El Ensayo como vínculo entre Periodismo y Literatura

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No suele considerarse a las notas informativas que aparecen en los diarios para las antologías periodísticas. No, al menos, aquellas con las cuales se informa de un hecho al lector. Por lo general, la práctica común ha sido, a la hora de editar una antología de este tipo, seleccionar los artículos de opinión que tal o cual autor publicó en las páginas de un diario, revista o periódico.

Desde luego, no todo artículo de opinión puede considerarse un ensayo o microensayo, ni todo ensayo puede ser catalogado como pieza literaria. Los criterios con los que se juzga aquello los proporcionan los académicos y críticos, pero es casi siempre el gran público el que determina si un escrito se salva del olvido.

Tampoco se recurre a argumentaciones como la calidad para ese proceso, pues a menudo son otros elementos los que intervienen. Así, en el caso que a continuación expongo, han sido la nostalgia, la emotividad, la vergüenza general que encuentra alivio y pronta disculpa cuando el sentimiento es de muchos, la curiosidad y la aceptación de un momento de ingenuidad colectiva, las consideraciones dominantes.

Un texto que jamás tuvo pretensiones literarias, pero que está lleno de jocosidad, ironía y mofa, ha transitado un buen trecho ya por los caminos que conducen a considerarlo un clásico del periodismo de opinión de factura morlaca. Dudo mucho que nuestro querido, admirado y recordado Edmundo Maldonado El Loco, hubiese coincidido en clasificar a La Noche de los Giles como el mejor de sus artículos de Pedro Páramo o Mauricio Babilonia, dos de sus más memorables seudónimos, pero el texto es todo un referente no solo de un capítulo de la historia local del que muchos preferirían no acordarse,  sino también del periodismo cuencano.

En la actualidad, parece haber un divorcio mayúsculo entre el mundo del periodismo y el de la literatura, por lo menos entre sus cultores. Los escritores suelen ver con desdén a los periodistas y sus escritos, y sabido es que los periodistas, o comunicadores como hoy prefieren llamarse, imbuidos de una profunda vanidad ven también por encima del hombro a los escritores, salvo que estos se llamen García Márquez, Vargas Llosa, Abdón Ubidia, Javier Vásconez, Jorge Dávila o Eliécer Cárdenas.

Tiempo hubo en que escritor y periodista eran el mismo individuo, porque el periódico era, como hemos dicho, la mejor y más rápida manera de llegar al lector. La dicotomía actual se fue cocinando en las escuelas de comunicación, cuando la sociedad exigió periodistas a tiempo completo, que se ocupen de informar, y que en lo posible se eximieran de emitir opinión, criterio o comentario alguno, según era la corriente imperante. Para eso existían y continúan existiendo las páginas de opinión, en las que comparten columnas, codo a codo, periodistas, escritores y opinadores de las más diversas profesiones y procedencias.

Sobra decir que la calidad de la página editorial tiene, en consecuencia, desniveles abisales, como fácilmente puede constatarlo cualquier lector común de periódicos, al revisar los espacios de opinión de la prensa local.

Esa disparidad es un fenómeno que delata más bien cierto provincianismo en el manejo que de sus medios hacen los propietarios. Ellos deciden qué y quién publica en sus páginas, pues bien sabido es, entre los articulistas de opinión cuencanos, que aún se censura los artículos que por algún motivo no concuerdan con los principios del medio, es decir la ideología y los intereses de sus dueños. En otras palabras, no importa si tal persona escribe con la mínima decencia y dominio del idioma que debe tener para que sus textos merezcan publicarse, y ser presentados ante los lectores. Lo que importa es que diga las cosas medianamente bien, y, a menudo, que de esa manera se conserva la amistad entre articulista y propietario.

En 1828, poco antes de comenzar la era republicana, el periodismo arranca tardíamente en Cuenca, pero con fuerza y como una epidemia, con la llegada de la primera imprenta y la publicación de El Eco del Asuay por parte de Fray Vicente Solano. Como si hubiera que descontar el tiempo perdido por la tardía llegada de la imprenta, asumen una actitud periodística de inusitadas proporciones en relación con el tamaño de la urbe. Toda organización, liceo, academia y cofradía establece entre sus actividades prioritarias la construcción de un mausoleo y la publicación de un periódico, rememoraba Claudio Malo hace tres décadas en su ya célebre Antología de La Escoba.

Gran parte del siglo XIX cuencano, a nivel periodístico, estuvo signado por la presencia de Solano y su obra. El cura morlaco, dueño de una aguda inteligencia y una erudición envidiable, que no dudaba en utilizar como armas en sus frecuentes polémicas, disparaba dardos poderosos y auténticos proyectiles en que se convertían los epítetos e insultos que publicaba.

Tiempo después, en la época de transición entre los dos siglos, será Manuel J. Calle la nueva figura del periodismo azuayo, que se caracterizó en aquella época por haber sido combativo y polémico, como lo exigían las circunstancias políticas y sociales por las que el Ecuador atravesaba. No menos duro que el religioso a la hora de insultar también a sus enemigos. Así, tan preponderante e influyente parece haber sido la presencia de este escritor y su “periodismo de epítetos”, como lo calificara el historiador y catedrático cuencano Gabriel Cevallos García, que incluso reparó en la responsabilidad de sus escritos como leña que alimentó la hoguera bárbara en que perecieron los Alfaro: “Su pluma no estuvo al servicio de nadie, pero como periodista, quizá sin pensarlo o quererlo, estuvo aliado contra Alfaro con sus propios enemigos: el clero y el partido conservador”, dirá Cevallos. Para Elías Muñoz Vicuña, fue Calle quien creó el periodismo moderno en el Ecuador, y le dio sus características democráticas y combativas.

Antes de que la información desnuda comenzase a ganar espacio en las páginas de las distintas publicaciones, eran los artículos de opinión los que determinaban la calidad del periodista. Según ha señalado el maestro y vate Efraín Jara, antes que tierra de poetas Cuenca lo ha sido de periodistas. Junto con la proliferación de periódicos, diarios, libelos y panfletos de diversa índole, creados por cualquier motivo, se reprodujeron también los cultores de la profesión: hombres de letras, es decir escritores; artistas, abogados, obreros, maestros, estudiantes y diletantes de una gran cantidad de ocupaciones, escribientes que firmaban sus columnas fijas o eventuales con algún seudónimo.

Con las transformaciones urbanas y la llegada de avances tecnológicos como la radio y la televisión, Cuenca acrecienta su necesidad de información, y lentamente, casi sin ser advertida, verá disminuir la presencia de escritores en los periódicos. Ante las nuevas demandas de información, el acelerado crecimiento de la urbe y la exigente competencia de los medios nacionales, el periodista cuencano empieza a profesionalizarse y a formarse académicamente.

Las figuras vocacionales, aquellas que le dieran renombre nacional al periodismo local, pasan a formar parte del pasado, de una época superada. El nuevo periodista no es ya sinónimo de articulista, sino que va siendo identificado como el reportero de grabadora en mano, muchas veces anónimo para los lectores, o como el presentador de noticias por televisión.

Si establecemos una comparación con las épocas en que nombres como Fray Vicente Solano, Manuel J. Calle, Federico Proaño, José Peralta, Terán Zenteno, Saúl Tiberio Mora, Miguel Merchán Ochoa, Rubén Astudillo, César Andrade y Cordero, el mismo Edmundo Maldonado y tantos otros revistieran de gloria al periodismo de opinión cuencano, puede aseverarse que las últimas décadas han sido, salvo contadas excepciones, de crisis en ese género.

Desde una visión muy personal, este antiguo admirador de las crónicas y artículos del español Mariano José de Larra, del mexicano Marco Almazán y del guayaquileño Xavier Benedetti, si tuviese que salvar nombres para una antología del periodismo de opinión cuencano en este nuevo milenio, con una enorme dosis de subjetividad y arbitrariedad seleccionaría los microensayos de José Serrano González. Desde luego, esa es solo mi opinión.

En esencia, creo que la posteridad guardará páginas gloriosas del periodismo local, pero gran parte de aquel material serán los artículos y ensayos de algunas de las plumas mencionadas. El periodismo informativo no se salvará del paso del tiempo y su destrucción, salvo en casos memorables de crónicas y reportajes de periodistas formados bajo corrientes como el Nuevo Periodismo Iberoamericano, caracterizado por otra forma de abordar la información y narrarla. En este sentido ha sido un buen aporte el trabajo presentado por diferentes periodistas de Diario El Tiempo, sobre todo en la última década, pero sería necesario que esos trabajos se rescaten en alguna antología.

El artículo como ensayo

Escribir fue siempre un acto de desafío y rebeldía, de inconformidad con lo estatuido, con lo establecido; escribir, más allá de aquella etapa en la que todo adolescente suele hacerlo, movido por el anhelo de convertirse en poeta, escritor o periodista, con la reiteración dada por el ejercicio y la práctica deviene una suerte de puerta de ingreso hacia otra dimensión, hacia otra realidad, hacia universos poblados por demonios de todo tipo, reales o inventados, pero siempre alterados por la percepción y el tratamiento personal de quien ejerce la escritura.

Escribir, ya desde los años en que los adolescentes facturan versos de una manera tan prolífica que todo parece traducido al lenguaje peculiar del poema, o por lo menos de la versificación, hoy como entonces sigue siendo una catarsis por la que optan muy pocos al final. Es una suerte de competencia atlética en la que, con cada nueva generación, se inician miles, y a cuya meta suele llegar una ínfima cantidad de aquellos o aquellas.

Una minoría de seres extraños, hombres y mujeres, por lo general idealistas, soñadores, atraídos por expresiones humanas que resultan de profundo aburrimiento para el común de los jóvenes de siempre, se va definiendo y resaltando entre los demás, aunque en ocasiones también parezca irse aislando.

En momentos como los actuales, signados por la paradoja surgida de una sobreabundancia de información y una galopante ignorancia colectiva, sobre todo en los jóvenes, ese ejercicio solitario es reivindicación de inconformidad. El libro, la revista, el diario, como extensiones del pensamiento, según dijera ese gran argentino universal que fue y continuará siendo por los siglos Jorge Luis Borges [cima y paradigma del escritor que nuestra generación X aprendió a leer y reverenciar en la adolescencia, agridulcemente a raíz de su deceso], deben mantener esa condición de vehículos de la palabra y las ideas humanas, deben servir de medios de difusión de aquellas ideas entre todas las culturas, pues solo así podremos avanzar en este viaje cósmico sin perder el rumbo, sin extraviarnos ni quedar sepultados bajo la avalancha incontenible de la información y las imágenes.

Bibliófagos, devoradores insaciables de libros de poesía, relatos y novelas, aquellos seres suelen avanzar por la vida como abstraídos de ella, como si fuera lo más simple saltar los portones que flanquean el paso entre el mundo de la realidad, más sorprendente que la ficción, según reza el lugar común, y los mundos otros inventados, soñados, mejorados o alterados por esa condición de dioses creadores que confiere el uso de la palabra.

De ahí a la elección de cuál será el modus vivendi que defina el rumbo de su vida, y también la calidad de ésta, suele haber un paso pequeño pero decisivo y contundente. Alguno se convertirá en poeta, otro en narrador, o en ambas cosas; y no faltará quien opte por el periodismo, aunque navegar entre las aguas de cada uno de estos océanos puede llegar a ser habitual. Raro es el periodista que no lleva un escritor dentro de sí, y también lo es viceversa, aunque no todo texto publicado en un periódico puede llegar a ser asumido como literatura.

Lo importante es la búsqueda constante del dominio sobre la palabra como medio de expresión, potestad que no es alcanzada por todos ni por muchos, sino por una reducida minoría, pese a que en urbes donde el inconsciente colectivo asume que ver la luz en su suelo implica haber nacido poeta, periodista o escritor, todo mundo pretende y cree que semejantes oficios no solamente los domina sino que, por extensión, resultan demasiado fáciles.

Una de las consecuencias es que aquellas ocupaciones no suelen asumirse como tales en la sociedad, sino, por el contrario, como tareas gratuitas de gente desocupada. A partir de esa óptica, tampoco son ocupaciones o profesiones altamente remuneradas como sí lo son las de médico, abogado o mecánico, para hablar de las más comunes, sin referirnos a otras de innegables réditos de opulencia y poder, como las de banqueros o dueños de medios de información, que por fortuna para la sociedad ecuatoriana hoy están siendo cuestionadas, revisadas y reguladas desde la perspectiva ciudadana.

Antes de contar con ese nuevo medio de información y comunicación que es internet,  entre el libro, la revista y el periódico, solía ser este último uno de los espacios predilectos para la difusión del pensamiento. El ensayo, al saltar de las páginas de los libros a las de los periódicos, encontró un medio más rápido y masivo de llegar a los lectores, aunque en sus orígenes aquella pretensión sólo podría implicar que se llegase a quienes tenían la posibilidad de leer, es decir contarse entre los letrados, que eran también una minoría.

El espacio reducido será, sin embargo, una de sus limitaciones, y por lo tanto definirá también el contenido, el estilo y la extensión de lo que a partir de entonces podría considerarse el ensayo periodístico.

Si pudiera definirse al ensayo con un sinónimo, aquel sería la palabra libertad; si pudiera dársele un solo calificativo, aquel sería el de libre. Eso es, sobre todo, el ensayo: un discurrir del pensamiento en libertad, que el autor adapta a su muy particular modo de expresión, a su muy peculiar cosmovisión, a su interpretación del mundo y cuanto en él acontece.

Mas resulta que de él se han dado tantas definiciones y concepciones, que sería una tarea vana la de darse a unificarlas en una sola. En esencia, ensayo es libertad. Esa condición, no obstante, sobra decir que debe estar respaldada por la rigurosidad con la que se maneje el lenguaje, lo que a su vez definirá las fronteras entre periodismo y literatura, su vigencia o su rápido difuminarse en los anaqueles polvorientos del olvido.

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Escarabajos en la calle Sucre

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Los Escarabajos de Liverpool nunca estuvieron en Cuenca de los Andes. En la época en que sus acordes y melenas conmocionaban hasta la histeria a los jóvenes de gran parte del mundo occidental, la capital azuaya era aún una pequeña urbe perdida en la cordillera andina, repleta de iglesias y calles con nombres de curas por todas partes, y temerosa de que el fantasma que según Marx recorría el mundo desde 1848, apareciera para destruir el cosmos de tradición y marianismo, de enclaustramiento e intolerancia que muchas veces caracterizó el ambiente social reinante.

Tampoco dieron concierto alguno al sur del Río Grande. Que se sepa, España fue el único lugar de habla hispana en el que Los Beatles se presentaron (no cuenta Manila, la capital filipina, porque en ese país el español hace mucho que dejó de hablarse), en Madrid y Barcelona, cuando Franco era la única y la última palabra, y los jóvenes ni siquiera podían usar melena porque corrían el peligro de que algún ciudadano de bien, rezago de la era intolerante en que la Iglesia Católica y la Inquisición regían y atormentaban las vidas de los seres humanos con el pretexto de la fe, los detuviera en la calle para conminarlos, con la aprobación de los transeúntes, a cortarse el cabello.

Pero estuvieron siempre en Cuenca. Por ejemplo, de la mano de personajes como Claudio Malo o Rubén Astudillo, por entonces jóvenes promesas de la investigación, el periodismo y la creación literaria, los cuatro escarabajos comenzaron a pasearse por las calles morlacas llamando la atención de cuanto hijo de vecino se sintiera amenazado por semejante presencia.

Dos parecen haber sido las formas en que se conoció la música de los Escarbajos en Cuenca, de acuerdo con testimonios de personajes que por entonces eran adolescentes a la vez que testigos privilegiados de aquello: René Cardoso, cuyo padre era propietario de un almacén de música, que fue quien por obra y gracia de sus contactos con casas disqueras extranjeras, cometió el acto de magia de hacer aparecer en la capital morlaca el primer disco de Los Beatles, en el año 1965. El escritor Ernesto Arias, con unos pocos años más que Cardoso, corrobora esa remembranza, aunque nadie ha logrado ponerse de acuerdo en torno a de cuál de los discos del cuarteto se trataba. Para entonces pudieron haber sido Help! o cualquiera de los álbumes anteriores como A Hard Day´s Night, Beatles for Sale, Please Please Me, o With the Beatles. Existe, desde luego, la remota posibilidad de que el disco en mención fuese Rubber Soul, que se publicó a comienzos de diciembre de ese año, pero más de media centuria después de aquel acontecimiento, por entonces no percibido como tal, no resulta fácil para sus privilegiados testigos evocarlo con detalle y precisión.

La otra forma puede haber tenido visos de masiva, pues al parecer fue un grupo colombiano de rock, llamado The Speakers, todo un capítulo en la historia del género en el país norteño, el que con sus covers, traducciones y adaptaciones de los temas de Los Beatles y Los Rolling Stones, permitieron a miles, quizá millones, de jóvenes sudamericanos, conocer la música del milagroso boom británico que como un huracán sopló sin misericordia sobre medio planeta y a lo largo de la década de los sesenta del siglo XX.

El pintor que testimonió para la posteridad la caminata en fila india de los cuatro melenudos, en pos de una chola cuencana, era en realidad muy niño cuando se dio aquel acontecimiento, pero se cree que muchos años después a su taller concurrieron serios testigos, llenos de canas ya, que relataron paso a paso aquella visita inesperada e inusitada a la tierra morlaca, jamás recogida sin embargo por ninguno de los biógrafos e historiadores del fenómeno beatle.

Nuestra generación, la de los hijos de los hippies, que desde su aparición en este planeta viene adoleciendo del mal de la envidia generacional, vivía su época pero también  padecía cierto grado de nostalgia: Los Beatles no atravesaron Abbey Road para fotografiarse con el fin de ilustrar la portada de su último disco; en realidad cruzaron la calle Sucre, con rumbo al parque Calderón; la Catedral Nueva al fondo, cada uno de ellos, llevando un banano en la mano, dejado por una chola cuencana que segundos antes pasaba por allí; y, más allá, en la esquina del parque, el escarabajo blanco parqueado, el pichirilo aguardando desde hace cincuenta años a que alguien lo saque de Abbey Road o de la calle Mariscal Sucre.

Al menos así lo vio Julio Álvarez, pintor coetáneo cuencano que supo comprender ese sentimiento, beatlemaniaco él mismo, incapaz de resistirse a la tentación de aparecer también como inmortalizado testigo en la imagen con que representó  la hipotética y utópica visita, aunque segundos más tarde tendría que forzosamente caer, boquiabierto e hipnotizado, y cargando también un enorme racimo de bananos, a la destapada alcantarilla que jamás habría podido ver. Como él, como Julio, cientos, miles de cuencanos han aprendido inglés o se han visto influenciados, marcados por la música beatle, por la contundencia de sus acordes y letras, por la magia de sus mil canciones, por la leyenda, el fenómeno y el mito más grande del siglo XX. Ante su música nadie puede quedar indiferente: o gusta y fascina o simplemente se aborrece. Si hasta los metaleros gustan de ella, aunque en público prefieran repudiarla porque para ellos no hay otra opción en medio de su radicalidad marginal, hoy también con visos de clásica.

De Lennon a Cobain

La fascinación masiva que Los Beatles han ejercido en Cuenca se demostró hace unos años, creo que fue en 2004, cuando bajo la iniciativa de beatlemaniacos como el «flaco» Edgardo Neira se emprendió el ya también legendario Tributo al conjunto británico, bajo el nombre de Get Back y con la famosa foto del último de sus álbumes impresa al revés, como una forma de iniciar el regreso (hoy sabemos que la sesión de fotografía de aquel dia en Abbey Road, incluía capturas del grupo caminando en sentido contrario a la ya legendaria imagen de portada).

Decenas de músicos subieron al escenario del teatro universitario Carlos Cueva Tamariz, y ante cientos de espectadores que rebosaban el lugar interpretaron los más bellos temas de Lennon-McCartney y de Harrison. Poco tiempo atrás, en el año 2000, se habían llevado a cabo actos especiales para evocar la memoria de John Lennon, al conmemorarse el vigésimo aniversario de su asesinato a manos de un desquiciado que aún purga cadena perpetua, cometido el 8 de diciembre de 1980 frente al portal de la casa Dakota, en Nueva York.

Alejado por voluntad propia de los estudios de grabación y los escenarios, más de diez años después de la separación del mítico conjunto, Lennon sorprendió al mundo ese año con el lanzamiento del formidable Double Fantasy, disco cuya portada en blanco y negro mostraba al líder inglés besando al amor de su vida, la japonesa Yoko Ono. Pocas semanas después, los millones de fanáticos desperdigados por el planeta se enteraron conmocionados de la noticia. Nadie lopodía creer. El abanderado de la paz, el luchador por los derechos humanos, el pacifista, había muerto absurdamente a manos de un psicópata ensimismado en su propio cretinismo.

La década recién empezada pudo haber sido el lapso en el que Lennon aportaría con su genialidad recién vuelta a despertar del letargo de los últimos años. Muy probable hubiese sido verlo apoyando causas como Live Africa,cantando quizá We are the world, we are the children (probablemente no, pues para la grabación de este disco  vídeo, si no me falla la memoria, en el año 1984, solo participaron intérpretes gringos, porque se trataba de USA for Africa), o colaborando después con líderes de las nuevas generaciones, como el mismísimo Kurt Cobain. Muchos creen que poco o nada en común puede hallarse entre esos dos iconos del pop mundial. Poco es, al parecer, lo que puede identificar la creatividad musical de Lennon durante y después de Los Beatles, con la del también desaparecido vocalista del hoy ya legendario grupo de rock grunge Nirvana. Pocos son los que reparan, en cambio, en la admiración que éste sentía por Lennon, o en el hecho de que In my life, ese himno existencialista presente en Rubber Soul, el primero de los discos de Los Beatles compuesto y grabado bajo el aroma dulzón del humo del cannabis que pocos meses atrás el también legendario Bob Dylan les había enseñado a fumar, fuera uno de sus temas favoritos: «Existen lugares que recordaré durante toda mi vida, aunque algunos hayan cambiado ya; unos por siempre, para bien o para mal, algunos han desaparecido y otros quedan aún».

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 Esa fascinación innegable por Lennon y Los Beatles que persiste en tantos cuencanos deberá alguna vez canalizarse en un homenaje más perenne. En La Habana se lo hizo en el año 2000, al inaugurar el propio Fidel, acompañado por Silvio Rodríguez, el monumento en el que aparece Lennon sentado en una banca. Fidel Castro logró comprender, treinta años después de la separación dolorosa del cuarteto inglés, la magnitud de su contribución socio-musical a la humanidad. Y lo destacable es que lo comprendió después de que Los Beatles estuvieron proscritos de las emisoras oficiales por lo menos hasta los ochentas, prohibidos por la Revolución debido al hecho de que sus temas estaban grabados en inglés, el idioma del enemigo ideológico y político situado a ciento cincuenta kilómetros de la capital cubana. Hace un tiempo se supo, además, que el Papa alemán había perdonado a Lennon por sus declaraciones de medio siglo atrás en contra del cristianismo.

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Juan Pablo Merchán: La Fotografía como Devoción

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Cuentan que un aprendiz de fotógrafo que vivía en Nueva York, cuyo jefe estaba a punto de fotografiar nada menos que al “Rey Pelé” para la campaña de una importante firma internacional de relojes, no encontró mejor manera de convencer a sus jefes gringos que mentirles diciendo que podía servirles de intérprete. Cuando comenzó la sesión fotográfica, decidió que lo mejor que podía hacer para sonar portugués era culminar cada una de sus palabras con el sufijo “ao”, algo que al más grande futbolista latinoamericano de todos los tiempos le llamó la atención: “Pero tú no hablas portugués”, le dijo el astro de la pelota. “No, pero no se lo digas a estos gringos, que ellos están creyendo que sí”.

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Así fue como ese joven asistente de un famoso fotógrafo norteamericano logró conocer, a través de su temeraria audacia, a una de las figuras más populares del siglo XX. Años después, en su natal Ecuador, este cuencano se convertirá en uno de los fotógrafos publicitarios más cotizados y de mayor prestigio de su país, y su solo nombre se volverá sinónimo de alta calidad: Juan Pablo Merchán.

En su amplio, cómodo y funcional estudio me recibe con afecto y amistad, sintiendo la remota certeza de que ya nos conocíamos. Hacia el año 1998, cuando su entrevistador tenía la responsabilidad de editar el libro “Cuenca de los Andes”, Juan Pablo fue uno de los cinco fotógrafos cuencanos invitados y contratados para ilustrar esa publicación que el alcalde Fernando Cordero llevaría ante la Unesco para defender la candidatura del Centro Histórico de Cuenca a Patrimonio Cultural de la Humanidad. Desde las paredes me sonríen algunas de las reinas de Cuenca de los últimos años, cuyos rostros han sido fotografiados por este mago del lente que se resiste a ser considerado un artista.

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La conversación, amena e interesante, fluye desde sus inicios en el mundo de la imagen hasta anécdotas como la precedente. En Ecuador ha fotografiado a gran cantidad de personajes destacados de diferentes ámbitos, como al poeta cuencano Rubén Astudillo, o como al político Jaime Nebot Velasco (padre del actual Alcalde de Guayaquil), a quien empezó a fotografiar en su casa a las 10 de la mañana y salió en la última borrachera a las 3 de la tarde; o al franco-ecuatoriano Bernard Fougères, a quien recuerda haber fotografiado posando con una tarántula en su mano, mientras él disparaba la cámara a diez centímetros de la araña, “muerto de miedo”.

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RAO: ¿Cómo comenzó tu atracción y luego devoción por la fotografía?

JPM: Mi atracción por la fotografía viene de cuando yo tenía unos 14 o 15 años. Siempre me había gustado. Veía libros y revistas, y lo curioso es que nunca tuve una cámara en mis manos. Vengo de una familia de fotógrafos, por Corral, y aunque siempre veía a mis tíos, a mis parientes, con cámaras de fotos, nunca tuve una en mis manos hasta el año anterior a mi viaje a Estados Unidos. Me prestaron una cámara y empecé a jugar en el campo haciendo fotos, viendo ángulos, y eso me encantó. Cuando fui a Nueva York, después de graduarme en el colegio, mi idea no era estudiar fotografía. Quería estudiar dirección de cine pero era costosísimo, y papá en esa época no me podía pagar los estudios. Solicité una beca pero desgraciadamente no se me cubría un monto satisfactorio. Yo tenía que cubrir la mayoría del dinero y era demasiado caro. Entonces me fui por la fotografía. Estudié dos años y medio en una universidad que se llama School of Visual Arts, específicamente fotografía publicitaria. Luego de que me gradué empecé a buscar trabajo como asistente de fotografía, que es por donde empiezas. En ese tiempo yo trabajaba de mensajero en bicicleta. Te estoy hablando del año 1988. Todavía no estaba de moda el fax. Yo entregaba documentos, y en cada estudio fotográfico que entraba dejaba mi currículo.

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-Pero ya habías hecho algunos trabajos fotográficos personales, digamos que a nivel de aficionado…

-Sí, tenía mi portafolio de universidad, con fotos de productos y fotos artísticas, y con eso me iba moviendo también. Dejaba mi currículo en cada lugar, hasta que me llamaron de un estudio que me ofreció un trabajo por 100 dólares a la semana. Era una época en la que no tenía para vivir. Sin embargo era mi única oportunidad de entrar en ese mundo, a través de un estudio gigantesco de mega producciones, que tenía cuentas de firmas como Volvo. Debía tener dos trabajos: de 4 a 8 y media de la mañana trabajaba manejando un camión del correo, y desde las 9 de la mañana hasta la hora que fuera, en el estudio como asistente. Muchas veces laboraba hasta las 12 de la noche o 1 de la mañana, y me quedaba a dormir en el estudio para al día siguiente salir al trabajo.

-¿Entonces comenzaste como asistente de fotógrafo?

-No precisamente. El nivel de fotografía en Nueva York es completamente diferente, y yo tuve que empezar barriendo el estudio como tercer asistente. Ni siquiera me dejaban tocar una cámara o una luz. Y poco a poco fui subiendo hasta que fui el primer asistente del fotógrafo.

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-¿Y quién era este fotógrafo?

-Él se llamaba Jerry Freedman, que era uno de los principales fotógrafos publicitarios de los ochentas. Y fue así como comencé en el mundo de la fotografía comercial. A veces me quedaba en las noches haciendo trabajos para mi portafolios, o en los fines de semana en que ellos me daban la posibilidad de usar el estudio.

-¿Cuándo decides regresar al Ecuador?

-Mis planes no era regresar al Ecuador todavía. Estuve un año en la Marina y tuve que regresarme porque justo empezó la Guerra del Golfo. Comenzaron a llegarles cartas a todos mis amigos para que se presenten como reservistas.

-Pero nunca te llegó la carta a ti…

-No, nunca me llegó. En un mes armé el viaje de regreso. Llegué un viernes y tuve mi primer trabajo el día martes siguiente, que fue un trabajo para Artesa. Mis planes tampoco consistían en regresar a Cuenca sino quedarme en Quito. Por entonces Cuenca no me ofrecía mucho como para quedarme aquí a vivir de eso. Y yo tenía ya reservados un departamento y un lugar para estudio en Quito. Regresaba eventualmente a Cuenca y siempre había algún trabajo que iba alargando mi ida a Quito, hasta que finalmente decidí quedarme.

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-¿Tu especialidad es lo publicitario, no lo artístico?

-Completamente. Yo no me considero un artista pero sí creo que necesitas un alto nivel de creatividad para la fotografía publicitaria. Mi trabajo es tomar un producto y hacer que se vea bien, para que la gente pueda ver eso y comprarlo.

-Pero muchas veces puede decirse que tienes logros que se consideran artísticos…

-Yo más bien diría que creativos. En ciertos trabajos tienes un alto nivel de creatividad. Pero muchas veces confunden que todo fotógrafo es artista, y yo estoy en contra de eso. No me considero un artista sino un creativo.

-¿Cuáles son, según tu apreciación, las fronteras entre uno y otro, entre lo artístico y lo creativo?

-Lo artístico no siempre es bonito. En cambio, creo que en la fotografía publicitaria tu meta es hacer que un producto o una campaña se vean vendibles. Entonces mi meta es hacer que tal o cual producto se vean bien, muchas veces maquillando el producto pero no al punto en que sea una mentira.

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-¿Cómo comienzas a trabajar con modelos?

-Mi fuerte ha sido la fotografía de productos, pero tú no puedes en el Ecuador especializarte en tal o cual rama; lo que sí pasa en países desarrollados. Allá tienes fotógrafos que se especializan en comida, en autos, en moda. Pero aquí en el país tienes que hacer de todo. Ambos tipos de fotografía están de algún modo ligados. En el trabajo con modelos, la experiencia me ha ido enseñando que tú tienes que estar al mando sin intimidar a la persona que esté posando para ti. Y así se han dado las cosas, y creo que hemos tenido buenos resultados porque hay trabajos que en vedad han salido bien.

-Alguna vez escuché decir que para una buena fotografía exterior se debía recurrir a tal o cual fotógrafo, pero para una de interiores a Juan Pablo Merchán. ¿Qué opinas de esa idea generalizada?

-Sí, es verdad. Estamos hablando de que yo siempre me he especializado en fotografía de estudio, y en fotografía en la que tú puedas manejar luz artificial. Cuando he tenido llamadas por trabajos en las que me dicen que necesitamos fotografiar la ciudad o paisajes del país, les digo, encantado, lo hago pero ese no es mi fuerte. Y muchas veces he aconsejado a quién recurrir. En verdad no soy una persona paciente, y para la fotografía paisajista necesitas cualquier cantidad de paciencia. Aunque sí soy un conocedor de la luz, de cuál es un buen momento para fotografiar, de los colores.

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-Háblame de tus trabajos con las Reinas de Cuenca.

-Cada año han venido y creo que cada vez están saliendo mejor. Me encanta hacer ese trabajo porque conoces a la gente. Son personas que no tienen experiencia y esto es como nuevo para ellas. Es chévere.

-¿Prefieres fotografiar rostros o cuerpos?

-Yo creo que en rostros me desenvuelvo mejor. Por medio de la iluminación y después de hacer un estudio del rostro a la persona, trato de sacer lo mejor que ella tiene. Tú con la iluminación puedes hacer maravillas. Si ves que alguien tiene una cara demasiado ancha le pones cierta sombra, usas diferentes tipos de lente. Es súper interesante.

-¿Qué haces en los casos de chicas bellas que sin embargo no entran en el famoso concepto de lo fotogénico?

-Me ha tocado fotografiar a personas así. Justamente hace poco hice un trabajo para la revista Belleza y Glamour, de Las Fragancias. Trajeron a una chica que es muy guapa, pero cero fotogenia. Hay modelos profesionales que tú ves en la vida real y son bonitas pero nada espectaculares. Se paran frente a la cámara y es increíble el resultado. Si bien el lente de la cámara trata de asemejarse al ojo humano, creo que los parámetros de visión y profundidad no son los mismos. Hay rostros que en cámara se ven espectaculares y en vivo no son así; y al revés, que en vivo se ven espectaculares y se paran frente a la cámara pero no funcionan. En esos casos a mí me ha tocado sufrir porque está involucrado mucho dinero, maquilladores, tiempo y plazos. Lo que tienes que hacer ahí es disparar y disparar sabiendo que lo que tendrás será alrededor de cinco fotos que te van a servir. Por lo contrario, hay casos de personas que se ponen al frente de la cámara y en media hora está listo el trabajo. Tú sigues disparando pero sabes que a lo mejor en la cuarta o quinta toma ya tienes la foto, porque eso se siente.

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-¿Has hecho desnudos?

-Sí, he hecho algunos desnudos, por afición, por el estudio de la luz sobre el cuerpo humano.

-¿Los has expuesto?

-No, no me interesa eso. Creo que exponer un trabajo te crea una responsabilidad con el público que yo no quiero tener. Son trabajos para mí porque, vuelvo a decirlo, no me creo un artista.

-¿Cómo se cotiza un fotógrafo de tu calidad y prestigio a nivel del país?

-En este momento hay la vieja camada de fotógrafos, con la mayoría de los cuales mantengo amistad. Tenemos bases de precios más o menos en común. Te estoy hablando de gente como Paul Magraff, Ramiro Jarrín, Xavier Cuesta, Gustavo Landívar. Ahora, con la fotografía digital hay muchos trabajos para los que se prescinde del fotógrafo profesional. Son cosas sencillas sobre fondo blanco que muchos de los diseñadores están haciendo. Con los fotógrafos de la vieja camada tenemos respeto en lo concerniente a precios. Muchas veces nos llamamos para que alguien nos cubra tal o cual trabajo. Pero hay una nueva camada de jóvenes fotógrafos que normalmente no tienen un estudio ni cuentas por pagar, y entonces regalan el trabajo. Hay algunos de ellos buenos, otros no tanto.

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-¿Pero significan competencia?

-Sí significan competencia, aunque yo creo que la competencia es buena porque siempre te ayuda a esforzarte más y tener mejores resultados. Creo que un punto a favor nuestro es tener un estudio grande donde el cliente ya ha depositado su confianza. Tengo clientes que me dicen, Juan Pablo te estamos mandando el producto, necesitamos estoy y lo otro, vía correo electrónico inclusive, y a los tres días pueden retirar el producto y está ya listo el trabajo. Es un estudio grande donde hacemos fotografías de autos, de salas y baños, etc.

-¿Perdiste clientes en el cambio de fotografía convencional a la digital?

-En el cambio de la fotografía convencional a la digital, el primer año sentí que entre los clientes hubo esa idea de que la cámara hacía la fotografía y no el fotógrafo. Ciertas cosas perdí, porque fue un balance. A mí me gusta estar siempre en la vanguardia de la tecnología. Creo que en el país fui uno de los primeros que se digitalizaron. Fue una inversión altísima en ese tiempo, porque una cosa es fotografía digital y otra es equipo digital para la impresión de un catálogo. Sí hubo cosas que perdí, por ejemplo productos sobre fondo blanco, pero por otro lado para mí fue mucho más fácil trabajar con lo digital porque iba seguro. Tú ves los resultados de inmediato y estás seguro de que tu trabajo va a estar bien hecho. Por otro lado, si bien gastas en equipo digital que en un año tienes que cambiar, te ahorras la película. Yo me alimentaba de film porque en un solo trabajo gastaba hasta veinte rollos.

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-¿Ya no usas para nada la fotografía convencional?

-El noventa por ciento de los trabajos los hago con tecnología digital, pero hay un diez por ciento todavía de clientes puristas que prefieren hacerlo con película. Yo estoy consciente de que la calidad del film sigue siendo mejor que lo digital, pero vamos a calidad resultado. Sobre el resultado de una fotografía digital creo que tú tienes mucho más control que sobre la fotografía convencional, porque pues hacer ciertos retoques, poruqe tienes lo resultados enseguida y sabes qué cambios tienes que hacer. Antes trabajábamos a base de polaroid, y cada polaroid te costaba 2 dólares, con lo cual no podías darte el lujo de gastar diez polaroids en cada trabajo porque estamos hablando de 20 dólares en una foto por la cual cobrabas 60. Lo digital ha sido para mí una gran ayuda.

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-Desde una óptica más bien personal, antes que profesional, ¿prefieres la fotografía convencional o la digital?

-Te voy a poner un ejemplo que va a definir lo que siento al respecto: en la fotografía convencional no había cosa tan excitante como irte al cuarto oscuro cuando empezaba a salir la imagen en el papel. En la fotografía digital, te dura un poquito menos esa sensación, porque tú disparas y el tiempo en que la imagen viaja a través del cable, de la cámara a la computadora, es exactamente igual. Para hace una fotografía primero hago la composición sin iluminación, y luego comienzo a iluminar. El rato que aprietas el gatillo y cuando aparece esa imagen y es justamente lo que buscabas, la tonalidad de la luz, su efecto, creo que siento lo mismo. Me considero un amante de la tecnología. No soy puristas en eso sino que estoy siempre a la vanguardia.

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-Entre tus planes a futuro, ¿has pensado en dejar Cuenca?

-A mí me encanta Cuenca. Me parece que es la ciudad ideal para vivir. Tiene las cosas buenas de una ciudad pequeña y las cosas buenas de una ciudad más grande. Mis planes son quedarme aquí. Me encanta lo que hago. Todas las mañanas me levanto feliz para venir a trabajar. Muchas veces tengo un trabajo y con dos o tres días de anticipación estoy pensando cómo lo voy a hacer. Disfruto completamente. Una de las cosas más excitantes para un fotógrafo es que tienes algo en tu cabeza, la ida de una fotografía que vas a realizar. Ves inclusive el color de la luz con la que vas a iluminar, qué tipo de efecto vas a transmitir a quien va a ver esa fotografía; planificas esa foto, vienes, la haces y te sale exactamente como la tenías en tu cabeza, y eso para mí es el premio más grande.

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-¿Desde cuándo te sucede eso?

-Yo te diría que desde hace unos dos años. Saber exactamente cómo te va a salir una fotografía, saber que te va a salir exactamente igual a lo que tienes en tu cabeza, que es como decir saber lo que quieres y que no sea un producto del casualismo, porque muchas vece te salen fotografías espectaculares pero son casuales. Pensar una fotografía y que te salga exactamente igual a lo que has pensado es increíble, y es algo que solo vas logrando con la experiencia.

Felipe Aguilar: la Educación es un Acto de Amor

Estándar

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A los 20 años de edad todos los que sufrimos la pasión por la lectura, por la literatura, de alguna forma nos creemos sobre todo poetas, y así caminamos por nuestros microcosmos con un pesado paquete de poemas a cuestas, que son en realidad decepciones amorosas de adolescente, amenazando a quien se nos cruce con obligarlo a que los lea. Algo así le ocurrió hace 16 años a Felipe Aguilar Aguilar, profesor de literatura de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca. Obligado a leer esos versos, un día se sentó ante una hoja en blanco y escribió, a mano y con lápiz, la respuesta que el alumno esperaba: “Disculpe, la letra no es mala –decía al final del manuscrito-, es pésima”.

Más de tres lustros después, el antiguo alumno que todavía conserva aquella hoja de papel que de alguna manera modificó su vida, se reencuentra con el maestro, esta vez para dialogar, en una suerte de entrevista que revela muchas facetas de lo que ha sido la capital azuaya durante los últimos cuarenta años. Fanático, a su modo, del fútbol, de su ciudad Cuenca, de la buena literatura; él mismo un periodista a cuya pluma podría calificársela como de alto vuelo, y con un terror que no oculta por el lugar común, he aquí el fruto del diálogo con uno de los personajes e intelectuales más interesantes de la Cuenca contemporánea.

RA: Comencemos hablando de la actividad que ha sido el eje de su vida profesional y de su misma existencia: la docencia.

FA: Yo me eduqué en el antiguo colegio normal Manuel J. Calle, donde desde primer año ya se nos hablaba de ser profesores. Mi vocación surge a partir de la admiración que siempre tuve por mi padre, Víctor Gerardo Aguilar, y por el hecho de que me matriculé en un colegio que formaba profesores de escuela. Él fue rector del colegio Manuel J. Calle durante más de veinte años. Fundamentalmente se dedicó al periodismo y al magisterio. En general, yo diría que mi familia ha sido de profesores y periodistas.

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Es decir que usted fue más bien el único que se decidió directamente por la docencia, aunque con posterioridad hemos constatado cierta actividad periodística…

Los Aguilar Arévalo fueron esencialmente periodistas: Roberto Aguilar Arévalo, Maximiliano, mi padre Víctor Gerardo, y el último, que falleció hace poco, Francisco Eugenio Aguilar. En el caso suyo fue el periodismo casi con exclusividad, que incluso han heredado sus hijos: Juan Pablo Aguilar, que ahora veo que escribe en El Tiempo, y Roberto, muy conocido en el periodismo ecuatoriano. Yo estuve siempre con la idea latente del periodismo, al cual nunca me pude dedicar porque el magisterio me absorbió. Siento que ya me queda poco de esa pasión que tuve por la docencia; con los años se ha atenuado, ha disminuido.

Alguna vez le escuché decir que se convirtió en decepción…

Hay etapas bien frustrantes en el magisterio. Sí, las hay. Uno pierde un poco el ímpetu, y en algunas ocasiones en el proceso de evaluar cree que los culpables son los jóvenes, a quienes siempre les tildamos de falta de responsabilidad, de falta de dedicación, de ausencia de capacidad receptiva, etc. Pero en realidad quizá los grandes culpables somos los docentes, que seguimos inmersos en esa idea del Magister Dixit, de que nosotros somos los poseedores del conocimiento; les pretendemos solo transmitir, y nunca creemos ni nos planteamos la posibilidad de que lo fundamental es que el alumno aprenda a aprender.

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¿Y no es eso un reflejo más bien del sistema educativo?

Sí. En la educación nacional se han hecho muchas marchas, contramarchas, reformas, contrarreformas, seminarios; se ha gastado mucho dinero en discusiones a veces bizantinas y estériles, y nunca ha habido una política educativa. Cada ministro ha venido y ha modificado pequeños detalles, cambiando algo para que todo siga igual. Confío en el Plan Decenal de Educación que ha planteado Raúl Vallejo, ya como política de Estado, de tal manera que haya continuidad, y de tal manera que las nuevas autoridades no vengan y barran lo que ha quedado hecho anteriormente.

¿Tras culminar los estudios en el Normal Manuel J. Calle, en dónde comienza a ejercer la docencia?

En una escuelita cercana a Cuenca, la Hipólito Mora, en la parroquia Checa. Pese a la cercanía, eso me imposibilitaba seguir estudios superiores; por lo tanto comencé a estudiar solamente cuando vine a una escuela municipal de esa época. Las escuelas municipales eran la Julio Matovelle y la Federico Proaño, que tenían un esquema y una metodología muy adelantados para esa época. Tuve que asimilar todos esos procesos para no cometer muchos errores, y creo que me defendí. Pero en el balance final sí debo aceptar que fui un pésimo profesor de escuela. Éste necesita no solamente de paciencia, de eso que llaman mística, de eso que llaman vocación, sino también de una habilidad especial. Educar en escuela es, considero yo, un arte, que no se aprende con muchos visos de pedagogía o con eventos académicos de gran nivel, sino en la práctica. Para aprender a nadar hay que lanzarse al agua, y el profesor de escuela se hace en la docencia, en el contacto con los niños.

¿Y por qué se diferencia del profesor de enseñanza media?

Yo he trabajado en los tres niveles, pero la receptividad y la capacidad de preguntar, inquirir de parte del niño es muy superior a la del adolescente o del joven. Y muchas veces lo que hacemos es una pedagogía de las falsas respuestas, de las respuestas convencionales, de las respuestas políticamente correctas, y no dejamos que el niño vuele, imagine, cree.

¿Cuándo llega la época en la que comienza a dar clase en los colegios?

Curiosamente yo fui primero, de forma simultánea, profesor de escuela y de universidad. Terminé mis estudios en la Universidad en 1970; perdimos un año porque en esa época a Velasco Ibarra se le ocurrió clausurar la Universidad. Al mismo tiempo, el doctor Efraín Jara, decano en esa época, me llamó para ser profesor accidental. En 1976 fui a trabajar al colegio Luis Cordero de Azogues, que por entonces era un colegio Normal. Tiempo después, Claudio Malo, como Ministro de Educación, creó los institutos normales superiores, que yo creo que fue una medida negativa. Los antiguos normales formaban auténticos profesores, jovencitos, a los 18 años. Ya salían con una formación, pensaría que bastante sólida, sobre todo por el hecho de que teníamos prácticas pedagógicas. En quinto y sexto curso nos incorporábamos ya a la docencia. No sé cómo funcionan ahora los institutos normales superiores. Cuando el Ministro creó los institutos, los colegios de este tipo pasaron a ser instituciones regulares, que ya no formaban maestros. Entonces hubo que crear una serie de especialidades sobre la marcha. Fue una medida quizá muy rápida, sin mayor reflexión.

Trabajé tres años en Azogues, y luego vine acá, al colegio Herlinda Toral, desde 1978 hasta 1982 como profesor, y desde 1996 como rector.

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¿Qué le dejó esa experiencia como rector?

Lo negativo, diría, es la falta de contacto con el alumno. El rector está un poco distante, en funciones puramente administrativas. Perdí la costumbre de dictar las clases, que sobre todo en mi caso siempre han sido diálogo permanente con los alumnos. Creo que sí he usado lo que a partir de Paulo Freire dicen que es la gran verdad pedagógica, y creo yo en ella: la pedagogía de las preguntas, más que de las respuestas. Creo, aunque sea un lugar común, una frase hecha, en eso de que la educación es comunicación, es diálogo permanente. En un plano de absoluta horizontalidad, nadie es superior, nadie es inferior, nadie es sabio, nadie es ignorante. La búsqueda del conocimiento a través de una interacción entre profesor y alumnos.

¿Llegó a esa posición a partir de reflexiones teóricas o desde la práctica misma?

En la práctica, y también [puede parecer pueril o insignificante lo que se dice] tengo que confesar: en mí influyó mucho una película, La sociedad de los poetas muertos. Ahí, precisamente, se plantea esto de la educación activa, de la educación de preguntas, de la búsqueda de caminos; no creer que nosotros señalamos definitivamente el camino, y que la educación es una especie de robotización, de domesticación. La ruptura del esquema de la presunta superioridad del profesor. Una educación en libertad, para que el joven sepa ejercer esa libertad.

¿Pero eso rige para los tres niveles?

He tenido muchos profesores. Quien sí se merece, para mí, el nombre de maestro, fue Alfonso Carrasco Vintimilla. Lo conocí cuando era muy jovencito él, y yo también muy joven. Él, culminados sus estudios, ya fue profesor nuestro en la Universidad. La facilidad de comunicar que tenía Alfonso, ese método un poco socrático que tenía para interrogar, para conducir nuestros razonamientos, nuestras ideas, para guiarnos en las lecturas. Yo siempre amé la lectura, pero con Alfonso me apasioné por ella. Él fue quizás el que más haya influido en mi cosmovisión, en mi manera de ver el mundo y de interpretar la existencia.

También tendría que mencionar a alguien que nunca me enseñó inglés, porque era profesor de inglés, pero que sí me enseñó a amar la vida, y gozar a la vida y sufrir a la vida, y a vivir cada noche como si fuera la última, y cada mañana como si fuera la primera: Francisco Estrella Carrión. Una figura inolvidable para los que le conocimos, que lamentablemente nunca dejó huella escrita, nunca escribió textos, a no ser su participación en La Escoba. Pero nunca llegaremos a saber qué es lo que realmente escribió el Paco. Fue una especie de Sócrates cuencano. Nunca fue profesor de aula sino de café; por qué no decir que fue un profesor de cantina, porque él era un dipsómano que bebía mucho; y bebía también con cierta frecuencia con sus alumnos. Él decía: <<No siempre con los mismos porque tengo que ser democrático…>> [ríe]. Pero era un ser singular, distinto, irrepetible. Es difícil encontrar alguien como fue Paco. Con la sabiduría, la cantidad de lecturas; un hombre que a través del humor dejaba reflexiones y pensamientos verdaderamente profundos; el auténtico guía, y eso se supone que es el maestro…

¿Y todas esas anécdotas que se dicen de él, son reales o se han ido distorsionando con el tiempo?

Se han ido distorsionando mucho. A veces incluso no hay concatenación cronológica. Lo que pasa es que a nivel de coloquio, de la conversación diaria, suena bien decir <<el Paco decía esto…>> Es una especie de defensa que hace la persona, para justificar, darle nivel o poner en un plano alto el chiste o la anécdota graciosa. Pocas de las anécdotas que se cuentan del Paco son de él. Mucho se ha agregado con el tiempo. Se ha hecho leyenda.

¿Efraín?

Efraín Jara estaría en la línea del expositor más brillante que yo haya escuchado. No creo que él haya sido un maestro de los tradicionales, sistemático, ordenado, comunicador, transmisor de conocimientos, que pretendía solamente robotizar, domesticarnos. Efraín también nos dejaba mucha apertura, mucha posibilidad de leer, evaluar, comentar y criticar lo que leíamos. Y todos los que hemos sido alumnos de él sabemos que a la vera de él, desde la sombra de él o más bien desde la luz de él, nos hemos forjado los que podríamos decir que somos de la escuela de Efraín. Nadie puede negar, sería absurdo discutir, todo el bien que ha hecho Efraín a través de su magisterio. Yo valoro muchísimo la poesía de Efraín, pero también su capacidad de incentivador de vocación, su magisterio en definitiva. No quiero decir con esto que sea un mal poeta. ¡Es un gran poeta!

¿Cómo llega Felipe a la literatura, en qué momento?

Yo diría que en la niñez; los primeros textos que caían en mis manos yo ya los leía, los devoraba. Había un hermano mayor a mí como once años. Se llamaba Jacobo Aguilar, y era el lector más insigne que he conocido, y he conocido a grandes lectores. No en el sentido de devoradores de libros, que comen mal y digieren peor, sino en el de selectivo y lector con espíritu crítico: saber juzgar, valorar y discernir, en definitiva, lo que es literatura auténtica de lo que es hojarasca, simple adorno, simple relumbrón, simple éxito.

En aquellos remotos años circulaba una revista argentina que se llamaba Leoplán. Era semanal, e incluía en cada edición una novela clásica. Así que en Leoplán yo leí a Verne, a Dumas, a Dickens, a Balzac, a los rusos. Es decir, fuera del colegio yo leía, pero tengo que admitir que en el colegio nadie me enseñó a leer. Las clases de literatura no eran más que vida de los autores. Leíamos uno que otro texto, la cuentística cuencana con Alfonso Cuesta y Cuesta, César Andrade y Cordero, y Arturo Montesinos Malo, pero muy esporádicamente. Ya en sexto curso, era la vida de José Joaquín de Olmedo. Tengo que admitir que escuela y colegio no me enseñaron a leer. Y creo que es un drama que después de un montón de años se sigue repitiendo, aunque los profesores de literatura sí queremos un poco cambiar eso, y comprender que somos profesores de comunicación y de lecturas más que nada. Mi inclinación por la literatura nace ahí, cuando me hago lector. Pero cuando ya definitivamente se despierta la pasión por leer es a través de las cátedras de Efraín y de Alfonso.

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¿De qué manera ese estudio de la literatura en la Universidad le empujó más a la crítica que hacia la creación? Me parece que pudo haber influido, aunque estoy especulando…

No niego que tuve mis escarceos, mis intentos de creación, pero siempre los mantuve escondidos, guardados en algún sitio porque nunca me convencieron. Escribí algunos textos, fundamentalmente relatos, pero después tenía una sensación de insuficiencia, de impotencia, unas ganas inmensas de hacer lo que inmediatamente hacía: romperlos, porque ni siquiera tenía la esperanza de dejarlos reposar para después decantarlos. Nunca me sentí capaz de crear. Entonces opté por convertirme en lo que decía Alfonso: una especie de parásito de la literatura, porque los críticos se nutren de lo que hacen los demás. Pero siempre he tratado de que mis alumnos sean lo que yo creo ser: un buen lector. En definitiva, difícilmente a mí me meten gato por liebre, y por lo tanto difícilmente yo a mis alumnos les voy a recomendar libros de escasa calidad. Yo no creo que haya libros prohibidos. No hay libros prohibidos sino bien escritos o mal escritos.

¿Cuándo comienza a escribir crítica?

En los trabajos de clase que hacíamos con Alfonso y Efraín, que eran actividades calificadas. Pero de eso no creo que haya quedado nada. Entre los primeros textos que se publican está uno para colegio, en el que había un poco de crítica. Estábamos María Rosa Crespo, Joaquín Moreno, Jorge Dávila y yo. Ahora veo que lo utilizan para el programa de sexto curso de los colegios. Se llama Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana. Se trataba de adaptar al lector, pero sí hay algunos apuntes de crítica literaria. Yo desarrollaba las unidades sobre Jorge Icaza, por ejemplo, y el cuento ecuatoriano desde Juan León Mera. Claro que falta ahí actualizar, porque el texto debe ser de hace más de veinte años. Sin embargo, la Librería Nacional Salesiana [LNS] lo sigue haciendo circular.

Imagino que a continuación vendrían trabajos más rigurosos, quizá sistemáticos, como por ejemplo para el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana…

He sido siempre temeroso de la calidad de los estudios que yo pueda hacer de una manera sistemática. De tal manera que, en el Encuentro, del que algunos de los actuales profesores somos iniciadores, desde el año 1978 hasta aquí, una sola vez he presentado ponencia, creo que el estudio sobre el humor en la literatura. Después un poco me escudaba en el hecho de que como era director de la Escuela de Lengua y Literatura, era también un poco coordinador del Encuentro. Nosotros, los creadores del Encuentro, normalmente debimos haber tenido mayor participación. Los que siempre han estado presentando ponencias y trabajando han sido Jorge Dávila y María Augusta Vintimilla. Y, claro, alguien que no es profesor de la Universidad de Cuenca sino de la Universidad del Azuay, muy disciplinado y constante, Oswaldo Encalada Vásquez.

Hay por ahí la creencia de que Felipe Aguilar es un poco perezoso…

Bueno, sí, pero es sobre todo un poco de pereza intelectual. A veces uno, agobiado por otro tipo de actividades, va postergando los compromisos. Me han solicitado ahora que haga un comentario sobre la poesía jocosa de Luis Cordero, hace unos quince días. Yo dije que en ocho días lo entregaría. Pero hasta ahora lo único que he hecho es leer la poesía jocosa de Luis Cordero. A veces es también el vencer el temor a la pantalla en blanco. Sí, sí, asumo que sí podría dedicar un poco más de tiempo para escribir algunos textos…

¿Cómo llega al tema del humor?

Por una casualidad y una broma de Jorge Dávila. Se revisaban los temas para uno de los Encuentros de Literatura. Por alguna circunstancia, Jorge Villavicencio y yo faltamos al Centro Docente. A la semana siguiente ingresamos al Centro y Jorge Dávila comienza a leer los temas que íbamos a trabajar, y dice: “Como Jorge Villavicencio y Felipe Aguilar no estuvieron aquí, ellos que hagan sobre el humor en la literatura”. Fue un decreto… Yo hice la ponencia y Jorge el comentario.

Ahora, yo siempre he valorado el humor. El periodismo que hizo mi padre era muy humorístico y duro; era muy filoso, un hombre muy irónico. Alguna vez incluso eso le llevó a que le den una paliza poco piadosa. Tuvo muchos enemigos precisamente porque el humor lacera, cuando es de calidad. En ese sentido siempre más que creer que la vida sea un valle de lágrimas, creo que es un valle de alegrías, de risas. Es un buen escudo, una buena defensa para las miserias y las estrecheces de la vida cotidiana reírse un poco. La risa conserva la salud, nos mejora muchísimo.

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Pero ahora se considera a Felipe Aguilar como uno de los expertos sobre el humor en la literatura ecuatoriana…

Efraín también. Sus clases que más satisfacían eran las que él anunciaba como asistemáticas: <<Hoy día no les voy a dar clases dentro de los temas>>, decía. Se restregaba la cara, y empezaba la clase. Nosotros le seguíamos sin fiambre, porque significaba alargarse dos horas seguidas para conversar, discutir, porque era prodigiosa la capacidad que tenía para relacionar muchos temas. Eran las clases asistemáticas de Efraín Jara, que también tenían su buena dosis de humor.

Hace unos pocos años hubo un episodio que algunos criticaron y otros vieron con regocijo: la presentación de un libro del escritor David Ramírez Olarte. Algunos decían que mejor hubiera sido abstenerse de comentarlo…

Cuando David, a quien estimo mucho, y valoro mucho una de sus obras que se llama Después del concierto de la tarde, me dijo que le presentara el libro, le respondí: “Sí, no hay ningún problema, pero yo he de decir lo que crea”. Entonces dije lo que creía, que había cosas muy flojas que tenían que corregirse, decantarse, que había más bien una involución, que no dio el paso adelante sino sobre el propio terreno. No conozco que haya escrito nada más después de este texto, al menos no ha publicado. Pero yo no lo hice con maldad, con perversidad, sino que no creo tampoco que haya que hacer la presentación de un libro con una serie de hipérboles y exageraciones, y creer y decir que el autor ya es candidato al Premio Nobel de Literatura, que tenemos a la gran figura de nuestras letras, y que ya va a engrosar el panteón de los hombres ilustres.

El problema en general de nuestros escritores es que la literatura no les permite vivir, y por eso tienen que vivir agobiados por dictar clases o escribir la columna periodística. Entonces escriben en las tardes del domingo, dejando de ir al fútbol. Por fortuna a algunos escritores como el Jorge Dávila no creo que les gusta el fútbol, entonces tienen más tiempo para escribir. Pero insisto: si se hizo un daño fue totalmente involuntario. Lo que me sorprendía en David era que no había la exigencia, la prolijidad con la que había escrito, en cambio, Después del concierto de la tarde, que es uno de los buenos libros de la literatura regional o austral. Eso de la presentación de libros es una costumbre peligrosa. Pero tampoco significa que se le dé una altura sideral si no lo merece.

Después de Jorge Dávila y Eliécer Cárdenas, parece que las generaciones siguientes no fueron tan prolíficas, quizá escribieron pero no publicaron tanto.

Sí, yo creo que sobre todo en el campo de la narrativa, en el que no hay el cambio de posta, el relevo en la literatura del Ecuador. Los escritores de la Generación del 74, según Juan Valdano (los nacidos entre 1944 y 1954), son los que siguen produciendo y continúan en primer plano: Raúl Pérez, Marco Antonio Rodríguez, Abdón Ubidia, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Jorge Dávila, Jorge Velasco. Se podría formar un buen equipo de fútbol. Hay cantidad y calidad en esa generación. Después, el vacío. El mismo Cristóbal Zapata debe estar ya en torno a los 40 años de edad. Hubo un taller de literatura que dirigió Miguel Donoso Pareja, que publicó un texto llamado Cambio de posta hace algunos años. De esos escritores no había nadie rescatable. Y creo que la mayoría apagó ya la computadora. Tomando en cuenta que Rubén Darío publicó Azul a los 16 años, y Medardo Ángel Silva a los 20 ya se pegó el tiro; y Rimbaud a los 20 dejó dicho todo lo que quiso decir. Efraín Jara y Jorge Enrique Adoum siguen siendo los dos referentes fundamentales de la poesía ecuatoriana; sin embargo estoy de acuerdo con que en la poesía sí hay nuevas generaciones.

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¿De qué manera influyó el movimiento juvenil de los años sesenta, Mayo 68?, ¿cómo los marcó?, ¿qué tan conscientemente se vivieron esos años de rebelión, de despertar, del rock? O quizá en el Ecuador los jóvenes de esa época aún escuchaban pasillos…

La revolución de las flores y los grafitis sí nos marcó, pero más que a nivel de acción, a nivel de penetración de uno mismo y encuentro de sus propias ideas. Podía influir más eso que estaba sucediendo en París, en La Sorbona, que leer en ese momento el Manifiesto Comunista o tratar de leer algún capítulo de El Capital de Marx. En esa época nos daba marxismo Francisco Olmedo Llorente. Nos llegaba poca información, pero en junio o julio recibimos una conferencia de quien después sería profesor de nosotros: Juan Cueva Jaramillo. Él había estado en París, y llega y nos da una conferencia sobre Mayo de 1968. Sencilla, anecdótica, y sobre todo una lista de las frases inmortales de los jóvenes franceses: la imaginación al poder, somos realistas queremos lo imposible, prohibido prohibir. Pero influyó en una revolución mental en los que fuimos en esa época jóvenes. No a nivel de acción.

Es decir, ustedes no usaban pelo largo, escuchaban a Los Beatles ni fumaban marihuana…

Había un grupo, más bien diríamos de existencialistas. No precisamente nuestro grupo. He escrito algo sobre eso en estos días. El grupo Syrma, compuesto por gente mayor a nosotros y anterior al 68, era una especie de agrupación tzántzica cuencana, iconoclasta, que rompía barreras e iba en contra de los esquemas. Era un grupo del cual quedó la poesía de Rubén Astudillo, que lo dirigía. Había también uno que otro existencialista muy influenciado por la lectura de Kafka, por el pesimismo de Kafka, que influía mucho más que Camus o Sartre. En vestuario y modas, el vértigo de la motocicleta en los de Syrma, en quienes influyeron películas de un actor norteamericano, James Dean: Al este del paraíso y Rebelde sin causa.

Tardábamos mucho en reaccionar, pero en todo caso los sesentas fueron definitivos. Nos golpearon a todos. Fue una época irrepetible. El mundo vivía tal vértigo que hasta las ciudades escondidas como Cuenca llegaban esos ecos: Los Beatles, James Dean, la filosofía existencial, el Che, la Revolución Cubana

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Con su nieto, compartiendo una tarde de fútbol en apoyo al Deportivo Cuenca, el equipo de la ciudad.

Pero ustedes fueron también, en la década siguiente, los primeros desencantados…

SÍ. El nombre que le pusieron fue el de la década del Desencanto. Se veía que tras esas bellas luces o consejos, normas que de alguna manera rompían la norma, sobre todo con el hippismo, había la corriente que odiaba el hippismo, y la de quienes lo admirábamos pero no nos atrevíamos a entrar en esa onda. Cuenca no estaba en esa onda. Recuerdo en esa época que el Raymipamba [tradicional café-restaurant cuencano, que aún se mantiene en el Centro Histórico, frente al Parque Calderón] era una especie de cenáculo intelectual: Paco Estrella, el poeta cañarejo Noboa [según el historiador Rodolfo Pérez Pimentel, Cronista Vitalicio de Guayaquil, Enrique Noboa Arízaga no era azogueño sino cañarejo], Rubén Astudillo. Este último planteaba formas de oponerse al conservadurismo cuencano, que no eran solamente trivialidades ni bromas negras, sino en las cuales él pensaba seriamente. Claro, nunca las llegó a hacer: poner veneno en los tanques de agua potable, o entrar montado en la moto en el Club del Azuay, o deambular desnudo unos días por el Parque Calderón a la hora de las retretas. Rubén fue en su actitud muy iconoclasta. Después se amoldó al sistema: pasó a ser director del Departamento Cultural de la Municipalidad, y terminó de diplomático. El rebelde de ayer se volvió el conformista y el abúlico. Hasta la poesía de él se remansó tanto que perdió la calidad que tuvo. Pero Rubén Astudillo es un momento importante en la historia cultural cuencana.

Se le considera la figura poética más importante luego de Efraín…

Sí, es verdad, y precisamente ésta era la época del silencio de Efraín, a quien luego sus libros le hacen ser el poeta por excelencia, el poeta por antonomasia en Cuenca, pese también a los múltiples problemas que le crearon los oligarcas y los aristócratas y pseudo intelectuales cuencanos. Cuando él presentaba In Memoriam, era un ataque a toda esa manera de ser cuencana, cerrada, provinciana, de creerse familias de abolengo. Tiene unos versos en los que dice: Viejas quijadas, viejas quejudas, viejas cojudas, viejas con piojos en las trompas de Falopio. Y en la presentación estaban justo esas viejas, en primera fila, y a él se le ocurrió leer eso. Fue un escandalete, pese a que Cuenca ya no era tan pequeña, aunque seguía siendo pacata, muy gazmoña la ciudad.

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¿Se está convirtiendo en una suerte de cronista de la urbe sin quererlo?

Siempre he creído que Cuenca, con hipérbole y todo, es la ciudad más linda del mundo, pese a lo insoportables que somos los cuencanos en las diferentes etapas de nuestra vida. Me he orientado, más que al elogio, un poco a señalar nuestras lacras, nuestras actitudes, nuestros estereotipos, nuestro chauvinismo; aquello de creernos que tenemos la mejor catedral de América Latina; esos pequeños orgullos provincianos de la ciudad culta, de la Atenas del Ecuador, más bien creo que nos han hecho daño. Aparte de eso, a Cuenca la amo profundamente. Es la ciudad en la que nací, en la que quisiera morir. Creo que es la única ciudad en la que viviría. Quizá Quito también…

¿Y de dónde surgió aquello de la Atenas del Ecuador?

Creo que a partir del intento de coronar a Luis Cordero. Por fortuna para él, se muere en 1912, y no le someten a ese martirio de coronarle. Pero sí es víctima de la coronación, a lo mejor con beneplácito, Remigio Crespo Toral. A él sí lo coronaron, y entonces sí se proclamaba la identificación, la simbiosis Cuenca ciudad de la poesía. Quizá allí surge el nombre de Atenas del Ecuador.

Pero parece que las últimas generaciones están haciendo que el mito de la ciudad cultural se convierta cada vez más en una realidad…

Aunque sea un lugar común, lo importante es que nos hagamos merecedores de esa consideración de Cuenca como la ciudad cultural por excelencia; la ciudad en la que hay vida intelectual, amor por el arte. Cierto es que tenemos acontecimientos de trascendencia como la Bienal de Pintura, el Encuentro sobre Literatura, encuentros de Historia, pero también hubo situaciones como la Fiesta de la Lira, que nos hicieron mucho daño. Como decíamos en La Escoba, no era la fiesta de la lira sino la farra de la lora. Era el endiosamiento: solo en Cuenca nacemos con olor a poesía, como si los cuencanos ya supiéramos hacer rimas desde los primeros berrinches, o como si la poesía se acabara en El Descanso.

Efraín Jara Idrovo, Jorge Dávila Vázquez, Felipe Aguilar Aguilar, Iván Carrasco Montesinos

 

Revista El Observador, Nos. 36-37,

Noviembre de 2006-Febrero de 2007

Cuenca-Ecuador

Fotos: Procorp, Catalina Sojos, Chino Felipe Aguilar Jr.