los siglos XIX y XX, sobre todo en los primeros años de la nueva centuria.

En su parte central, el edificio de estilo neo-clásico francés fue construido entre los años 1910 y 1915. Había sido obsequiada a doña Elvira Vega por su padre, Manuel Vega Dávila, cuando ésta contrajo matrimonio con Remigio Crespo, y se constituyó durante muchos años en el centro de la actividad intelectual de la burguesía cuencana. Ricardo  Muñoz Chávez, Alcalde en 1966, inició los trámites para que la Junta Militar apoyase el proceso de adquisición del inmueble para la ciudad, tras el deceso de la viuda acaecido un año antes. La primera exposición del Museo en la casa data del 25 de mayo de 1967. Ese mismo año fueron develados los retratos de los poetas cuencanos César Dávila Andrade y Remigio Romero y Cordero, fallecidos pocas semanas antes. Finalmente, en 1982, se adquiere definitivamente el edificio a los herederos de Crespo Toral.

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La casa Toral, en la Bajada del Centenario, donde hoy confluye también la Bajada del Padrón, junto al Puente del Centenario, en una foto de Serrano del año 1929.

Ubicada en el sector de La Merced, en la Calle Larga y Borrero, esta casa mira al Centro Histórico y es parte de él, en su fachada principal, y en la parte posterior, enclavada en el legendario Barranco cuencano, mira hacia El Ejido (zona alguna vez llamada Jamaica debido a la abundancia de huertas y frutales), el lugar donde a partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó a construirse y expandirse la nueva ciudad, a la vez que muchas edificaciones resultaron agredidas y eliminadas del patrimonio por influencia del arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral, quien había elaborado para la ciudad el primer Plan de Ordenamiento Territorial, en 1947.

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El Salón Amarillo, luego de la restauración

René Cardoso proporciona detalles del acervo institucional: “Calculamos que cerca de 30.000 piezas conforman los acervos del Museo, una de las más valiosas colecciones documentales, históricas y de arte del país. Se destaca su Archivo Histórico que guarda los libros de cabildo, que conforman verdaderos tesoros documentales que registran los diversos momentos históricos de la ciudad de Cuenca, desde su primer día de fundación española hasta la primera década del siglo XX. Su gran colección arqueológica con cerca de 18.000 piezas que corresponden a miles de años de la historia aborigen del Ecuador; centenares de obras pictóricas y escultóricas de los períodos colonial, republicano y del siglo XX, entre las que merece destacarse la colección de cristos tallados por el gran escultor cuencano Miguel Vélez, uno de los más altos representantes del arte ecuatoriano. Las colecciones de arte (pintura y escultura), numismática, mobiliario, documental (Archivo Histórico), misceláneos, se encuentran debidamente inventariadas e ingresadas, por primera vez en la historia del Museo, al patrimonio de activos fijos de la Municipalidad de Cuenca. La última colección en inventariarse será la de arqueología, trabajo documental que estará concluido en el primer trimestre de 2017.”

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Emmanuel Honorato Vázquez Espinosa

La noche de la inauguración, el Alcalde reconoció de manera pública que el pasado está lleno también de realidades, muchas veces lacerantes, que deben servir a las generaciones presentes y futuras como lecciones de vida, como aprendizajes provenientes de la historia y su procesamiento a la luz de los tiempos actuales y también de la evolución del pensamiento humano y de las sociedades. Por ello se evocó la memoria de los guandos o guanderos, personas de origen indígena y extracción humilde que desempeñaron un rol decisivo en la transformación de la ciudad, “esos cuencanos que con su esfuerzo físico, su salud y su vida permitieron que Cuenca se convierta en la urbe que llegó a ser”.

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Fachada del antiguo palacio municipal de Cuenca, en las calles Sucre y Benigno Malo. Fue derrocado y reemplazado por el actual edificio en una época de “renovación” de la ciudad.

Esa es también parte de la historia y la memoria de la ciudad, reflejo de sus realidades y sus contradicciones a lo largo de su proceso de urbanización y evolución. La casa-museo “Remigio Crespo” guarda esos registros fotográficos en los que es posible conocer la llegada de un piano procedente de Europa, cargado desde el puerto hasta la casa hace prácticamente un siglo, a hombros de estas personas, tal como se trajo muchos de los lujos de la clase alta cuencana en su afán por europeizarse y modernizarse, incluidos los automóviles. Un detalle terrible, lastimero, podemos observar en la foto ampliada de esta escena. En su extremo inferior está un pequeño cuyo pie se observa vendado, herido, sangrado, y de ello colegimos que debe haber acompañado a su padre a lo largo del insufrible y diezmador trayecto.

Hay espacios dedicados también a quienes sacudieron la conciencia de la sociedad cuencana en sus épocas de mayor oscurantismo e intolerancia, como Dolores Vintimilla de Galindo, la joven poeta enamorada de su esposo que encolerizó al clero y a la clase conservadora por sus maneras, sus amistades y, sobre todo, sus escritos reflejando intimidades que para entonces resultaban inadmisibles en una mujer, además del mismo hecho de que “escribiera”, precisamente en momentos en que la instrucción y la educación eran solo para hombres.

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María Vázquez Espinosa, hija de Honorato Vázquez, fallecida en 1929.

Perseguida desde los púlpitos y los balcones, los portones y callejones por los sermones de censura del cura Fray Vicente Solano y sus incondicionales seguidores, terminaría por suicidarse un terrible día de 1857, incapaz de hallar reposo aun después de muerta, pues se impidió la sepultura de su cadáver en el cementerio de las gentes cristianas. Como los de ella, treinta años después, en marzo de 1887, los restos del joven liberal esmeraldeño Luis Vargas Torres tampoco pudieron ser sepultados junto a donde yacían los despojos de todos los mortales cobijados por la Santa Madre Iglesia, y fueron arrojados en la parte posterior, en el supay-huayco, en un mísero hueco reservado para lo más execrable de la sociedad…

En otra sala, el ruido del avión pilotado por el héroe italiano de guerra, Elia Liut, es reproducido a través de un video que intenta dar una idea de cómo fue el primer vuelo entre Guayaquil y Cuenca, el 4 de noviembre de 1920. En el Museo se conserva la hélice del aparato, y también la chaqueta o casaca usada por el aviador que Cuenca recibió aquel día de forma apoteósica, como se recibe a un héroe, luego del aterrizaje efectuado sobre la pista que Emmanuel  Honorato Vázquez, el inquieto y multifacético hijo de Honorato Vázquez, preparase para el efecto. Casado con una de las hijas de Remigio Crespo Toral, Emmanuel Honorato representa un episodio peculiar y decisivo en el devenir cultural cuencano de las primeras décadas del siglo XX. Había acompañado a su padre, Honorato, durante la misión a él encomendada como representante del Ecuador ante la corte del Rey España, entonces mediador y árbitro en el sempiterno conflicto que manteníamos con los vecinos sureños.

De allá, el joven cuencano volvería con otra forma de ver el mundo, imbuido de inquietudes como la fotografía artística, aparatos, costumbres, modas, vicios, y una intensa y hedonista forma de vivir la vida que contagiaría a otros jóvenes de la capital morlaca, y revolucionaría además de escandalizar, de vez en cuando, a la Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

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René Cardoso Segarra, Director del Museo

El proyecto de restauración arquitectónica de la Casa-Museo Remigio Crespo, excelentemente coordinado con la parte museológica, es obra de los arquitectos Lourdes Abad Rodas y Fabián Orellana Serrano.

“Dentro de poco iniciaremos también la tan esperada recuperación y restauración de la plaza de San Francisco, con la cual se iniciará un nuevo capítulo, igual al que hemos iniciado hoy con la restauración del Museo Remigio Crespo Toral, en la historia de Santa Ana de los Ríos de Cuenca”, anunció esa misma noche el burgomaestre de la capital azuaya, en referencia al que quizá sea el espacio público que con mayor anhelo a la vez que frustración se espera desde hace décadas recuperar por parte de los residentes morlacos.

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El Salón Rojo de la Casa-Museo “Remigio Crespo Toral”

Recorrer los cinco niveles de los que está constituida la casa es impresionante a la vez que reconfortante. Una sensación de ver la evidencia del trabajo bien hecho va quedando en el visitante. Resulta imposible no evocar, no imaginar a los seres que habrán habitado el lugar, sus voces y sus gestos, sus hábitos, su visión de las cosas en la Cuenca de otra época. Ahí está para sacudirnos cada evidencia, cada objeto, cada imagen. Ahí la fotografía ampliada de un grupo de jóvenes cuencanas, justo ante el lugar en el que fuera tomada una centuria atrás.

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Hace poco, me confiaba el Director, durante el proceso de restauración apareció un día, procedente de Guayaquil, un anciano de 90 años de edad, al que René gustosamente guió por las partes del Museo que estaban más o menos disponibles. Ante la fotografía en mención se detuvo largo rato, y de pronto comenzaron a resbalar lágrimas desde sus ojos, fijos en una sola de las seis hermosas jóvenes morlacas que posaban en la antiquísima imagen. Preocupado, le preguntó al venerable visitante qué le sucedía, y él, señalando, le respondió entre sollozos y con voz inconteniblemente temblorosa: “¡Ella era mi madre!”

(Fotos: Franco Salinas, Archivo Museo Remigio Crespo, Archivo Ministerio de Cultura)

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José Serrano González: una vida entre libros

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Libros, cuadros, libros, reproducciones de caballos, discos, libros, quijotes y más libros son los elementos que parecen dominar la vista en los diferentes rincones del hogar de José Serrano González, abogado, Ministro Juez de la Corte Superior de Justicia de Cuenca, y uno de los intelectuales cuencanos de mayor prestigio y lucidez de las últimas décadas.

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En su casa, ubicada en el sector de Chaguarchimbana, a pocos metros de la antigua vía férrea, están presentes los seres que ha amado a lo largo de su vida, los recuerdos, las vivencias, los canes, la señora que le ha servido a lo largo de 66 años, un Botero original, un bodegón del siglo XVII, obras de Carrasco, Ochoa, Chalco, Beltrán, Kingman, Napoleón Paredes, Julio y Ricardo Montesinos, 200 piezas representaciones de caballos (otra de sus pasiones). Brahms es uno de sus compositores favoritos, aunque su fonoteca incluye un sinnúmero de discos de jazz y boleros, que suele escuchar de vez en cuando mientras degusta un cubalibre, su bebida favorita.

Hijo del abogado José Luis Serrano González, en su niñez era algo enfermizo, delgado, quizá sobreprotegido y mimado por el abuelo paterno, también abogado. Hacia los 8 años, al ver que era indispensable la escuela, le tomaron una prueba de diagnóstico en la casa. El propio Director de Estudios, un inspector provincial y un profesor, fueron quienes hicieron el diagnóstico, y decidieron enviarlo al cuarto grado, pero debido a su edad ingresó al tercero. «Mi pasión por los libros es de toda la vida. Mi madre era una gran lectora, al igual que mi abuelo, José Luis Antonio Serrano. Él me regalaba los cuentos de Calleja, ilustrados, antes de que yo supiera leer, a los cuatro años. Siempre tuve buena memoria, y fingía leer delante de mi abuelo. Más tarde entré directamente al tercer grado», rememora.

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«Yo nací en Cuenca, de padres y abuelos cuencanos. Mi abuelo, que tenía un hijo único, mi padre, fue nombrado juez en Azogues, y mi papá también ejerció en esa ciudad, a donde me fui a los cinco años de edad. Ahí estuve hasta primer año de colegio, que lo cursé en el “Juan Bautista Vázquez”. Y ahí también me inicié como profesor». En Cuenca estudiará con los Hermanos Cristianos, y el segundo año lo hará en el colegio «Benigno Malo«».

La primera lectura que lo cautivó fue El tigre de Malasia, de Emilio Salgari, autor que, confiesa, le resultó siempre más ameno que Julio Verne, con excepción de obras como Un capitán de 15 años o Miguel Strogoff. En la adolescencia, su ídolo será Herman Hesse, de quien primero leyó Damian, antes que Lobo Estepario y Juego de Valores. La montaña mágica, de Tomas Mann, será otra de sus lecturas favoritas. En Azogues intercambiaba libros con un médico muy ilustrado, el Dr. César Molina, todo un referente de conocimiento y cultura por entonces, al extremo de que se decía de quienes ostentaban sabiduría, «¿qué va a saber más que el doctor Molina?».

«Para mí el más grande escritor de todos los tiempos es Shakespeare, quien pintó todas las pasiones humanas: en Otelo, los celos y la envidia; en Romeo y Julieta, el amor juvenil y romántico; en el Rey Lear, el amor filial y la fidelidad; en Hamlet, la duda existencial. Todas las personas humanas están pintadas por Shakespeare».

Del Quijote piensa que es una obra maestra, compendio de sabiduría popular que ha releído unas 10 veces en su vida, y en cada ocasión halla más sabiduría. Uno de los más bellos prólogos que ha tenido el Quijote, afirma, es el de Mario Vargas Llosa en la edición especial por los cuatrocientos años de la publicación.

Hugo Oquendo, José Serrano, Rodrigo Aguilar.

Hugo Oquendo, José Serrano, Rodrigo Aguilar

José Serrano desciende de una familia de abogados: bisabuelo, abuelo y padre lo fueron, además de haber sido todos homónimos, como lo es también su hijo. «Se creía que debía estudiar ingeniería, pero era malo para el dibujo. En sexto año de colegio dije que sería abogado. El Derecho permite una lectura más filosófica de la vida, y por eso también mi vocación de profesor. Doy Filosofía del Derecho e Historia del Derecho». Comienza a estudiar Derecho en Cuenca, con Reinaldo y Rafael Chico Peñaherrera, y Carlos Cueva Tamariz, pero evoca como una verdadera eminencia, como un hombre sabio, a Agustín Cueva Tamariz, médico y profesor de medicina legal. En Quito fue alumno de Andrés F. Córdova, quien fue Presidente de la República.

En Azogues, ya como abogado, ejerció la profesión durante cerca de treinta años. Muy joven, a los 27, fue nombrado presidente del Tribunal de Menores. Siempre fue muy aficionado a las letras y la cultura, y sus amigos estaban relacionados con la actividad de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Cañar, de la que años después será presidente: César Molina, Edgar Palomeque, Ezequiel Clavijo, Carlos Aguilar Vásquez (de quien afirma era sabio y tímido). «Le tengo mucha gratitud a Azogues», dice.

Salía de Cuenca a las 7 de la mañana, y regresaba hacia las 7 de la noche, pues tenía una actividad laboral muy intensa. A comienzos de los noventas, cuando se da el problema geológico de La Josefina, las condiciones del traslado cambiaron de manera radical. Al tener que viajar a través de Déleg y Solano, llegaba a la capital del Cañar hacia la 1 de la tarde, cuando ya la mayor parte de la actividad había cesado. Al poco tiempo se le nombra presidente del Tercer Tribunal Penal del Azuay, y cuatro años después es nombrado Ministro Juez.

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Cuando era vicepresidente de la Casa de la Cultura del Cañar, presentó ese terrible y formidable libro-mapa de la vida dibujado en su boceto con la tinta del amor filial destrozado, titulado Sollozos por Pedro Jara, de Efraín Jara Idrovo, con quien ha cultivado una gran amistad que ha logrado permanecer incólume a través de los años. De él afirma que es uno de los poetas más extraordinarios del país, al igual que Jacinto Cordero, aunque creadores de formas distintas de poesía. En Alguien dispone de su muerte, libro de Efraín, el autor menciona a José Serrano, Joaquín Zamora, Eugenio Moreno y Luis Vega como sus mejores amigos.

Un lector de sus quilates, que lee incluso cuando el resto de mortales duerme, también se ha visto atraído por la creación, lo que sin embargo no significa que haya publicado, pues siempre ha sido reacio a hacerlo, sobre todo en Cuenca, donde afirma que publicar aún hoy en día significa prácticamente permanecer inédito a nivel del país.

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Ha escrito prosa, ensayo, una novela titulada Roca dura, que tampoco ha publicado, y al momento prepara una selección de alrededor de 60 artículos periodísticos, publicados a lo largo de su 20 años como articulista. Roca dura, me atrevo a afirmar sin preguntárselo, de alguna forma tiene que ver con su segundo nombre, Ricardo, que proviene del inglés rock hard.

Hace poco se le detectó un linfoma, enfermedad que le ha hecho amar aún más la vida, y no aferrarse mucho a las cosas terrenales, materiales. Al mismo tiempo le ha hecho revalorar el concepto de la amistad, pues sus amigos han sido muy generosos con él, asegura mientras añade que esta situación le ha hecho ver que la gente es más generosa de lo que uno piensa. Esas demostraciones de amistad pueden condensarse en las palabras de la poeta cuencana Catalina Sojos: «No se envanezca, pero la gente de Cuenca le quiere mucho a Ud».

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José Serrano fue una de las más extraordinarias personalidades que he conocido. Siempre me sentí y me sentiré honrado con su amistad.              R. Aguilar O.

Prologuista de una extensa lista de publicaciones, en las que quizá ha pecado de generoso con sus  apreciaciones y críticas, asegura que la presentación de un libro es un acto de amistad, el pedido de un amigo, y lo contrario, es decir criticar la obra y ensañarse con ella durante su lanzamiento, significa ser mezquino.En Cuenca ha constatado la ignorancia de la gente en general, pero al mismo tiempo ha conseguido incentivar la lectura. El mito de la Atenas, afirma, surge a partir de la abundante literatura mariana existente, y por ser Cuenca una ciudad recoleta habría más dedicación a la lectura que en otras ciudades. «Remigio Crespo Toral, ensayista y poeta que tiene una de las mejores biografías sobre Bolívar (“Cuando terminaron las batallas por la independencia terminó el tiempo de la espada, y surgió el tiempo del puñal del asesino”), fue quien popularizó el calificativo de Atenas del Ecuador». Pero otros personajes la han definido quizá con mayor acierto, expresa, como el poeta Gonzalo Zaldumbide, quien dijo que es una «ciudad cargada de alma», o el anterior Cronista Vitalicio de la urbe, Antonio Lloret Bastidas, quien aseveró que «el quinto río de Cuenca es el Pase del Niño».

Casado con la abogada Rocío Salgado, tuvo cuatro hijos varones: José, quien fue Ministro de Trabajo en el gobierno de Alfredo Palacio, y al momento se desempeña como Viceministro de Minas y Petróleos del gobierno de Rafael Correa; Jorge Luis, sociólogo y cineasta, actual director del Consejo Nacional de Cine; Juan Antonio, comunicador social, que ha preferido trabajar independientemente, como “free lance”, y ha hecho fotografías para medios como el Times de Londres, El Gato Pardo, Vanguardia; y, el menor, Francisco Javier, ingeniero agropecuario. Todos ellos (dice con orgullo este padre que posee una biblioteca de 15.000 volúmenes de literatura selecta, sin contar con las obras jurídicas), son buenos lectores.

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La vida es hermosa, asegura con plena convicción este gran hombre que es José Serrano González. Ha vivido su vida a plenitud, con deleite; ha saboreado sus dichas y desdichas, sus dolores y placeres, con altivez y dignidad. «Estoy de acuerdo con Dante, al final de la Divina Comedia, cuando expresa que es “el amor que mueve el cielo y las estrellas”. El amor puede ser engañoso, pero no importa, es una bella ilusión, un sueño en el sentido de Calderón de la Barca. El amor es lo más esencial de la vida, en cualquiera de sus manifestaciones».

Agenda Cultural de Cuenca – Ecuador

 Abril de 2009