Luis Vargas Torres y el Parque Calderón

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En la intersección de las calles Sucre y Benigno Malo, al pie del palacio municipal, frente al parque Calderón y diagonal a la Catedral nueva de Cuenca, está ubicada desde hace muchos años una pequeña placa sobre un pequeño monumento. Miles de personas transitan de forma cotidiana por el lugar, aunque pocas son quienes se interesan por conocer de qué se trata aquella losa tan poco llamativa, en la que se lee acerca de una muerte ahí acaecida mucho tiempo atrás. Exactamente 130 años atrás.

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La Plaza Central de Cuenca lucía así hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Seminario Mayor San Luis, a la derecha; la Catedral nueva en construcción; el Monasterio del Carmen de la Asunción; y, en la parte superior izquierda, el el sitio donde se fusiló a Luis Vargas Torres.

La pequeña y conventual Cuenca de los Andes de finales del siglo XIX fue, precisamente en el sitio mencionado, escenario de uno de los más ignominiosos crímenes políticos que registra la historia ecuatoriana. El 20 de marzo de 1887 se procedió a fusilar a uno de los hombres de confianza del general Eloy Alfaro e indiscutible líder militar y político del proceso que condujo a la Revolución Liberal, el coronel Luis Vargas Torres, en medio de un consejo de guerra amañado y dirigido desde Quito (“tribunal de esbirros asalariados”), con la complicidad de las autoridades conservadoras locales.

Para los moradores y también para los visitantes de Esmeraldas, en el parque central de esa tropical y rítmica urbe del litoral, llama la atención el monumento erigido a la memoria de una de las figuras más queridas, respetadas y rememoradas de la historia esmeraldeña. No es que el monumento sea un modelo de calidad estética, pero al menos aquél representa el homenaje de todo un pueblo al mayor de sus héroes. Algo así como lo que representa, en el parque Calderón de la urbe morlaca, el monumento al héroe de la Independencia, el eterno adolescente Abdón Calderón. Curiosamente, ese mismo parque pretendió ser llamado, hace más de un siglo, Plaza de Vargas Torres, a través de un decreto militar que no logró trascender al tiempo ni al indomable conservadurismo cuencano, y posiblemente tampoco a la oleada de terror y violencia de la que fue responsable el coronel esmeraldeño Manuel Antonio Franco Vera, designado Jefe Militar de la Plaza de Cuenca tras el triunfo de la Revolución en 1895.

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Aspecto actual del parque central Abdón Calderón de Cuenca, o Plaza de Vargas Torres.

El Ecuador de los años ochenta, en el siglo XIX, estaba dominado por una sociedad clasista en la que tanto oligarcas como gamonales eran quienes dirigían los destinos y las vidas de miles de personas. Los gobernantes de entonces, déspotas y tiranos que se alternaban en el poder, tenían como práctica común el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o el destierro de sus opositores, a la vez que la corrupción era la manera más rápida de hacerse con fortunas repentinas.

A nivel ideológico el fanatismo religioso estaba presente en la gran mayoría de la población, bajo la égida de un oscurantismo por parte del clero que volvía imposible el surgimiento armónico de otras formas de pensamiento, de otras maneras de vivir, y que había sido afianzado aún más por el controversial tratado que suscribiera el gobierno de Gabriel García Moreno con el Vaticano, a instancias de la llamada Carta Negra. La constitución garciana de 1869, elaborada por la octava Asamblea Nacional Constituyente, representó una sumatoria de atentados contra los derechos civiles, políticos y humanos de los ecuatorianos, y establecía a la religión católica como la fe oficial y única, en exclusión de todas las demás. La misma condición de ciudadano ecuatoriano, solo era posible alcanzarla, en virtud de esa carta magna, si se era católico, casado y mayor de 25 años de edad. Tal orden de cosas, y la serie de abusos de todo tipo perpetrados por el dictador Gabriel García Moreno (aún admirado y venerado por ciertas órdenes religiosas), condujeron a su sangrienta muerte en las afueras del palacio presidencial, en 1875.

En julio de 1883, resulta derrotado por las huestes de Sarasti y Alfaro, en la batalla de Mapasingue, el dictador Ignacio de Veintimilla, quien aupado por la bonanza cacaotera había convertido al palacio de gobierno en el eje de una vida cortesana signada por la frivolidad, la mojigatería y la corrupción. Como casi un siglo después hará otro dictadorzuelo, mucho más vulgar aún, Veintimilla huye del país no sin antes atracar bancos guayaquileños.

A continuación, el dueño de Tenguel, hacienda cacaotera considerada la más grande del mundo, José María Plácido Caamaño, amañará el Congreso Nacional para impedir el paso de Eloy Alfaro, a través de la Asamblea Constituyente de 1883.

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Eloy Alfaro Delgado y sus hombres de confianza, entre ellos Luis Vargas Torres (sentado, segundo desde la derecha)

A esa asamblea fue electo el joven oficial de origen esmeraldeño Luis  Vargas Torres, adepto del liberalismo montonero que había puesto al servicio de la causa no solo su fortuna personal labrada como comerciante en Guayaquil, sino su vida misma. “Triunfante en el campo de batalla es elegido, por sus altos dotes intelectuales y morales, diputado a la Asamblea Constituyente, observando con profunda indignación y rebeldía la venta de conciencias, la traición a los principios del liberalismo radical avisorando el advenimiento de un gobierno corrupto al cual, igualmente, había que derrocar. La lucha armada de las montoneras debía continuar hasta la victoria final del alfarismo; así lo comprendió la conciencia libertaria de Luis Vargas Torres.” (Leonardo Espinoza, Homenaje Luis Vargas Torres, Universidad de Cuenca, 1987)

Tras el fallido intento revolucionario del 15 de noviembre de 1884, Vargas Torres debe exiliarse en la capital peruana, donde durante varios meses la realidad política y social ecuatoriana será el eje de sus estudios y preocupaciones, y uno de esos escritos, sobre la denominada revolución de esa fecha, se cree fue lo que originaría el complot de su asesinato. Aquel día, la población manabita de Montecristi había desconocido al Gobierno Constitucional de Caamaño, y proclamó como encargado del Mando Supremo al General Eloy Alfaro. Esmeraldas se suma dos días después, nombrando como Jefe Civil y Militar al Coronel Manuel Antonio Franco. De igual forma lo hace la población fluminense de Palenque, y en la Sierra alcanzan a pronunciarse a favor de la revuelta las provincias de Tungurahua y Carchi.

Dos años más tarde, a finales de 1886, desde Perú parte comandando pelotones que toman primero Celica y luego la ciudad de Loja, en una acción idealista a la vez que suicida, pues son derrotados por la superioridad numérica del coronel cuencano Antonio Vega, que había sido desplazado hasta el sur para liquidar a las tropas de Vargas Torres. La lucha contaba también con las incitaciones, advertencias, amenazas y anatemas procedentes de los púlpitos, en donde los curas mantenían a una población católica enajenada y aterrorizada por la eventual dominación de los liberales “enemigos de la fe”. “La derrota de los seguidores de Vargas Torres fue total; los que no fueron masacrados se los engrilló y esposó, para someterlos al insulto soez, a la burla sarcástica, a la tortura. Entre ellos estaba el combatiente ejemplar.” (ibídem, vii)

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Sector donde se fusiló a Vargas Torres, hacia los años 50 del siglo pasado. En la parte inferior izquierda, diagonal a la Catedral, se observa algo del mínimo monumento.

Trasladado a Cuenca junto con sus compañeros, el encierro en la capital morlaca representó momentos de angustia y zozobra, de dolor, como parte de un drama en el que se mezclan felonías, ignorancias, odios, vindictas, egoísmos, y la nobleza de un luchador íntegro, convencido de su causa, que asqueado de la podredumbre se resiste a formar parte de lo escatológico.

Ese crimen innecesario, aquella felonía siniestra simboliza también la peculiaridad de la realidad ecuatoriana: las luchas políticas entre conservadores y liberales, entre religiosos in extremis y laicos que pugnaban por una evolución imparable; entre serranos y costeños.

Aquella plaza, el lugar donde en 1557 se fundó la ciudad, recibió alguna vez, vía decreto, el nombre de Luis Vargas Torres, algo que no debe haber satisfecho a los cuencanos, que el mismísimo parque central lleve el nombre de un esmeraldeño, para colmo liberal y, según las malas lenguas de la historiografía, masón. Aún es posible observar, en alguna casa de la calle Luis Cordero, un letrero colocado seguramente por algún nostálgico, que reza “Plaza de Vargas Torres”.

El decreto por medio del cual se le daba este nombre al actual “Parque Calderón”, fue firmado el 02 de septiembre de 1895, ya en época de la Revolución Liberal, por José Luis Alfaro, Coronel de la República y Director de la Guerra, y por Manuel Serrano, General Jefe de Operaciones de la División vencedora en el Portete. El decreto en mención disponía también la exhumación de los restos del héroe liberal, y su depósito en un lugar adecuado “hasta que se pueda trasladar tan venerandos restos á la ciudad de Esmeraldas.”

El artículo segundo estipulaba: “Desde hoy, la Plaza de Armas de esta Ciudad, llevará el nombre de “PLAZA DE VARGAS TORRES”, en memoria de que en ella fue sacrificado este heróico MÁRTIR del liberalismo”. Se disponía también la construcción y erección de un monumento, cuya formación de los modelos necesarios se encargó al artista español Tomás Povedano y de Arcos.

En 1987, en la conmemoración del centésimo aniversario del crimen, a instancias de la Universidad de Cuenca, intelectuales y hombres de izquierda, además de algunos nostálgicos liberales ya en decadencia, rindieron múltiples homenajes a su memoria, y se editó por parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca IDIS, un libro de homenaje que fue compilado por el catedrático y dirigente comunista Leonardo Espinoza. Eso fue treinta años atrás.

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Ciento treinta años después del asesinato que conmovió a todo un país, salvo unos cuantos docentes universitarios, intelectuales y uno que otro masón, la memoria y la figura de Vargas Torres (Héroe Nacional del Ecuador desde el año 2012) aún tienen que recibir un homenaje y una reivindicación de los cuencanos, que vaya más allá de los simples discursos, mesadas de barba y rasgados de vestidura. Una pequeñísima calle lleva su nombre en la capital azuaya, y del monumento que alguna vez, hace más de 120 años, se intentó erigir, apenas persiste esta insignificante placa sobre una losa invisible para los cuencanos, en las calles Sucre y Benigno Malo, frente al Parque Calderón o Plaza de Vargas Torres, que un grupo de ciudadanos erigió el 20 de marzo de 1936, es decir medio siglo luego de la inmolación.

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EL TESTIMONIO DE APARICIO ORTEGA

He aquí el testimonio dejado por Aparicio Ortega, testigo del asesinato:

“Extinguido, pues, el último rayo de esperanza, otro Jefe, o el mismo, previno al pueblo que iba a ser fusilado el Señor Coronel tantas veces mencionado y que sería pasado por las armas el que levantare la voz o impidiese de cualquier modo la ejecución de la sentencia. Luego se dio orden de sacar al prisionero. En ese momento acababan de quitarle los grillos. Al centro de numerosa escolta, al son lúgubre de ronca corneta y tambor destemplado, seguido de un fraile y clérigo, con paso firme y acompasado, levantada y serena la frente, color de buena salud, calado un “manabita” de anchas alas, todo él respirando vida, así salió a la muerte ese muchacho ya inmortal que se llama Coronel Luis Vargas Torres… En su marcha, alzó los ojos, buscó y, con sonrisa leve que era desprecio a todo ese aparato de fuerza, sacándose el sombrero, dio un adiós silencioso, preñado en lágrimas, a sus compañeros. Lección elocuente de mutismo. Lección asombrosa de valor y dignidad. Recomendación que está hirviendo en el corazón de todo un Partido. ¡Ah! ¡Qué fecundo que iba ser ese adiós!

-¿Dónde debo colocarme?- preguntó el sentenciado.

-Allí- Y señaló el Oficial con la espada un claro entre dos columnas, al frente de la puerta del cuartel.

Contramarcha el joven revolucionario, como rehusando la tregua que se le otorgaba a caso para que se confesase. Y vino a colocarse en el punto señalado, cerca al que me hallaba yo. El fraile dominicano le siguió y fue menester que el Oficial le intimara que se retire, advirtiéndole que era necedad insistir en lo imposible. Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo, tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrados los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban con sendos rifles, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa, desafió largo rato las balas, como en los días en que, al frente de su división, se preparaba al ataque, contra los soldados veteranos y esforzados de Veintimilla…

Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban. La ansiedad del observador subía de punto: Ya me parecía verlo caer desmayado, o, por lo menos, temblar, palidecer… Pero, nada. Esperó impasible hasta que salió la descarga. Al fin, salió y rompió aquel pecho de héroe que no tembló un momento en la larga agonía que le habían preparado los ardientes defensores del patíbulo, que no tendrá de qué quejarse el día de la Justicia…

Terminada la ejecución volvieron las tropas a sus cuarteles, el pueblo a sus moradas, unos pocos a contemplar el cadáver  y éste… al cementerio. Un Comisario de Policía hizo tomar de cuatro indios el cadáver y así, caliente, lo cogieron de los pies y de los brazos, lo llevaron al Cementerio: Un reguero de sangre iba dejando, tras de sí ese cuerpo, donde poco ha resplandecía la inteligencia y ardía el corazón de un valiente” (Jorge Pérez Concha, Vargas Torres, 1980)

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Mujer

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Cuando diversas entidades y organismos de todo tipo llevan adelante la celebración del Día Internacional de la Mujer, se multiplican los clásicos discursos por medio de los cuales se le intenta rendir homenaje. La tradicional práctica machista en la que se han desenvuelto muchas de las sociedades humanas es el factor responsable de que, por siglos, fuesen los hombres quienes tomaron para sí la responsabilidad de dirigir sus destinos.

Eso implicó también una serie de privilegios y supuestos derechos para el elemento masculino, como el acceso a la educación, por ejemplo. Y para que las mujeres hayan podido acceder a ese derecho humano se tuvieron que llevar adelante luchas decisivas. Lo que emprendió la Revolución Liberal liderada por hombres como Eloy Alfaro y Luis Vargas Torres, en Ecuador, es una clara muestra de aquello.

Lamentable es que, a consecuencia del machismo reinante, todavía hoy se tenga que hablar de reivindicaciones y derechos, cuando el solo hecho de mencionar esos temas debería ser ya un recuerdo del pasado. La mujer ha tenido que considerarse parte de un grupo proscrito, tal como lo han sido a lo largo de la Historia los indígenas, los negros, los obreros. Aunque parezca ridículo mencionarlo, que la mitad de la sociedad tenga que reconocer los derechos de la otra mitad es simplemente un anacronismo y una muestra de lo mucho que aún le falta por evolucionar a la raza humana.

No creo en aquellos estipulados que afirman que la sociedad estaría mejor conducida si fuesen las mujeres quienes la gobiernan. Aquel, el de gobernar, es un derecho y también un deber que les asiste tanto a hombres como a mujeres. Ambos grupos son susceptibles de cometer errores e incurrir en vicios que atentan contra el ejercicio democrático, tal como lo entendemos en esta sociedad de innegable influjo occidental.

En este día habrá discursos de todo tipo e inclinación. Se hablará desde  posturas feministas y también desde aquellas machistas, dos extremos que al final no resultan saludables. Se dirá que la mujer es madre, esposa, hija y hermana, y cosas por el estilo. Pero, ¿acaso todo aquello no resulta obvio? La mujer es, simplemente, nuestra compañera, tal como nosotros somos sus compañeros. Caminamos juntos por la vida, tomados o no de la mano, y juntos debemos decidir cómo vivirla. No hay más. El resto es solo egoísmo, primitivismo, estrechez mental.

Ecuador a 122 años de la Revolución Liberal

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En el año 1912 el Ecuador era una joven nación de la América austral, que contaba apenas 82 años de vida republicana. Su realidad social y política era convulsa, conflictiva y caótica, y estaba signada aún por fuertes rezagos de la era colonial, que había durado prácticamente cuatro siglos.

Los ecuatorianos de entonces eran una amalgama de seres polarizados entre el fanatismo religioso y la lucha por conquistar derechos sociales que, hasta 1895, cuando se proclamó la Revolución Liberal liderada por Eloy Alfaro Delgado, habían estado siempre relegados para las grandes mayorías.

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Aunque esa gesta transformó las bases del Estado y trastocó las formas de dominación social que imperaban hasta entonces, quienes usufructuaban de aquel status quo se resistían, por todos los medios posibles, e inclusive más allá de lo humana y civilizadamente aceptable, a perder tales canonjías.

Era una sociedad dividida entre unos pocos privilegiados, que heredaban aquellas prerrogativas algunos desde los primeros años de la invasión europea, en medio de profundos prejuicios raciales también transmitidos a través de los siglos por el orden de cosas impuesto en la Colonia.

Entre aquellas fuerzas estaban los terratenientes, que veían amenazada la posesión de enormes latifundios, algunos tan vastos como los territorios de actuales provincias andinas, y se agrupaban políticamente en torno al Partido Conservador. La misma Iglesia Católica, digamos que su fuerza espiritual, libraba una lucha feroz desde los púlpitos y aun a través de religiosos involucrados en la lucha armada, para defender al país de los herejes liberales y de las monstruosidades [léase conquistas sociales como el laicismo o la educación de la mujer] que la Revolución había implantado. Y, por supuesto, la prensa de entonces, cuyos propietarios se negaban también a perder los privilegios que el orden de cosas imperante les representaba.

Entre todos estos sectores se armó la conjura, se instigó e incitó durante años al odio y la venganza, a través de la mentira y la manipulación, la calumnia y la traición, hasta desembocar en uno de los más vergonzosos hechos que registra la historia de un país llamado Ecuador: la Hoguera Bárbara del 28 de enero de 1912, cuando luego de haber sido conducido hasta Quito, ironías de la vida, en el mismo ferrocarril que su gobierno construyó para unir al país, fuera asesinado y arrastrado por las calles, y después incinerado en El Ejido por una turba irracional que los representantes de estos poderes azuzaron.

 

II

Cada 28 de enero, desde que supe que era la fecha en que se rememoraba un crimen colectivo que avergonzaba a los ecuatorianos, me ha sido difícil deslindar la evocación de ese hecho, su implicación histórica, de la figura de mi abuelo materno; me es imposible pensar en ese crimen sin recordar también cómo la aceptación de mi identidad de ecuatoriano está ligada de forma íntima a la comprensión de mi identidad familiar.

Una de las pocas cosas que recuerdo de él, cuyos últimos 27 años de vida debió pasarlos postrado sobre una cama, aquejado de una parálisis progresiva que le impedía valerse por sí mismo y gesticular palabras, era el asombroso parecido que le encontraba yo con aquel hombre que, en las aulas escolares, nos contaron había sido el líder de una revolución.

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¿Una revolución? En la época de niñez, sin abarcar de una forma clara su significado, aquella era lo que se dice una mala palabra. Las malas palabras, según lo veo ahora, fueron cosa de nuestra generación. La de aquellos hombres y mujeres que nacimos durante las décadas de los sesentas y setentas, y que hoy rondamos más o menos los cuarenta, algunos ya acercándonos a los cincuenta años de edad.

Las malas palabras eran por lo general obscenas. Implicaban obscenidades que no estaban permitidas a menores de edad, y que en boca de los mayores eran más o menos toleradas, de acuerdo con el contexto. Recuerdo que alguna vez, jugando con los amigos de la infancia, caminaban dos policías y decidimos acercarnos todos, en grupo, para darles la mano. Uno de ellos nos extendió su mano. El otro, hosco, profirió una de esas palabrotas que estaban tan cargadas de semántica negativa, que nos sentimos atemorizados, tanto por lo que había dicho como por el tono, prácticamente un grito, que usó.

Ignoro si mis amigos de infancia recuerdan aquel suceso. A mí no se me olvidó jamás. Implicaba muchas cosas, además de la enorme carga que puede haber en algo aparentemente tan simple como una palabra. Por ejemplo, la escasa educación de un agente de la ley y el orden, para haberse atrevido a tratar así a un grupo de niños; implicaba, también, asumir que los policías eran personas a las que no se podía acercar uno, inabordables detrás de sus uniformes y sus armas.

Carajo era también una palabra muy fuerte. Su connotación era tal que bastaba para que cualquier menor de aquella época se quedara quieto o hiciera lo que se le pedía por parte de un adulto. Hablo en pretérito porque hoy en día ya ni siquiera se la escucha, y si se la profiere ha perdido tanto su carga semántica que ningún niño o niña de esta era se inmutaría al escucharla. Y ni hablar de los términos .soeces, relacionados casi siempre con los órganos genitales, que son hoy parte del vocabulario de niños, adolescentes y jóvenes de ambos sexos, y se profieren más como muletillas que como las obscenidades y vulgaridades que usarlos representó alguna vez.

Las palabras obscenas y las conminativas, por llamarlas de algún modo, no eran, sin embargo, los únicos términos considerados por entonces malas palabras. Habían otras expresiones, otros sustantivos, que a menudo se convertían en adjetivos pero que, por lo general, cada vez que se decían se lo hacía en voz baja.

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Revolución, como palabra, se hallaba en una suerte de término medio. Los revolucionarios eran seres proscritos, anónimos, clandestinos, casi siempre militantes o activistas de partidos y movimientos de izquierda. El problema era que la derecha también, a través de los militares, se proclamaba revolucionaria, y nacionalista por añadidura.

Comunista, en cambio, era un término bastante fuerte. Decirlo era en verdad temerario, por lo menos en el barrio donde crecí, pues al frente de donde vivía estaba instalado un cuartel de la Policía Militar Aduanera, y a media cuadra uno de la IV Zona Naval de Esmeraldas, en donde a menudo se escuchaban los lamentos de aquellos pobres desgraciados a los que se torturaba en sus calabozos. Aunque sus significados no tuviesen nada en común, recuerdo que tan duro y reprobable como llamar a alguien comunista, era también calificarle de marihuanero. Eran, en suma, dos palabrotas que en boca de un niño evidenciaban que aquel pequeño tenía padres que no velaban de manera correcta por su educación, o que tenía amistades indeseables.

Recuerdo también que los cuadernos en los que anotábamos nuestros deberes y lecciones, las materias que recibíamos en la escuela, tenían en la parte final una leyenda que se me quedó grabada en la memoria, quizá por haberla visto tantas veces durante tantos días de mis primeros años de niñez: El Gobierno Nacionalista Revolucionario del General Guillermo Rodríguez Lara, a su Majestad, el Niño. Estaba ilustrada con un niño vestido de soldado, que al parecer custodiaba una refinería o un oleoducto, sobre un mapa del Ecuador, de ese Ecuador que pese a haber sido mutilado como cuarenta años antes e incorporado al Perú, nos decían que así debía dibujarse, con la mitad incluida del territorio que reclamábamos y reivindicábamos.

Entre las escasas palabras que alcancé a escuchar a mi abuelo, «Liberal», «Alfaro», «Carlos Concha», «Vargas Torres», son algunas de las que recuerdo. Las lecciones de historia de la escuela católica en la que estudiábamos por entonces, no recuerdo si sesgadas o no, harían poco a poco ir descubriendo su significado, lo que cada una de ellas implicaba.

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Eloy Alfaro con sus compañeros de armas y lucha, entre ellos el coronel esmeraldeño Luis Vargas Torres (segundo, sentado, desde la derecha), fusilado en Cuenca en 1887.

Debe haber sido hacia quinto grado, luego de estudiar la Revolución Liberal, cuando le confesé a uno de mis compañeros, a quien consideraba mi amigo, que mi abuelo era muy parecido a Eloy Alfaro. Insistió tanto en que lo lleve a conocerlo, que una tarde le permití ir a mi casa. Le dije que era necesario hacer silencio, porque el abuelo estaba enfermo y no había que perturbarlo. Subimos las gradas con mucho sigilo y cautela, tratando de hacer el menor ruido posible. Mi compañero se quedó un buen momento contemplando a mi abuelo, que tenía la mirada perdida, con dirección a la ventana, y se hallaba entretenido dándose palmadas en un lado de su cara, algo que luego comprendí no era una manía sino su manera de recuperar las sensaciones que la parálisis le robaba.

Al día siguiente comentó que, en efecto, mi abuelo se parecía mucho al viejo cuyo retrato teníamos en el libro de historia, al Viejo Luchador. Pero dijo también que mi abuelo estaba loco. Y creo que jamás le perdoné ese comentario. Lo juzgaba una traición inadmisible. Sí, es verdad, una persona paralizada de la mitad de su cuerpo, puede dar la impresión de estar loca, pero eso no significa que lo esté. Después, poco a poco, uniendo cabos y versiones de diferentes personas, de mi abuela y mi madre, de mis tíos y primos, de los parientes lejanos, fui tejiendo no solo la historia de mi abuelo, sino la historia del pequeño gran territorio al que llamamos Ecuador.

El abuelo tenía doce años cuando acaeció aquel desgraciado acontecimiento que llenó de ignominia al Ecuador. Esmeraldas, donde vivió toda su vida, había sido uno de los bastiones de Alfaro, junto con Manabí, desde mucho antes del triunfo de la Revolución Liberal. Un mes antes del crimen de El Ejido, en diciembre de 1911, la provincia entera decidió proclamar al general Flavio Alfaro, sobrino de don Eloy, como Jefe Supremo de la República, sin pensar que también él sería una de las víctimas incineradas apenas cuatro semanas después, en la hoguera bárbara que marcó para siempre la historia del país. Y en esa proclama está la rúbrica de don Samuel Orejuela, tío de mi abuelo.

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Toda Esmeraldas, que había perdido muchas vidas durante las últimas décadas de luchas fratricidas, se vio sacudida por la noticia del arrastre de los Alfaro en Quito. Carlos Concha Torres, hermano materno de Luis Vargas Torres, dedicaría energías y recursos para vengar esas muertes, haciéndole la guerra al gobierno desde las tupidas selvas esmeraldeñas, durante más de cuatro años.

La lucha de Eloy Alfaro, desde la radicalidad que lo caracterizó y que fue también el signo distintivo de quienes lo acompañaron y secundaron, data por lo menos de mediados de los años sesenta del siglo XIX, en su natal Manabí. Ya en 1864, próximo a cumplir los 22 años, lo vemos como líder de uno de los grupos armados que se enfrentarían al gobierno de Gabriel García Moreno, y desde entonces su lucha se radicalizaría y se volvería más compleja, hasta desembocar en el triunfo de la Revolución Liberal, el 5 de junio de 1895.


III

Durante los casi dos siglos que hemos vivido como república, el proceso de formación de la identidad ecuatoriana se vio inmerso en una lenta evolución. El principal escollo para la aceptación de la identidad estuvo siempre representado por la diversidad cultural que constituye el Ecuador. Esa condición impidió, por mucho tiempo, que la ecuatorianidad se asuma a plena conciencia. El lento proceso se vio vertiginosamente acelerado por hechos históricos como la Revolución Liberal de 1895, o la frustrada “Gloriosa” del 28 de Mayo de 1944; la exportación de productos como cacao, caucho, banano y petróleo; el retorno a la práctica democrática electoral, en 1979; el triunfo de Jefferson Pérez en Atlanta, en julio de 1996, y su hasta hoy única medalla olímpica obtenida por el país; la clasificación de la selección ecuatoriana de fútbol a un torneo mundial, por primera vez; o los derrocamientos, prácticamente habituales, de tres presidentes en menos de una década.

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La gran ironía y la gran paradoja fueron haber sido conducido detenido a Quito, en el mismo ferrocarril que Alfaro culminó de construir para unir la Sierra y la Costa, esos dos mundos bipolares que se complementan para formar el Ecuador.

Desde el triunfo de aquella revolución que transformó y trastocó para siempre a la sociedad ecuatoriana, a lo largo del nuevo siglo muchos se proclamaron revolucionarios, liberales radicales, alfaristas. Muchos pretendieron liderar procesos similares, hacer la revolución, desde la palestra política o desde las bayonetas militares. Hacia 1944, por ejemplo, estuvimos lo más cerca posible de una. Eran las condiciones más propicias que pudimos tener jamás, después de la Revolución Liberal, para llevar adelante un proyecto transformador profundo. Inusitadamente, curas y comunistas, conservadores y liberales convergieron en torno a un solo derrotero: la caída del régimen de Carlos Alberto Arroyo del Río.

Fue una oportunidad única en la Historia, que resultaría desaprovechada para dar paso al protagonismo de una apabullante figura: la del Gran Ausente, José María Velasco Ibarra. Juzgar la marcha de los acontecimientos de aquellos días no es tan simple. Era una época en la que el Ecuador aún no se recuperaba de una herida casi mortal, la del desmembramiento territorial acaecido tras la invasión peruana de 1941, cuyas causas el pueblo terminó por atribuir a su presidente. Era una época en la que todavía se hacía esfuerzos por desarrollar proyectos políticos, culturales, que pudiesen dar sentido claro al objetivo de formar la nación ecuatoriana. Ecuador era un país, es cierto, pero carecía de una unidad concreta, firme. Carecía de una definición propia como nación.

A pesar de que las corrientes en boga quisieran que el polvo del olvido se acumule sobre ciertos nombres inocultables, no puede negarse la enorme influencia ejercida por las figuras de izquierda de entonces: Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert, Pedro Saad, Ricardo Paredes, Nela Martínez, etc.

La patria de Benjamín Carrión no tuvo una revolución socialista, no conoció de comités centrales, secretarios generales ni camaradas enredados en la burocracia en que el socialismo devino en otros países. Mas, muchos de sus líderes, durante una buena parte de este siglo, fueron hombres de izquierda, forjados en otro tiempo, bajo otras premisas, valores y circunstancias. Sin su presencia, aún tendríamos un país anquilosado en estadios feudales y en relaciones de producción casi esclavistas.

La Gloriosa significó ese fracaso recurrente que pareció definir al Ecuador del siglo XX, que fue también consecuencia de la Hoguera Bárbara, entre el permanecer atado al anacronismo o subir al siempre en marcha carro de la Historia. Nos demostró también que aunque las masas, intuyendo el hedor escatológico del uso y abuso del poder empujan a la transformación, por tanto tiempo resultaron arrebatadas de su esperanzado resurgir por la verborrea infame de unos cuantos astutos.

Durante el siglo XX fueron varios los intentos por lograr cambios radicales en el país, pero carecieron sobre todo de un ingrediente fundamental: el apoyo del pueblo, de ese pueblo por el que juraban y se desgarraban las vestiduras afirmando que pretendían reivindicar y defender.

El cambio que Alfaro lideró tenía como motor la realidad de opresión, retraso, explotación e ignorancia en que estaba sumida la población ecuatoriana. Esas grandes mayorías comenzaron a emerger hacia la luz, después de siglos de oscuridad. La proclamación de la República no significó, en la práctica, un cambio de la situación en que vivían los miles de oprimidos habitantes de las diferentes regiones del país. Por el contrario, continuó la explotación inmisericorde de los indígenas y campesinos, de los proletarios, de la clase trabajadora, y la segregación racial y social era el resultado evidente de más de tres siglos de colonialismo.

Don Eloy

Sesenta y cinco años contaba apenas la República cuando se vio sacudida por la contundencia de una transformación profunda y radical. Ese Ecuador caótico y oscurantista que pocas décadas atrás había sido fundado como un estado teocrático, entregado a curas y monjas, a la Iglesia, así como a los caprichos e intereses de las clases privilegiadas, y todo ello en nombre de Dios, en el breve lapso que medió entre 1895 y el crimen de El Ejido vio con espanto pero también con esperanza, la separación entre la Iglesia y el Estado, que dio paso a la necesidad de construir en el país una institucionalidad nueva y diferente.

Fue a partir de ese momento que se le dio un giro total a la educación, hasta entonces en manos de la Iglesia, desde la óptica del laicismo y la gratuidad, sin privilegios ni discriminaciones, una educación pública y para todos,o por lo menos eran esas la aspiración y las intenciones; y se formó a los maestros normalistas, que representaron un cambio sustancial en la educación de calidad, para tantas generaciones de ecuatorianos.

Si el Ecuador de esta primera mitad del siglo XXI ha cambiado en gran parte de sus prejuicios y prácticas discriminatorias heredadas de la Colonia, es gracias a la obra de la Revolución Liberal. Alfaro fue quien propició las condiciones para que las mujeres ejerzan sus derechos públicos y políticos, entre ellos el derecho a la educación, y, sobre todo, a desempeñar su rol histórico en la formación de la sociedad ecuatoriana, en la toma de decisiones de los destinos de la sociedad. Fue también el punto de partida para el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y campesinos, hasta entonces condenados a permanecer como ecuatorianos de tercera, sin siquiera aspirar a ser considerados ciudadanos.

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Todo un pueblo, constituido por mujeres y hombres sencillos, mestizos, afro-ecuatorianos, indígenas, campesinos, empleados y obreros, aguarda por que el vil asesinato y los acontecimientos inmediatos que culminaron en la hoguera bárbara, no queden en la impunidad a pesar del tiempo transcurrido.

Aunque para muchos resulte odiosa o pretenciosa la comparación entre dos épocas distintas, separadas en el tiempo por más de un siglo de trajinar del pueblo ecuatoriano, lo cierto es que muchas circunstancias se repiten. Las clases poderosas siguen instigando, a través de todas las formas posibles, en contra de las transformaciones que impulsa y lidera el presidente Rafael Correa, líder inédito en los anales de la historia política nacional. Y lo hacen, precisamente, a través del poder que ha representado siempre la prensa, que han representado y tienen, en la práctica, los medios de comunicación, es decir, sus propietarios.

Hoy, como entonces, la plutocracia es una amalgama amorfa de banqueros, religiosos fundamentalistas, políticos desubicados, industriales y dueños de medios, que casi siempre son los mismos, férreamente unidos en pos de la negación. Niegan todo lo que se está construyendo y reconstruyendo en la nación; niegan los aciertos, las transformaciones, las conquistas sociales, la participación ciudadana. Y además de negar, mentir y calumniar usando el poder de los medios, instigan a la sedición, a la rebelión, al magnicidio. La única diferencia es que no pueden luchar, pese a tanta maledicencia, contra el apoyo popular expresado por millones de ecuatorianos llenos de esperanza, y eso, mientras dure, es lo que le sostiene, lo único que le sostendrá.

Hace tres años, en enero de 2012, el pueblo ecuatoriano recordaba, evocaba, rememoraba, recorriendo las calles por donde se condujo a su líder. La celda número 13 del ex penal García Moreno, donde estuvo encerrado aguardando por la ignominia, se volvió casi un lugar de peregrinación, y desde allí se dirigieron cientos de personas, siguiendo el mismo recorrido que un siglo atrás tuvieron, arrastrados, los cuerpos de Eloy Alfaro y sus más leales colaboradores, que dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva del pueblo ecuatoriano, hasta desembocar en El Ejido, en la hoguera vergonzante, símbolo de un crimen provocado por el odio y la irracionalidad, que por siempre quedó en la conciencia de América.

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El despertar del pueblo ecuatoriano, por tantas décadas aletargado en el olvido, en la demagogia de tantos gobernantes de turno, y en la manipulación de sus mentes y conciencias a través de los medios de información, conlleva, necesariamente, la recuperación del legado de un hombre visionario y revolucionario como Eloy Alfaro, a partir de la conciencia política, a partir del conocimiento del pasado, a partir de la reflexión.

Las grandes mayorías siguen viendo al «mejor ecuatoriano de todos los tiempos» como al gestor de uno de los acontecimientos históricos de mayor repercusión en la vida del país. Saben que si no hubiese sido por el crimen de El Ejido, consecuencia directa de esa campaña de difamación y calumnia, de odio y venganza, emprendida por los enemigos de la Revolución, con la prensa como estandarte más visible, la gran obra liberal habría profundizado aún más los cambios que la Nación aguardaba y requería.

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El proyecto alfarista quedó inacabado, inconcluso tras la tragedia y el orden de cosas, o más bien el desorden que siguió, y que prácticamente se perpetuaría por más de noventa años. Era necesario que esa interrupción, adaptada a los cambios de era, al paso del tiempo, fuera subsanada enarbolando la bandera de la dignidad de los pueblos, la antorcha de la libertad, la justicia, la igualdad y la solidaridad; el estandarte de la soberanía, la autonomía y la independencia; el puño en alto contra el abuso y la prepotencia.

Un país que progresa en todos los órdenes, que ve mejorar radicalmente su infraestructura, sus vías de comunicación, sus sistemas de transporte; que ve a la justicia social y la participación ciudadana convertirse en realidades para los millones de seres por tanto tiempo proscritos y discriminados, es un país que continúa así la gran obra de Eloy Alfaro, que recupera su memoria, que redime su enorme legado social.

Hoy se habla de la recuperación del derecho a la esperanza, el respeto y la dignidad; de la necesidad de reescribir la historia patria, pero ya no desde la óptica de los poderosos que se perpetuaron a través de las décadas y los siglos, sino desde la visión de quienes han sido sus auténticos protagonistas: los ciudadanos hombres y mujeres que la construyen día tras día.