Aquí es Guapdondélig: otras visiones de Cuenca de los Andes

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Era el sueño de todo adolescente católico de cualquier provincia ecuatoriana, en el año 1985, llegar hasta la hermosa y mítica Cuenca para ver al Papa Juan Pablo II durante su visita a la capital azuaya. Cuenca era la ciudad que todos queríamos conocer entonces, después de Quito y Guayaquil, si no habías nacido en ninguna de esas tres urbes. Muchos lo lograron, vaya a saber gracias a qué circunstancias, y pudieron ser testigos y hasta protagonistas, de alguna manera, de aquel hito histórico para la comunidad en gran parte católica que es la población ecuatoriana, y, concretamente, la cuencana y azuaya.

Cuenca, como tercera ciudad de esta nación llamada Ecuador, ha sido siempre célebre entre el resto de los ecuatorianos. Por aquellos años convulsos de la década perdida, dos habían sido para la mayoría de nosotros las referencias más conocidas sobre la ciudad: la creencia oficial, transmitida en las aulas escolares, de que en Tomebamba nació el emperador Huayna-Cápac; y la visita a sus calles, parques e iglesia catedral, por parte del antiguo obrero polaco Karol Wojtyla, admirado personaje de mi era pre marxista-leninista y pre silviorodrigueciana, a los 15 años de edad.

El primero de los personajes, padre del último emperador inca, asesinado por las fuerzas españolas, fue perdiendo interés con el paso del tiempo, al crecer en admiración e importancia la cultura cañari. El segundo, desdibujándose hasta no ser más que el símbolo de una historia de horror y perversión que ha estado oculta a lo largo de una práctica religiosa que,  más que en la fe como tal, se ha basado en realidades paralelas como la superstición, la ignorancia, el poder, la opulencia y el capital, la doble moral, por no hablar de acciones vomitivas como la pedofilia, y todos los crímenes, abusos, felonías e ignominias que en su nombre se han cometido durante más de dos milenios ya.

Pero fue imposible, pese a todas las gestiones efectuadas para ello, viajar a Cuenca, y hubo que contentarse con lo que transmitían los canales de televisión, y los periódicos que todavía eran medios admirados, creíbles y respetados, en especial uno, con el que creció nuestra generación, por su posición ecologista y por su forma diferente de hacer periodismo: el capitalino y hoy extinto Hoy.

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Poco tiempo después, un día de aquel año de acontecimientos extraños y fundamentales, como la caída del Muro de Berlín o la sangrienta invasión a Panamá por parte de miles de marines gringos, me vi dentro de un bus con rumbo a Guayaquil, en cuya terminal terrestre, aquella bautizada con el nombre de otro héroe de la infancia y la adolescencia (aquel que siendo el mandatario más joven en la historia del país, se atrevería por primera vez a pronunciar palabras quichuas en un discurso de asunción presidencial), tomaría luego otro con rumbo a Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

Por aquella época no había otra manera de llegar a Cuenca, desde la costa norte del Ecuador, que pasando por La Troncal. Esta ciudad, que de aspecto andino no tiene nada, es sin embargo jurisdicción de una de las tres provincias azuayas, la que hoy se conoce como del Cañar, y así como las poblaciones de Azogues y Cañar tienen cierta rivalidad por la reivindicación del derecho a ser la capital de esa provincia, de igual manera los troncaleños creen también tener derecho a serlo, por lo pujante de su economía y de su población, en buena medida de origen azuayo-cañarense pero con un acento ya fuertemente costeño.

Es solo al comenzar a subir la cordillera, cuando empieza a notarse lo andino y a sentir que se adentra uno por los confines del antiguo Azuay. De Cochancay en adelante, cualquier visitante atento y despierto tendrá la sensación de hallarse en una misma región, tanto en lo cultural como en lo concerniente a su naturaleza, aunque se halle en tierras de tres provincias hoy políticamente divididas, pese a haber conformado, desde épocas inmemoriales, un solo pueblo: Azuay, Cañar y Morona Santiago, las provincias azuayas, el antiguo Azuay.

Aunque en estos tiempos de excelentes vías nacionales parece increíble que no siempre fue así, de vieja data fue también el habitual mal estado de la carretera, agravado por las numerosas fallas geológicas por las que pasa el trazado, pero sobre todo por la indolencia y la falta de gestión de las autoridades locales y regionales. En el recorrido no solo va cambiando el paisaje, que se hace menos agreste, más irregular y montañoso, y, en algunos tramos, totalmente luminoso, mientras en otros angustiosamente neblinoso, como si se avanzase por en medio de las nubes. Cambia también el tipo de personas que se observa a lo largo del camino, sus rostros y tonos de piel, sus vestimentas llamativas de tonos rojizos, así como las formas y aspectos de sus viviendas, que de pronto ya no tienen hojas de zinc como techos, sino auténticas tejas rojizas, además de las paredes de adobe o bahareque, que en adelante serán la tónica de la mayoría de las casas de esta región, poco antes de que el influjo migratorio de miles de personas contribuya a cambiar de manera drástica el paisaje arquitectónico de toda una importante zona del país.

El bus solía detenerse a recoger en la vía a quien así lo pidiera, para trasladarse a Suscal, Zhud, El Tambo o Cañar, a Ingapirca, Biblián o Azogues, o a cualquiera de los numerosos puntos intermedios. Era una fascinación mayúscula la que atrapaba al viajero costeño, por primera vez a punto de experimentar por dentro la fascinación por una auténtica cultura andina, que habitaba y reinventaba cada día la vida con toda la fuerza de su proverbial peculiaridad humano-espacial.

Muchos de estos habitantes, llamados cañaris, subían y bajaban durante el trayecto, que luego repetiría en varias ocasiones, en las idas y venidas flanqueando las puertas (alguna vez existentes entre todas las provincias del Ecuador) de dos mundos prácticamente opuestos y, a la vez, complementarios. Tan radicalmente diferentes en el tipo de territorio sobre los que se asientan sus moradores y el clima correspondiente, como en la forma de hablar y vivir, de ver el entorno mismo y el horizonte formado por la visión del tiempo conjugándose sobre las infinitas formas del espacio.

Parte fundamental de la cultura, lo gastronómico aparecía de forma brusca en diferentes orillas del camino, en la enormidad de los cerdos muertos que se exhibían en diferentes puntos, dentro y fuera de los centros urbanos. Una práctica habitual de los viajeros es detenerse ante estos locales, y bajar a devorar, a veces en grandes grupos, partes del animal cuya lenta desaparición comienza a gestarse conforme aumenta el número de hambrientos viajeros, a quienes su visión despierta profundas sensaciones de antiquísima necesidad de supervivencia.

La otra práctica culinaria de masiva aceptación social, la de criar conejillos de indias para sacrificarlos y comerlos, es vista por las sociedades de la región litoral con gran interés, con muestras frecuentes y repetitivas, sobre todo de quienes viajan de visita a las provincias referidas y a la mayoría del territorio interandino ecuatoriano, de asombro, curiosidad, atrevimiento, y no pocas veces también de repulsión, porque algunos costeños creen que no se trata de cuyes sino de ratas. Extranjeros, en cambio, mejor conocidos en el entorno latinoamericano como gringos, muestran reacciones de reprobación, resignación y tristeza, porque en su cultura el cuy es un animal adoptado como mascota de las familias; es decir, jamás pensarían en ingerir la carne de un amigo, y mucho menos de un miembro de la familia.

En suma, una simple cuestión de postura frente a nuestra innegable condición de zoófagos con preferencias diferentes: mientras en las sociedades andinas son ingeridos cada día cadáveres de reses, cerdos, pollos, cuyes o conejillos de indias, conejos, borregos y truchas, y en algunos casos hasta compañeros equinos y caninos, en las de los territorios “bajos” y “calientes” en las yungas, también se ingiere la carne de las reses y los cochinos, de las cabras y los pollos, de los patos y los pavos, de los pescados y mariscos, además de ciertas otras especies como las guantas y tatabras, las serpientes y las iguanas.

En la parte final del recorrido sinuoso, y a veces tortuoso, mientras los jóvenes alemanes destruyen por ambos lados el muro de Berlín, a miles de kilómetros de distancia, en una plaza adoquinada y polvorienta, donde están estacionados muchos buses viejos y destartalados, se sube una joven mestiza, de mejillas sonrosadas y voz melodiosa y graciosa, a ofrecer “¡úuuvas, péeeras, máaaanzaanas…!”. Azogues marcaba lo último del viaje, antes de llegar a la capital del territorio, a la antigua y siempre joven Cuenca de los Andes, atravesando la vieja, sinuosa y maltratada carretera Panamericana.

 

***

En 1989 la terminal terrestre servía a la ciudad, y por entonces también eran ya, sus alrededores, lugares peligrosos donde no resultaba difícil ser asaltado. Alguna vez, mucho tiempo después, murió apuñalado un adolescente del colegio “Manuel J. Calle”, por resistirse a que le roben el teléfono, y en años sucesivos han ido aumentando en frecuencia las muertes violentas, incluidas prácticas hasta hace poco aún consideradas como propias de otras realidades, como la del sicariato.

En aquella época en que nadie tenía idea de lo que era un teléfono celular, y cualquiera que pudiese hablar ya de internet podría haber sido considerado como un excéntrico soñador, el viajero llega a Cuenca y simplemente no sabe a dónde dirigirse. Guiado por algún instinto de orientación urbana llega hasta el sector conocido como la Chola Cuencana, llamado así porque en ese lugar de intercambio de vías compartían una extraña vecindad dos estatuas: la de una chola cuencana con rasgos medio europeos, y la de un conquistador español en rígida postura. Parece que de vez en cuando alguno que otro beodo creyó ser testigo de que por las noches el Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, mirando hacia la avenida España, dejaba la rigidez que lo caracterizaba por el día, y raudo se colocaba junto a la Chola que le daba la espalda, para continuar hasta el infinito el ardoroso mestizaje iniciado en el siglo XVI.

Algunas cuadras más allá, por la avenida Huayna Cápac, el visitante toma la calle Presidente Córdova, atraído por una suerte de pasaje colgante que se observa desde lejos, donde tiempo después sabría que funcionaba la biblioteca de la Casa de la Cultura del Azuay, sin imaginar que media vida más tarde será el escenario en que presente uno de sus libros, precisamente la recopilación testimonial de más de un cuarto de siglo de romance interminable, más de una vez renovado, con la mágica, bella e intensa Cuenca de los Andes.

Una de las calles que llaman su atención, la Vargas Machuca, milagrosamente le conduce a la residencia universitaria, regida por monjas, donde a la sazón está alojada la musa de sus poemas, la Dulcinea del Toboso de sus sueños de adolescente. Y, poco después, a buscar alojamiento en un hotel.

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La prensa local de aquellos años estaba representada por El Mercurio, matutino de larga tradición y preferencia entre los cuencanos; El Tiempo, vespertino tabloide también tradicional ya para entonces; y Austral, un matutino de reciente circulación que no tuvo mayor vida como periódico. A nivel de televisión, un canal católico, más aburrido que conferencia después de una farra nocturna; y, en cuestión de radio, algunas emisoras interesantes, entre ellas Tomebamba como la más popular y escuchada, y radio Bolívar, esta última por el tipo de música que ofrecía: andina, protesta, nueva canción latinoamericana. Pocos años más tarde aparecería Telerama, inicialmente anunciado como canal cultural, y poco a poco convertido en medio comercial; y, tiempo después, Unsión Televisión, cuyos contenidos varían entre lo cultural y lo religioso.

Lo primero: buscar un alojamiento más o menos permanente, barato y seguro. Para ello nada mejor que los anuncios clasificados de El Mercurio, que le llevarían a una casa de la calle Juan Jaramillo, en donde al parecer, según reza una placa que aún sigue colocada en su parte frontal, vivió el polémico sacerdote e historiador ecuatoriano Federico González Suárez.

Aparecer por entonces en Cuenca, con otro tono de piel y hablando con acento de “mono”, es decir costeño, era como llegar de ilegal a otro país. No importaba que fueras ecuatoriano, sino que no hablabas igual y, para colmo, con acento que delataba ya cualquiera de tus crímenes. “Así que de la ciudad de Esmeraldas… mmm… ¿pero no es negrito, no? Jiji jiji… Bueno, bueno… el cuarto está disponible, sí, pero usted sabe, se trata de una casa de familia… las buenas costumbres, la seguridad… Yo se lo arriendo pero necesito una carta de referencia…”

A buscar entonces una carta de referencia en la españolísima Santa Ana de los Ríos de Cuenca. Con tantos amigos, conocidos y familiares que debe creer la dichosa señora que el recién llegado, o sea yo, tenía en la ciudad, tendría para llenar una carpeta de referencias y recomendaciones. Había oído o leído que el presidente de la Casa de la Cultura en el Azuay era Eliécer Cárdenas, el autor de “Polvo y Ceniza”, militante además del Partido Comunista, es decir, camarada. Así que esa sería la solución.

Rumbo al centro de la cultura azuaya para solicitar, sin más ni más, una carta de referencia. El Presidente de la institución no estaba, pero una joven muy delgada, haciendo uso y gala de ese acento cantado cuya melodía aprendería con el paso del tiempo a distinguir en sus tonos y flexiones, con suma amabilidad extendió un salvoconducto, es decir un certificado en papel membretado de la institución, pidiendo a quien lo leyera que no se desconfiare de estos jóvenes esmeraldeños, miembros de una familia honorable de aquella costeña y lejana provincia hermana, pues también forma parte de la República. Se refería a los “jóvenes” porque a la sazón también un hermano del autor de estas líneas intentaba secundarle en esto de buscar residencia en tierras altas y frías. Pero más pudieron los fríos y otros factores sensoriales, que terminaron actuando como repelentes y lo afincaron en la cálida, populosa y voluminosa Guayaquil.

Con el salvoconducto en la mano, que por entonces era más importante que lo que llegó a ser, años después, la visa estadounidense pegada en el pasaporte, sentía como si me estuviera dirigiendo a la oficina de extranjería de esa ciudad tan extraña que era Cuenca. Al golpear las puertas de la casa de Monseñor don Federico, la señora dueña de casa esta vez ni siquiera salió, sino que envió a una niña de trenzas y follón a decir, en un español mucho más sesgado, que yastárrshendado el cuarto.

Al pasar el tiempo aprendería a sortear esas muestras de cariño xenofóbico. Es más, con el paso de los años fue llegando tanta gente procedente de otras latitudes, que los cuencanos se volvieron menos quisquillosos y desconfiados a la hora de arrendar. Por el contrario, fue aumentando en forma considerable la oferta de cuartos, departamentos y casas de arriendo, hasta ser la expresión de un nuevo proceso de repoblamiento de la ciudad, además de fuente de ingresos de numerosas familias cuencanas, y con precios cada vez más altos. Las preferencias, desde luego, se mantienen a favor de los extranjeros, siempre que no sean ni colombianos ni peruanos, a quienes se toma no como tales sino como incómodos vecinos.

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Iglesia de Santo Domingo

En cierta época, se sabe, las familias cuencanas tradicionales habitaban el Centro Histórico, y los alrededores de la ciudad eran los espacios de esparcimiento, el campo, donde estaban las fincas y haciendas. La expansión urbana fue haciendo que otras zonas fueran ocupadas como residencia, con lo que aparecieron nuevos barrios y ciudadelas, cada vez más alejados del Centro. Las viejas casas comenzaron a servir como tiendas, almacenes y bodegas, y como viviendas de familias menos pudientes, muchas en verdad pobres y procedentes de las zonas rurales o de otras provincias, y, desde que comenzó la dolarización decretada por Jamil Mahuad al comenzar el nuevo milenio, también de países vecinos.

Conseguí una fría habitación en una vetusta casa de la calle Benigno Malo, que me llamó la atención por las columnas romanas que flanqueaban su puerta, y que la diferenciaban del resto de casas de la zona. Pese a ello más de una vez, en mi despiste, tuve que regresar desde la esquina para buscar el ingreso, pues por entonces la mayoría de las residencias del Centro Histórico me parecían iguales, como forjadas bajo un concepto unificador, sin diferencias. Pero era solo una impresión inicial, breve, derivada con seguridad de haber vivido en otras realidades espacio-temporales, y, por ende, también culturales y arquitectónicas.

El trayecto entre la universidad y la residencia tenía un desvío, hacia la casa de una familia cuencana más bien de escasos recursos, cuyo trato era muy amable y cariñoso, y que intentaba ayudarse dándole de comer a estudiantes universitarios venidos de otras provincias. Entre esos dos lugares mediaba obligadamente un colegio de ninfas que parecían haber salido de algún paraje paradisiaco, reunidas todas como en convite de himeneos. Calculando más o menos la hora de salida, terminaba de comer y emprendía la ruta de retorno al dormitorio, caminando lentamente y cautivado e idiotizado por tanta morlaca hermosa, cada una más divina que la otra, y más pretensiosa que la otra. Pero eso no importaba. La dicha era abrirse paso entre ellas, mirar de cerca sus bellos rostros, oír ese canto esdrújulo de su castellano mestizo de cañari, quichua e inglés, que era una música auténtica para los oídos. Recuerdo particularmente a una niña de cabello rojo y muchas pecas, de una belleza peculiar, diferente, que descollaba entre el resto de ninfas. Hoy debe ser alguna señora de la clase alta local, bien casada con alguien del mismo círculo, cumplidora de los preceptos religiosos, familiares y sociales entre los que creció y vivió, o residente privilegiada de algún país europeo.

En ese mismo colegio, lo sabía porque fue todo un acontecimiento nacional, unos pocos años atrás otra de esas lindas niñas de clase alta cuencana amaneció un día diciendo que la Virgen se le había aparecido, y la había elegido como medio  para expresar su mensaje a la humanidad…

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Al comienzo cuesta un poco adaptarse a la forma de hablar de los compañeros de aula, pero sobre todo a la de algunos profesores. Los tonos del canto cuencano tienen matices diferentes según la clase social a la que se pertenece, el lugar en el que se ha estudiado, y hasta el sector donde se ha vivido, sea éste urbano o rural. A la vez, a algunos les cuesta también entender al “mono”, por lo que es necesario ceder un poco en el ritmo de articulación de las palabras, para dejarse entender, o recurrir de vez en cuando, para ganar simpatía, a alguna compañera lojana que hiciese de traductora, convencida ella de que su dicción y vocabulario eran mejores que los de sus equivocados interlocutores.

Es necesario aprender algunos términos y expresiones que forman parte del vocabulario cotidiano de la población, y que son a veces arcaísmos, pero sobre todo quichuismos y remotos ecos de la primera lengua que se habló sobre este territorio, la lengua cañari: “mucha”, por beso, que aprendí cuando se me dijo que el premio de una buena acción sería eso, y nadie quiso decirme qué era hasta que recibí, vaya sorpresa, el beso que me estampó una hermosa compañera universitaria; “amarcar”, por cargar; “guagcharito”, por huérfano; “china” y “maría”, por empleada doméstica; “taroso”, por demasiado joven e inexperto; “chispo” y “chispín”, por borracho y beodo; “suco” y “suquita”, por rubio y rubia (con cariño); “cuzni”, más bien con desprecio, a todo aquel cuya piel es morena, sin ser de origen afro; “ñuto” y “piti”, por pequeño; y hasta neologismos como “chendo”, que tiene cerca de tres décadas usándose por parte de las generaciones más jóvenes, como forma de decir que alguna afirmación es falsa. Al parecer es un apócope que proviene de la expresión “diciendo nomás”; “diciendo” fue convirtiéndose en “dichiendo”, “dichendo”, “de chendo”, hasta llegar a “cheeeendo”, con la “e” alargada por un par de segundos, que inclusive los extranjeros no hispanos aprenden en sus conversaciones de español cuando llegan a Cuenca. He oído decir la palabra a franceses, ingleses, alemanes, suizos, gringos y hasta coreanos, y a una buena cantidad de hispanos, como colombianos, argentinos, chilenos, cubanos, costarricenses, peruanos y mexicanos.

Así como a lo largo de estas décadas se fue disgregando la sociedad azuaya, hasta volverse la primera región del Ecuador exportadora de capital humano, ya no únicamente a la región litoral del país, sino cada vez en mayor número, por miles, hacia los Estados Unidos, del mismo modo durante todo ese lapso fueron arribando a la ciudad miles de extranjeros, de las más diversas nacionalidades.

Muchos vinieron por unos días, por unas semanas o meses, por algunos años inclusive, y otra gran cantidad de ellos también decidió establecerse aquí, inclusive antes de que la ciudad adquiriese, a través de su centro histórico, la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad, en el año 1999.

Después de aquel acontecimiento, y también después de las dos participaciones consecutivas de la selección nacional de fútbol del Ecuador en sendos campeonatos mundiales, el número de visitantes ha crecido, así como el de extranjeros que deciden radicarse en Cuenca.

Hacia comienzos de los años noventa, sin embargo, no es mayor el número de turistas extranjeros. La ciudad conserva aún mucho del ambiente que la caracterizó durante los años ochentas. Es más provinciana, es inclusive bucólica a poquísimos minutos del centro histórico, pues no resulta raro encontrarse con alguna chola cuencana tirando de una soga a la que va atada una tremenda vaca, además de que proliferan aún las cholas lavando ropa a orillas del río Tomebamba.

El sistema de transporte urbano es caótico, con diferentes tipos de automotores, desde pequeñas busetas hasta enormes buses, la mayoría viejísimos, en los que durante las horas pico se aglomeran como sardinas en lata decenas de pasajeros, desesperados por no quedarse sin transporte para ir a las diferentes parroquias cuencanas, que desde hace mucho son los pueblos dormitorios que rodean la ciudad.

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Por entonces eran acontecimientos de resonancia el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, organizado por la Facultad  de Filosofía de la Universidad de Cuenca, y la Bienal Internacional de Pintura, organizada por la Municipalidad y un comité elegido para el efecto. Ambas fiestas culturales de periodicidad bienal, tenían en verdad una resonancia local y nacional de gran magnitud. Recuerdo que aquel año estuvo caminando entre el público el entonces Presidente de la República, Rodrigo Borja Cevallos, en plena casa del Museo Municipal de Arte Moderno.

La Bienal catapultó a muchos de los entonces jóvenes pintores cuencanos y azuayos, que de otra manera hubiesen tenido que recorrer un camino aún más arduo del que les tocó transitar bajo su égida. Pese a las críticas de siempre, sobre todo procedentes de centros urbanos donde se continúa pensando que deben ser las ciudades sede del certamen, fue a lo largo del tiempo un importante punto de apoyo para los artistas cuencanos y ecuatorianos, y permitió que una buena parte de público tuviese acceso a las corrientes artísticas contemporáneas que se sucedían en el continente.

Entendiese o no el gran público cuencano el arte que se exhibía ante sus ojos, creo que ayudó a crear espectadores más exigentes con el tipo de arte que se les mostraba. Y aunque aún en este año 2016 posterior al del fin del mundo es posible ver, incluso en galerías pertenecientes a la ciudad, exposiciones de cuadros con paisajes, bodegones y retratos, creo que hubo también un público que se formó con la Bienal y fue madurando con ella, y que es cada vez más numeroso.

Hoy, desde luego, la Bienal ya no es ni de pintura ni es americana, y, aunque sigue siendo cuencana, el tipo de arte que ha optado por premiar y mostrar es bastante diferente a las obras bidimensionales que llegaban procedentes de numerosas naciones. Hoy el arte ha dejado de estar en los lienzos y ha pasado a verse y producirse en computadoras, proyecciones, instalaciones, happenings, arte conceptual en general que tampoco es que sea nuevo, pero que le ha permitido de alguna forma permanecer en el medio internacional como certamen artístico, y ganarse la adhesión de las nuevas generaciones

El Encuentro sobre Literatura ha sido también importante, pero su público se fue circunscribiendo a creadores, es decir escritores y poetas, y críticos y estudiantes de literatura, profesores y amantes de la escritura. En algún momento llegó a convertirse en una cita demasiado académica, con ponencias que no estaban al alcance del gran público lector, o del mediano lector ecuatoriano. Con el tiempo fue dejando unas memorias valiosas, que forman parte de la evolución de los estudios sobre literatura ecuatoriana y latinoamericana durante las últimas décadas, además de la oportunidad de que los lectores conocieran a iconos auténticos de la literatura regional como Roberto Fernández Retamar, Tomás Borge, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Alfredo Bryce Echenique, Jorge Enrique Adoum, Efraín Jara Idrovo.

Se dice que Gabriel García Márquez, viejo sueño de los hoy también viejos organizadores del Encuentro, pudo venir alguna vez, y hasta hubo un rector de la Universidad de Cuenca que le hizo, de manera personal, la invitación a participar en el Encuentro Nacional sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, con sede en la españolísima ciudad Santa Ana de los Ríos de Cuenca del Ecuador. Invitación a la que, según se afirma, el deificado autor de “Cien Años de Soledad”, en gracioso y pretencioso acento colombiano le respondió con la frase lapidaria de que él no asistía a encuentros de pueblitos…

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El orgullo de los ciudadanos cuencanos, sus actitudes etnocentristas (eufemismo por racistas), cierto aire de superioridad, cierta sensación de que se procede de antepasados españoles, esa serie de prejuicios que forman parte importante de su cultura, no son fácilmente asimilados por quienes llegan desde otras partes del país y del mundo. Es como un rezago de la era colonial. Alguna vez escuché a un chileno decir que “esto más parece un pueblo que una ciudad”.

Bueno, sí, hay aspectos de la Cuenca provinciana que la hacen parecer un pueblo, como esas casas de la avenida Loja, con aspecto rural, que parecen haberse quedado atrapadas en otro tiempo, completamente invariables ante el paso de la modernidad, y a la vez que contrastan también complementan el paisaje urbano. Una de las actitudes que llaman la atención de los visitantes, es que en los espacios públicos se mira con evidente interés y total descaro a las demás personas, a los recién llegados, a los que lucen diferente, a todo aquel que parezca tener algo fuera de lo común.

Una amiga procedente de Corea del Sur, no lograba comprender cómo es que la gente de una ciudad pequeña como Cuenca, enclavada entre las montañas de un país pequeñito del tercer mundo con nombre de línea imaginaria, podía ser tan arrogantemente orgullosa y antipática.

Al parecer hay también en torno a este elemento muchos prejuicios. No son pocos los que creen que se es poeta por haber nacido en Cuenca. Lo cual es una suerte de secuela del pretencioso mito de la Atenas del Ecuador, tan atacado por unos como defendido y reivindicado por otros. Se cree que el poeta Efraín Jara Idrovo, intelectual y catedrático cuencano de enorme prestigio a nivel nacional, dijo alguna vez que no era “Atenas” sino “apenas” del Ecuador, frase con la que irritó las conciencias de buena cantidad de atenienses.

Con todo, durante la misma época en que el Papa visitaba Cuenca, los cuencanos protagonizaban uno de esos episodios de la historia local que preferirían no registrar jamás, conocido para la posteridad como “La Noche de los Giles”, gracias a la pluma de un personaje salido de Macondo para escribir en uno de los periódicos locales su acostumbrada columna cotidiana: Mauricio Babilonia. La noche en referencia, miles de personas habían terminado por creer que la catástrofe se avecinaba cuando se diera el terremoto anunciado ese día de boca en boca.

En un país de tan reducido territorio como el Ecuador, y con una diversidad cultural y regional tan marcada, no es extraño que los mitos, prejuicios y estigmas tengan una presencia fuerte en el imaginario popular. De los costeños se dice que son vagos y ladrones, mientras que de los serranos que son hipócritas y traicioneros, y quienes representan esta última creencia por antonomasia son los cuencanos. Entre la propia gente nacida en la ciudad se dice, sin embargo, que un cuencano no puede ver con felicidad el éxito de otro; o que en cuando alguien intente subir peldaños en la vida, llegará un momento en que no pueda subir más, y al ver hacia arriba qué se lo impide, verá a un cuencano sosteniéndole por los hombros.

Lo cierto es que, en ocasiones, la ciudad asume el espíritu de cuerpo, y no tolera críticas de ningún tipo, como ocurrió cuando una periodista enviada por “El Mercurio” de Chile, se atrevió a proferir aseveraciones poco agradables luego de su estadía en la ciudad. Paola Raffo visitó Cuenca con el fin de hacerse una idea periodística, que luego contaría a sus compatriotas, sobre la flamante ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Cuando al fin apareció la publicación, el reportaje llegó a manos del alcalde Cordero y sus asesores, en su versión electrónica. El burgomaestre salió en defensa de la agraviada urbe dirigiendo una carta al director del medio chileno, y participando la indignación que sentía a través de los medios cuencanos. Tras el episodio hubo algunas réplicas interesantes, unas mesuradas y otras, realmente desmedidas. Alguno, iracundo, hasta llegó a apostar en público que la periodista lo había “hecho posiblemente enajenada por el alcohol o alguna otra sustancia estimulante”.

El balance general del texto, pese a los bemoles que causaron la indignación y la polémica, era positivo. Cuenca, que por lo demás no necesita detractores ni defensores, salía airosa y quizá hasta habiendo ganado el curioso deseo de muchos paisanos de Camila Vallejo por conocerla. La ciudad no es ni tan poco como una rápida lectura de ciertas frases ambiguas del reportaje podría haber hecho creer, ni tan Atenas del Ecuador como muchos maestros morlacos continúan enseñando en las escuelas a miles de pequeños futuros atenienses. Es simplemente Cuenca de los Andes, un sitio especial y único con la grandeza del trabajo de su gente, y también con los escollos superables que cualquier urbe en desarrollo afronta.

 En las alturas de Cuenca, Ecuador, como se tituló al texto de la discordia, no era más que el resultado obvio de que la urbe morlaca, o por lo menos su centro histórico, dejó de pertenecerles exclusivamente a los cuencanos el 1 de diciembre de 1999. Desde entonces, aunque suene ya a pomposo pero desgastado lugar común, es Patrimonio de la Humanidad. Ello implica no solo el afán de conocerla que atrae a muchísimos extranjeros y nacionales que la visitan cada día, sino también su derecho justificado a reclamar, en boca de sus representantes, ante cualquier acción, postura o circunstancia que afecte ese patrimonio. En ese empeño pueden y deben aparecer quienes, lejos de continuar la tradicional retahíla de adulones superficiales de dentro y fuera de casa, reparen en defectos que quizá sean imperceptibles entre sus habitantes, v.g. ese inexplicable y horroroso hábito callejero de hacer tiro al blanco con las poderosas glándulas salivares, señalado por la casi non grata Paola Raffo.

Despertar un día con la noticia de que se ha sido objeto de reconocimiento por parte de la memoria colectiva mundial, del patrimonio cultural de la humanidad, sí es como para embriagar a cualquiera, individuo o colectividad. Lo importante, luego de superar la resaca, es despertarse con buen talante y aprender a vivir con esa responsabilidad. Asumirla no es solo creer bajo sospecha que la arquitectura cuencana es colonial, y que por eso y por su condición de ingenuo clon literario de la Atenas verdadera se la incluyó en la lista de la Unesco. Dos falacias que no acaban de desmentirse. En eso falta mucho, demasiado por hacer.

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Un cuarto de siglo después, Cuenca de los Andes ha crecido de manera vertiginosa, al punto de que la ciudad empezó a invadir las zonas rurales, aquellas dedicadas a la agricultura, como la parroquia San Joaquín, y también las lomas y cerros con imparable agresividad. Un cuarto de siglo después Cuenca está llena de seres procedentes no solo de las diferentes provincias ecuatorianas, sino de todos los puntos del planeta, atraídos por ese prestigio de ciudad para vivir, y por esa condición de urbe que custodia un centro cultural que es patrimonio cultural de la humanidad, y que por ese motivo se ve invadido de tal manera, porque todos, en especial los extranjeros con suficientes recursos como para permitírselo, un pedazo de ese patrimonio para vivir entre él, con él o sobre él.

De manera lenta los extranjeros comienzan a mimetizarse entre la población local, y a influir en ella no solo en el incremento inflacionario de alimentos y vivienda, sino también a nivel cultural, con la presencia de sus costumbres y culturas, de sus hábitos y formas de vida.

A lo largo de un cuarto de siglo se fue transformando en otra la ciudad aún franciscana del año 1989, la que veía transitar los carros azules de la policía por sus calles, la de Patricia Tálbot y el diario Austral, de Rosalía Arteaga, el Moncho Luis Alberto Luna Tobar, la del paso a desnivel por la avenida Huayna Cápac que solo usaban delincuentes y transeúntes necesitados de baños higiénicos; la del alcalde Piedra y radio Tomebamba; la del Corcho Cordero y el cambio rotundo en la fisonomía del Centro Histórico; la de Jefferson Pérez y tantos excelentes deportistas; la del Parque de la Madre antes de que también fuese cambiado, incluido su antiguo y vetusto planetario; la del edificio de la Cámara de Industrias que enorgulleció a algunos y fastidió a otros, sobre todo aquellos que desde el Centro Histórico veían la parte moderna de la ciudad, y de pronto solo tenían ante sí una construcción de ladrillo, cemento y vidrio; la de los jóvenes gays del Manzanito que fueron arrestados y ultrajados en una cárcel cuencana bajo instigación policial; la de aquellos jóvenes que bajaban en canoa por el Tomebamba sin esperar que de un rato a otro éste se convirtiera en Julián Matadero, y los arrastrase a la muerte, igual que hizo años más tarde con Emmanuel el locutor, y con cientos, quizá miles de personas a lo largo de su historia milenaria; la Cuenca del zhumir pecho amarillo, que corre tanto como los cuatro ríos morlacos; la de media docena de universidades, cada una mejor o peor que la otra, cada una más prestigiosa o más escolar que la otra, pero cada una formadora de nuevos profesionales, unos mejores o más mediocres que otros, que de todo da la mata; la Cuenca que un día escuchó un estruendo procedente del Cajas, que la mayoría recuerda aún pero que nadie supo nunca cuál fue su origen, y solo quedó la especulación en torno a meteoritos y objetos voladores no identificados; la Cuenca que el 1 de diciembre de 1999 celebró con júbilo y orgullo la inclusión de su centro histórico en la lista del patrimonio mundial, sin saber muy de qué iba aquello ni en qué exactamente se estaba metiendo; la Cuenca que cada año en vísperas de noviembre elige a su reina de belleza de entre las más lindas niñas blanco-mestizas de la localidad, de apellidos sonoramente hispanos y europeos, que no dejen duda alguna de la alcurnia o, por lo menos, de una ascendencia sin mayores mezclas indígenas o, peor aún, afro. La Cuenca que no se atreve a organizar un certamen en que todas las mujeres cuencanas estén representadas, pues para eso tiene cada una de sus castas un concurso especial: las cholas, las señoritas de los barrios, las quinceañeras, cada una en su nivel y sitio, por no decir en su casta.

La Cuenca que hoy pugna entre varios grupos por enfrentar su futuro mediante una manzana de la discordia llamada tranvía, en cuyo proceso de construcción se han cometido tantas falencias y metidas de mano, además de acusaciones de culpabilidad entre bandos, que hay decenas de familias perjudicas por la dilación y la torpeza.

La Cuenca que alguna vez se supo Tomebamba, pero que antes de eso tuvo un pasado orgullosamente cañari que la llamó Guapdondélig, y así lo proclamó alguna vez uno de sus hijos grafiteros, en pleno centro histórico, asumiendo un mestizaje innegable que grita por los poros y por los cuatro costados de la urbe: ¡Aquí es Guapdondélig!

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Francisco Álvarez González: Filosofía en una Cuenca bucólica

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Por entonces resultaba fácil recorrer la pequeña urbe que era Cuenca, desde la perspectiva del peatón. Su condición de bucólica, aun presente dentro del área urbana, era evidente al traspasar cualquiera de sus límites. Fue a esa ciudad a la que llegó, en enero de 1952, uno de los brillantes discípulos del autor de La Rebelión de las Masas, don José Ortega y Gasset: Francisco Álvarez González.[1] Apenas una veintena de días después, aquél sería el eje, junto a un grupo de españoles y cuencanos, en torno al cual convergería la fundación de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, de la cual sería su primer decano.

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José Ortega y Gasset

De la mano de esa responsabilidad asumiría también la tarea de escribir, de manera incansable, textos filosóficos de los cuales carecía la incipiente Facultad. La revista Anales de la Universidad de Cuenca será uno de los mayores recipientes de sus escritos, y es también memorable entre quienes tuvieron el privilegio de contarlo como maestro, su libro Historia de la Filosofía, escrito en esta ciudad sin contar para ello con un buen fondo bibliográfico que, para entonces, era inexistente en Cuenca: “Ya el hecho de que una de mis primeras preocupaciones fuera escribir una relativamente extensa historia de la filosofía, se debió no a ningún interés personal de momento por el tema, sino al deseo, que casi era un deber, de que los alumnos pudieran contar con un libro de texto sobre esa materia.” De igual manera recomendaba la lectura directa de obras y autores, para lo cual se valía de una antología preparada por su célebre condiscípulo, también pupilo de Ortega y Gasset, Julián Marías (padre del más célebre novelista español contemporáneo, Javier Marías).

De Marías recuerda: “Fue condiscípulo mío. Terminamos en 1936 la licenciatura juntos, un par de meses antes de que estallara la Guerra Civil. No mantuvimos mucha correspondencia pero sí manteníamos una relación de amistad a lo largo de tantos años. Por ejemplo, hace unos diez años fue a Costa Rica a dictar conferencias y llegó a mi casa. Y hace unos dos o tres años estuve yo en el homenaje que le hicieron en España”.

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Francisco Álvarez, fundador de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, fue condiscípulo y amigo del filósofo español Julián Marías, padre del escritor Javier Marías.

Si Álvarez llegó a América fue precisamente como consecuencia de la Guerra Civil, al hallarse perseguido por Francisco Franco, el Generalísimo, bajo cuya dictadura permaneció dos años encarcelado. Antes de la guerra había ganado una cátedra, que sin embargo el gobierno franquista le arrebató como represalia por su postura de izquierda. “Fue por la Guerra Civil Española y por la cosa autoritaria de la dictadura de Franco, por la forma como éste persiguió a sus enemigos políticos, que como tantos otros intelectuales tuve que optar por buscar otros rumbos y abandonar España.”

Desde el punto de vista del desarrollo, la España en que transcurrió la juventud de Francisco Álvarez daba la impresión de un país subdesarrollado, recuerda, pero se siente orgulloso de que el mundo entero haya progresado de una manera extraordinaria, y que hoy en día su país no tenga nada que envidiar a otras naciones europeas.

Para el nonagenario filósofo, el fenómeno migratorio es un hecho necesario en países como España, donde los trabajos que ciudadanos de otros lugares llevan a cabo son labores que los españoles ya no quieren efectuar, y, en consecuencia, habrá siempre fuentes de trabajo para los inmigrantes.

A través de un diálogo muy rico mantenido con este interlocutor, Álvarez se confiesa eminentemente orteguiano. Conserva intacta su lucidez y aparenta menos edad de la que tiene. Su conversación abarca tanto los catorce años que vivió en Cuenca como sus posteriores residencias en Chile y Costa Rica. En todo ese tiempo dejó huellas intelectuales y físicas, además de lazos familiares en cada uno de esos países.

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El pasado 31 de enero, exactamente cincuenta años después de haber fundado la Facultad de Filosofía, estuvo una vez más en Cuenca. Diez años atrás, para la celebración del cuadragésimo aniversario, había reconocido su contribución a lo que llamó un hito en la vida cultural cuencana: “Creo, sinceramente, cuando ahora recuerdo aquellos años, que la obra que llevamos a cabo, la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras, un al principio muy corto grupo de profesores cuencanos y españoles, señala un hito importante en la historia cultural de esta amada ciudad de Cuenca.”

Febrero de 2002

Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, Cuenca, 2016

[1] Francisco Álvarez González (Madrid, 1912Heredia, Costa Rica, 2013),  filósofo español, discípulo de José Ortega y Gasset, Manuel García Morente y José Gaos, entre otros, y condiscípulo de Julián Marías, Antonio Rodríguez Huescar y Manuel Granell. Fue profesor de Literatura y Griego en el Liceo Francés de Madrid y de Filosofía y Economía Política en otros centros educativos. En 1952 viajó a Cuenca (Ecuador), donde fundó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, siendo su primer decano. Fue profesor y director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Concepción hasta 1971. En 1973 se radicó en Heredia, Costa Rica y fue profesor de filosofía en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Nacional de Costa Rica. También en Costa Rica fue profesor de la Universidad Autónoma de Centro América. (http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_%C3%81lvarez_Gonz%C3%A1lez)

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Felipe Aguilar: la Educación es un Acto de Amor

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A los 20 años de edad todos los que sufrimos la pasión por la lectura, por la literatura, de alguna forma nos creemos sobre todo poetas, y así caminamos por nuestros microcosmos con un pesado paquete de poemas a cuestas, que son en realidad decepciones amorosas de adolescente, amenazando a quien se nos cruce con obligarlo a que los lea. Algo así le ocurrió hace 16 años a Felipe Aguilar Aguilar, profesor de literatura de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca. Obligado a leer esos versos, un día se sentó ante una hoja en blanco y escribió, a mano y con lápiz, la respuesta que el alumno esperaba: “Disculpe, la letra no es mala –decía al final del manuscrito-, es pésima”.

Más de tres lustros después, el antiguo alumno que todavía conserva aquella hoja de papel que de alguna manera modificó su vida, se reencuentra con el maestro, esta vez para dialogar, en una suerte de entrevista que revela muchas facetas de lo que ha sido la capital azuaya durante los últimos cuarenta años. Fanático, a su modo, del fútbol, de su ciudad Cuenca, de la buena literatura; él mismo un periodista a cuya pluma podría calificársela como de alto vuelo, y con un terror que no oculta por el lugar común, he aquí el fruto del diálogo con uno de los personajes e intelectuales más interesantes de la Cuenca contemporánea.

RA: Comencemos hablando de la actividad que ha sido el eje de su vida profesional y de su misma existencia: la docencia.

FA: Yo me eduqué en el antiguo colegio normal Manuel J. Calle, donde desde primer año ya se nos hablaba de ser profesores. Mi vocación surge a partir de la admiración que siempre tuve por mi padre, Víctor Gerardo Aguilar, y por el hecho de que me matriculé en un colegio que formaba profesores de escuela. Él fue rector del colegio Manuel J. Calle durante más de veinte años. Fundamentalmente se dedicó al periodismo y al magisterio. En general, yo diría que mi familia ha sido de profesores y periodistas.

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Es decir que usted fue más bien el único que se decidió directamente por la docencia, aunque con posterioridad hemos constatado cierta actividad periodística…

Los Aguilar Arévalo fueron esencialmente periodistas: Roberto Aguilar Arévalo, Maximiliano, mi padre Víctor Gerardo, y el último, que falleció hace poco, Francisco Eugenio Aguilar. En el caso suyo fue el periodismo casi con exclusividad, que incluso han heredado sus hijos: Juan Pablo Aguilar, que ahora veo que escribe en El Tiempo, y Roberto, muy conocido en el periodismo ecuatoriano. Yo estuve siempre con la idea latente del periodismo, al cual nunca me pude dedicar porque el magisterio me absorbió. Siento que ya me queda poco de esa pasión que tuve por la docencia; con los años se ha atenuado, ha disminuido.

Alguna vez le escuché decir que se convirtió en decepción…

Hay etapas bien frustrantes en el magisterio. Sí, las hay. Uno pierde un poco el ímpetu, y en algunas ocasiones en el proceso de evaluar cree que los culpables son los jóvenes, a quienes siempre les tildamos de falta de responsabilidad, de falta de dedicación, de ausencia de capacidad receptiva, etc. Pero en realidad quizá los grandes culpables somos los docentes, que seguimos inmersos en esa idea del Magister Dixit, de que nosotros somos los poseedores del conocimiento; les pretendemos solo transmitir, y nunca creemos ni nos planteamos la posibilidad de que lo fundamental es que el alumno aprenda a aprender.

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¿Y no es eso un reflejo más bien del sistema educativo?

Sí. En la educación nacional se han hecho muchas marchas, contramarchas, reformas, contrarreformas, seminarios; se ha gastado mucho dinero en discusiones a veces bizantinas y estériles, y nunca ha habido una política educativa. Cada ministro ha venido y ha modificado pequeños detalles, cambiando algo para que todo siga igual. Confío en el Plan Decenal de Educación que ha planteado Raúl Vallejo, ya como política de Estado, de tal manera que haya continuidad, y de tal manera que las nuevas autoridades no vengan y barran lo que ha quedado hecho anteriormente.

¿Tras culminar los estudios en el Normal Manuel J. Calle, en dónde comienza a ejercer la docencia?

En una escuelita cercana a Cuenca, la Hipólito Mora, en la parroquia Checa. Pese a la cercanía, eso me imposibilitaba seguir estudios superiores; por lo tanto comencé a estudiar solamente cuando vine a una escuela municipal de esa época. Las escuelas municipales eran la Julio Matovelle y la Federico Proaño, que tenían un esquema y una metodología muy adelantados para esa época. Tuve que asimilar todos esos procesos para no cometer muchos errores, y creo que me defendí. Pero en el balance final sí debo aceptar que fui un pésimo profesor de escuela. Éste necesita no solamente de paciencia, de eso que llaman mística, de eso que llaman vocación, sino también de una habilidad especial. Educar en escuela es, considero yo, un arte, que no se aprende con muchos visos de pedagogía o con eventos académicos de gran nivel, sino en la práctica. Para aprender a nadar hay que lanzarse al agua, y el profesor de escuela se hace en la docencia, en el contacto con los niños.

¿Y por qué se diferencia del profesor de enseñanza media?

Yo he trabajado en los tres niveles, pero la receptividad y la capacidad de preguntar, inquirir de parte del niño es muy superior a la del adolescente o del joven. Y muchas veces lo que hacemos es una pedagogía de las falsas respuestas, de las respuestas convencionales, de las respuestas políticamente correctas, y no dejamos que el niño vuele, imagine, cree.

¿Cuándo llega la época en la que comienza a dar clase en los colegios?

Curiosamente yo fui primero, de forma simultánea, profesor de escuela y de universidad. Terminé mis estudios en la Universidad en 1970; perdimos un año porque en esa época a Velasco Ibarra se le ocurrió clausurar la Universidad. Al mismo tiempo, el doctor Efraín Jara, decano en esa época, me llamó para ser profesor accidental. En 1976 fui a trabajar al colegio Luis Cordero de Azogues, que por entonces era un colegio Normal. Tiempo después, Claudio Malo, como Ministro de Educación, creó los institutos normales superiores, que yo creo que fue una medida negativa. Los antiguos normales formaban auténticos profesores, jovencitos, a los 18 años. Ya salían con una formación, pensaría que bastante sólida, sobre todo por el hecho de que teníamos prácticas pedagógicas. En quinto y sexto curso nos incorporábamos ya a la docencia. No sé cómo funcionan ahora los institutos normales superiores. Cuando el Ministro creó los institutos, los colegios de este tipo pasaron a ser instituciones regulares, que ya no formaban maestros. Entonces hubo que crear una serie de especialidades sobre la marcha. Fue una medida quizá muy rápida, sin mayor reflexión.

Trabajé tres años en Azogues, y luego vine acá, al colegio Herlinda Toral, desde 1978 hasta 1982 como profesor, y desde 1996 como rector.

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¿Qué le dejó esa experiencia como rector?

Lo negativo, diría, es la falta de contacto con el alumno. El rector está un poco distante, en funciones puramente administrativas. Perdí la costumbre de dictar las clases, que sobre todo en mi caso siempre han sido diálogo permanente con los alumnos. Creo que sí he usado lo que a partir de Paulo Freire dicen que es la gran verdad pedagógica, y creo yo en ella: la pedagogía de las preguntas, más que de las respuestas. Creo, aunque sea un lugar común, una frase hecha, en eso de que la educación es comunicación, es diálogo permanente. En un plano de absoluta horizontalidad, nadie es superior, nadie es inferior, nadie es sabio, nadie es ignorante. La búsqueda del conocimiento a través de una interacción entre profesor y alumnos.

¿Llegó a esa posición a partir de reflexiones teóricas o desde la práctica misma?

En la práctica, y también [puede parecer pueril o insignificante lo que se dice] tengo que confesar: en mí influyó mucho una película, La sociedad de los poetas muertos. Ahí, precisamente, se plantea esto de la educación activa, de la educación de preguntas, de la búsqueda de caminos; no creer que nosotros señalamos definitivamente el camino, y que la educación es una especie de robotización, de domesticación. La ruptura del esquema de la presunta superioridad del profesor. Una educación en libertad, para que el joven sepa ejercer esa libertad.

¿Pero eso rige para los tres niveles?

He tenido muchos profesores. Quien sí se merece, para mí, el nombre de maestro, fue Alfonso Carrasco Vintimilla. Lo conocí cuando era muy jovencito él, y yo también muy joven. Él, culminados sus estudios, ya fue profesor nuestro en la Universidad. La facilidad de comunicar que tenía Alfonso, ese método un poco socrático que tenía para interrogar, para conducir nuestros razonamientos, nuestras ideas, para guiarnos en las lecturas. Yo siempre amé la lectura, pero con Alfonso me apasioné por ella. Él fue quizás el que más haya influido en mi cosmovisión, en mi manera de ver el mundo y de interpretar la existencia.

También tendría que mencionar a alguien que nunca me enseñó inglés, porque era profesor de inglés, pero que sí me enseñó a amar la vida, y gozar a la vida y sufrir a la vida, y a vivir cada noche como si fuera la última, y cada mañana como si fuera la primera: Francisco Estrella Carrión. Una figura inolvidable para los que le conocimos, que lamentablemente nunca dejó huella escrita, nunca escribió textos, a no ser su participación en La Escoba. Pero nunca llegaremos a saber qué es lo que realmente escribió el Paco. Fue una especie de Sócrates cuencano. Nunca fue profesor de aula sino de café; por qué no decir que fue un profesor de cantina, porque él era un dipsómano que bebía mucho; y bebía también con cierta frecuencia con sus alumnos. Él decía: <<No siempre con los mismos porque tengo que ser democrático…>> [ríe]. Pero era un ser singular, distinto, irrepetible. Es difícil encontrar alguien como fue Paco. Con la sabiduría, la cantidad de lecturas; un hombre que a través del humor dejaba reflexiones y pensamientos verdaderamente profundos; el auténtico guía, y eso se supone que es el maestro…

¿Y todas esas anécdotas que se dicen de él, son reales o se han ido distorsionando con el tiempo?

Se han ido distorsionando mucho. A veces incluso no hay concatenación cronológica. Lo que pasa es que a nivel de coloquio, de la conversación diaria, suena bien decir <<el Paco decía esto…>> Es una especie de defensa que hace la persona, para justificar, darle nivel o poner en un plano alto el chiste o la anécdota graciosa. Pocas de las anécdotas que se cuentan del Paco son de él. Mucho se ha agregado con el tiempo. Se ha hecho leyenda.

¿Efraín?

Efraín Jara estaría en la línea del expositor más brillante que yo haya escuchado. No creo que él haya sido un maestro de los tradicionales, sistemático, ordenado, comunicador, transmisor de conocimientos, que pretendía solamente robotizar, domesticarnos. Efraín también nos dejaba mucha apertura, mucha posibilidad de leer, evaluar, comentar y criticar lo que leíamos. Y todos los que hemos sido alumnos de él sabemos que a la vera de él, desde la sombra de él o más bien desde la luz de él, nos hemos forjado los que podríamos decir que somos de la escuela de Efraín. Nadie puede negar, sería absurdo discutir, todo el bien que ha hecho Efraín a través de su magisterio. Yo valoro muchísimo la poesía de Efraín, pero también su capacidad de incentivador de vocación, su magisterio en definitiva. No quiero decir con esto que sea un mal poeta. ¡Es un gran poeta!

¿Cómo llega Felipe a la literatura, en qué momento?

Yo diría que en la niñez; los primeros textos que caían en mis manos yo ya los leía, los devoraba. Había un hermano mayor a mí como once años. Se llamaba Jacobo Aguilar, y era el lector más insigne que he conocido, y he conocido a grandes lectores. No en el sentido de devoradores de libros, que comen mal y digieren peor, sino en el de selectivo y lector con espíritu crítico: saber juzgar, valorar y discernir, en definitiva, lo que es literatura auténtica de lo que es hojarasca, simple adorno, simple relumbrón, simple éxito.

En aquellos remotos años circulaba una revista argentina que se llamaba Leoplán. Era semanal, e incluía en cada edición una novela clásica. Así que en Leoplán yo leí a Verne, a Dumas, a Dickens, a Balzac, a los rusos. Es decir, fuera del colegio yo leía, pero tengo que admitir que en el colegio nadie me enseñó a leer. Las clases de literatura no eran más que vida de los autores. Leíamos uno que otro texto, la cuentística cuencana con Alfonso Cuesta y Cuesta, César Andrade y Cordero, y Arturo Montesinos Malo, pero muy esporádicamente. Ya en sexto curso, era la vida de José Joaquín de Olmedo. Tengo que admitir que escuela y colegio no me enseñaron a leer. Y creo que es un drama que después de un montón de años se sigue repitiendo, aunque los profesores de literatura sí queremos un poco cambiar eso, y comprender que somos profesores de comunicación y de lecturas más que nada. Mi inclinación por la literatura nace ahí, cuando me hago lector. Pero cuando ya definitivamente se despierta la pasión por leer es a través de las cátedras de Efraín y de Alfonso.

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¿De qué manera ese estudio de la literatura en la Universidad le empujó más a la crítica que hacia la creación? Me parece que pudo haber influido, aunque estoy especulando…

No niego que tuve mis escarceos, mis intentos de creación, pero siempre los mantuve escondidos, guardados en algún sitio porque nunca me convencieron. Escribí algunos textos, fundamentalmente relatos, pero después tenía una sensación de insuficiencia, de impotencia, unas ganas inmensas de hacer lo que inmediatamente hacía: romperlos, porque ni siquiera tenía la esperanza de dejarlos reposar para después decantarlos. Nunca me sentí capaz de crear. Entonces opté por convertirme en lo que decía Alfonso: una especie de parásito de la literatura, porque los críticos se nutren de lo que hacen los demás. Pero siempre he tratado de que mis alumnos sean lo que yo creo ser: un buen lector. En definitiva, difícilmente a mí me meten gato por liebre, y por lo tanto difícilmente yo a mis alumnos les voy a recomendar libros de escasa calidad. Yo no creo que haya libros prohibidos. No hay libros prohibidos sino bien escritos o mal escritos.

¿Cuándo comienza a escribir crítica?

En los trabajos de clase que hacíamos con Alfonso y Efraín, que eran actividades calificadas. Pero de eso no creo que haya quedado nada. Entre los primeros textos que se publican está uno para colegio, en el que había un poco de crítica. Estábamos María Rosa Crespo, Joaquín Moreno, Jorge Dávila y yo. Ahora veo que lo utilizan para el programa de sexto curso de los colegios. Se llama Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana. Se trataba de adaptar al lector, pero sí hay algunos apuntes de crítica literaria. Yo desarrollaba las unidades sobre Jorge Icaza, por ejemplo, y el cuento ecuatoriano desde Juan León Mera. Claro que falta ahí actualizar, porque el texto debe ser de hace más de veinte años. Sin embargo, la Librería Nacional Salesiana [LNS] lo sigue haciendo circular.

Imagino que a continuación vendrían trabajos más rigurosos, quizá sistemáticos, como por ejemplo para el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana…

He sido siempre temeroso de la calidad de los estudios que yo pueda hacer de una manera sistemática. De tal manera que, en el Encuentro, del que algunos de los actuales profesores somos iniciadores, desde el año 1978 hasta aquí, una sola vez he presentado ponencia, creo que el estudio sobre el humor en la literatura. Después un poco me escudaba en el hecho de que como era director de la Escuela de Lengua y Literatura, era también un poco coordinador del Encuentro. Nosotros, los creadores del Encuentro, normalmente debimos haber tenido mayor participación. Los que siempre han estado presentando ponencias y trabajando han sido Jorge Dávila y María Augusta Vintimilla. Y, claro, alguien que no es profesor de la Universidad de Cuenca sino de la Universidad del Azuay, muy disciplinado y constante, Oswaldo Encalada Vásquez.

Hay por ahí la creencia de que Felipe Aguilar es un poco perezoso…

Bueno, sí, pero es sobre todo un poco de pereza intelectual. A veces uno, agobiado por otro tipo de actividades, va postergando los compromisos. Me han solicitado ahora que haga un comentario sobre la poesía jocosa de Luis Cordero, hace unos quince días. Yo dije que en ocho días lo entregaría. Pero hasta ahora lo único que he hecho es leer la poesía jocosa de Luis Cordero. A veces es también el vencer el temor a la pantalla en blanco. Sí, sí, asumo que sí podría dedicar un poco más de tiempo para escribir algunos textos…

¿Cómo llega al tema del humor?

Por una casualidad y una broma de Jorge Dávila. Se revisaban los temas para uno de los Encuentros de Literatura. Por alguna circunstancia, Jorge Villavicencio y yo faltamos al Centro Docente. A la semana siguiente ingresamos al Centro y Jorge Dávila comienza a leer los temas que íbamos a trabajar, y dice: “Como Jorge Villavicencio y Felipe Aguilar no estuvieron aquí, ellos que hagan sobre el humor en la literatura”. Fue un decreto… Yo hice la ponencia y Jorge el comentario.

Ahora, yo siempre he valorado el humor. El periodismo que hizo mi padre era muy humorístico y duro; era muy filoso, un hombre muy irónico. Alguna vez incluso eso le llevó a que le den una paliza poco piadosa. Tuvo muchos enemigos precisamente porque el humor lacera, cuando es de calidad. En ese sentido siempre más que creer que la vida sea un valle de lágrimas, creo que es un valle de alegrías, de risas. Es un buen escudo, una buena defensa para las miserias y las estrecheces de la vida cotidiana reírse un poco. La risa conserva la salud, nos mejora muchísimo.

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Pero ahora se considera a Felipe Aguilar como uno de los expertos sobre el humor en la literatura ecuatoriana…

Efraín también. Sus clases que más satisfacían eran las que él anunciaba como asistemáticas: <<Hoy día no les voy a dar clases dentro de los temas>>, decía. Se restregaba la cara, y empezaba la clase. Nosotros le seguíamos sin fiambre, porque significaba alargarse dos horas seguidas para conversar, discutir, porque era prodigiosa la capacidad que tenía para relacionar muchos temas. Eran las clases asistemáticas de Efraín Jara, que también tenían su buena dosis de humor.

Hace unos pocos años hubo un episodio que algunos criticaron y otros vieron con regocijo: la presentación de un libro del escritor David Ramírez Olarte. Algunos decían que mejor hubiera sido abstenerse de comentarlo…

Cuando David, a quien estimo mucho, y valoro mucho una de sus obras que se llama Después del concierto de la tarde, me dijo que le presentara el libro, le respondí: “Sí, no hay ningún problema, pero yo he de decir lo que crea”. Entonces dije lo que creía, que había cosas muy flojas que tenían que corregirse, decantarse, que había más bien una involución, que no dio el paso adelante sino sobre el propio terreno. No conozco que haya escrito nada más después de este texto, al menos no ha publicado. Pero yo no lo hice con maldad, con perversidad, sino que no creo tampoco que haya que hacer la presentación de un libro con una serie de hipérboles y exageraciones, y creer y decir que el autor ya es candidato al Premio Nobel de Literatura, que tenemos a la gran figura de nuestras letras, y que ya va a engrosar el panteón de los hombres ilustres.

El problema en general de nuestros escritores es que la literatura no les permite vivir, y por eso tienen que vivir agobiados por dictar clases o escribir la columna periodística. Entonces escriben en las tardes del domingo, dejando de ir al fútbol. Por fortuna a algunos escritores como el Jorge Dávila no creo que les gusta el fútbol, entonces tienen más tiempo para escribir. Pero insisto: si se hizo un daño fue totalmente involuntario. Lo que me sorprendía en David era que no había la exigencia, la prolijidad con la que había escrito, en cambio, Después del concierto de la tarde, que es uno de los buenos libros de la literatura regional o austral. Eso de la presentación de libros es una costumbre peligrosa. Pero tampoco significa que se le dé una altura sideral si no lo merece.

Después de Jorge Dávila y Eliécer Cárdenas, parece que las generaciones siguientes no fueron tan prolíficas, quizá escribieron pero no publicaron tanto.

Sí, yo creo que sobre todo en el campo de la narrativa, en el que no hay el cambio de posta, el relevo en la literatura del Ecuador. Los escritores de la Generación del 74, según Juan Valdano (los nacidos entre 1944 y 1954), son los que siguen produciendo y continúan en primer plano: Raúl Pérez, Marco Antonio Rodríguez, Abdón Ubidia, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Jorge Dávila, Jorge Velasco. Se podría formar un buen equipo de fútbol. Hay cantidad y calidad en esa generación. Después, el vacío. El mismo Cristóbal Zapata debe estar ya en torno a los 40 años de edad. Hubo un taller de literatura que dirigió Miguel Donoso Pareja, que publicó un texto llamado Cambio de posta hace algunos años. De esos escritores no había nadie rescatable. Y creo que la mayoría apagó ya la computadora. Tomando en cuenta que Rubén Darío publicó Azul a los 16 años, y Medardo Ángel Silva a los 20 ya se pegó el tiro; y Rimbaud a los 20 dejó dicho todo lo que quiso decir. Efraín Jara y Jorge Enrique Adoum siguen siendo los dos referentes fundamentales de la poesía ecuatoriana; sin embargo estoy de acuerdo con que en la poesía sí hay nuevas generaciones.

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¿De qué manera influyó el movimiento juvenil de los años sesenta, Mayo 68?, ¿cómo los marcó?, ¿qué tan conscientemente se vivieron esos años de rebelión, de despertar, del rock? O quizá en el Ecuador los jóvenes de esa época aún escuchaban pasillos…

La revolución de las flores y los grafitis sí nos marcó, pero más que a nivel de acción, a nivel de penetración de uno mismo y encuentro de sus propias ideas. Podía influir más eso que estaba sucediendo en París, en La Sorbona, que leer en ese momento el Manifiesto Comunista o tratar de leer algún capítulo de El Capital de Marx. En esa época nos daba marxismo Francisco Olmedo Llorente. Nos llegaba poca información, pero en junio o julio recibimos una conferencia de quien después sería profesor de nosotros: Juan Cueva Jaramillo. Él había estado en París, y llega y nos da una conferencia sobre Mayo de 1968. Sencilla, anecdótica, y sobre todo una lista de las frases inmortales de los jóvenes franceses: la imaginación al poder, somos realistas queremos lo imposible, prohibido prohibir. Pero influyó en una revolución mental en los que fuimos en esa época jóvenes. No a nivel de acción.

Es decir, ustedes no usaban pelo largo, escuchaban a Los Beatles ni fumaban marihuana…

Había un grupo, más bien diríamos de existencialistas. No precisamente nuestro grupo. He escrito algo sobre eso en estos días. El grupo Syrma, compuesto por gente mayor a nosotros y anterior al 68, era una especie de agrupación tzántzica cuencana, iconoclasta, que rompía barreras e iba en contra de los esquemas. Era un grupo del cual quedó la poesía de Rubén Astudillo, que lo dirigía. Había también uno que otro existencialista muy influenciado por la lectura de Kafka, por el pesimismo de Kafka, que influía mucho más que Camus o Sartre. En vestuario y modas, el vértigo de la motocicleta en los de Syrma, en quienes influyeron películas de un actor norteamericano, James Dean: Al este del paraíso y Rebelde sin causa.

Tardábamos mucho en reaccionar, pero en todo caso los sesentas fueron definitivos. Nos golpearon a todos. Fue una época irrepetible. El mundo vivía tal vértigo que hasta las ciudades escondidas como Cuenca llegaban esos ecos: Los Beatles, James Dean, la filosofía existencial, el Che, la Revolución Cubana

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Con su nieto, compartiendo una tarde de fútbol en apoyo al Deportivo Cuenca, el equipo de la ciudad.

Pero ustedes fueron también, en la década siguiente, los primeros desencantados…

SÍ. El nombre que le pusieron fue el de la década del Desencanto. Se veía que tras esas bellas luces o consejos, normas que de alguna manera rompían la norma, sobre todo con el hippismo, había la corriente que odiaba el hippismo, y la de quienes lo admirábamos pero no nos atrevíamos a entrar en esa onda. Cuenca no estaba en esa onda. Recuerdo en esa época que el Raymipamba [tradicional café-restaurant cuencano, que aún se mantiene en el Centro Histórico, frente al Parque Calderón] era una especie de cenáculo intelectual: Paco Estrella, el poeta cañarejo Noboa [según el historiador Rodolfo Pérez Pimentel, Cronista Vitalicio de Guayaquil, Enrique Noboa Arízaga no era azogueño sino cañarejo], Rubén Astudillo. Este último planteaba formas de oponerse al conservadurismo cuencano, que no eran solamente trivialidades ni bromas negras, sino en las cuales él pensaba seriamente. Claro, nunca las llegó a hacer: poner veneno en los tanques de agua potable, o entrar montado en la moto en el Club del Azuay, o deambular desnudo unos días por el Parque Calderón a la hora de las retretas. Rubén fue en su actitud muy iconoclasta. Después se amoldó al sistema: pasó a ser director del Departamento Cultural de la Municipalidad, y terminó de diplomático. El rebelde de ayer se volvió el conformista y el abúlico. Hasta la poesía de él se remansó tanto que perdió la calidad que tuvo. Pero Rubén Astudillo es un momento importante en la historia cultural cuencana.

Se le considera la figura poética más importante luego de Efraín…

Sí, es verdad, y precisamente ésta era la época del silencio de Efraín, a quien luego sus libros le hacen ser el poeta por excelencia, el poeta por antonomasia en Cuenca, pese también a los múltiples problemas que le crearon los oligarcas y los aristócratas y pseudo intelectuales cuencanos. Cuando él presentaba In Memoriam, era un ataque a toda esa manera de ser cuencana, cerrada, provinciana, de creerse familias de abolengo. Tiene unos versos en los que dice: Viejas quijadas, viejas quejudas, viejas cojudas, viejas con piojos en las trompas de Falopio. Y en la presentación estaban justo esas viejas, en primera fila, y a él se le ocurrió leer eso. Fue un escandalete, pese a que Cuenca ya no era tan pequeña, aunque seguía siendo pacata, muy gazmoña la ciudad.

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¿Se está convirtiendo en una suerte de cronista de la urbe sin quererlo?

Siempre he creído que Cuenca, con hipérbole y todo, es la ciudad más linda del mundo, pese a lo insoportables que somos los cuencanos en las diferentes etapas de nuestra vida. Me he orientado, más que al elogio, un poco a señalar nuestras lacras, nuestras actitudes, nuestros estereotipos, nuestro chauvinismo; aquello de creernos que tenemos la mejor catedral de América Latina; esos pequeños orgullos provincianos de la ciudad culta, de la Atenas del Ecuador, más bien creo que nos han hecho daño. Aparte de eso, a Cuenca la amo profundamente. Es la ciudad en la que nací, en la que quisiera morir. Creo que es la única ciudad en la que viviría. Quizá Quito también…

¿Y de dónde surgió aquello de la Atenas del Ecuador?

Creo que a partir del intento de coronar a Luis Cordero. Por fortuna para él, se muere en 1912, y no le someten a ese martirio de coronarle. Pero sí es víctima de la coronación, a lo mejor con beneplácito, Remigio Crespo Toral. A él sí lo coronaron, y entonces sí se proclamaba la identificación, la simbiosis Cuenca ciudad de la poesía. Quizá allí surge el nombre de Atenas del Ecuador.

Pero parece que las últimas generaciones están haciendo que el mito de la ciudad cultural se convierta cada vez más en una realidad…

Aunque sea un lugar común, lo importante es que nos hagamos merecedores de esa consideración de Cuenca como la ciudad cultural por excelencia; la ciudad en la que hay vida intelectual, amor por el arte. Cierto es que tenemos acontecimientos de trascendencia como la Bienal de Pintura, el Encuentro sobre Literatura, encuentros de Historia, pero también hubo situaciones como la Fiesta de la Lira, que nos hicieron mucho daño. Como decíamos en La Escoba, no era la fiesta de la lira sino la farra de la lora. Era el endiosamiento: solo en Cuenca nacemos con olor a poesía, como si los cuencanos ya supiéramos hacer rimas desde los primeros berrinches, o como si la poesía se acabara en El Descanso.

Efraín Jara Idrovo, Jorge Dávila Vázquez, Felipe Aguilar Aguilar, Iván Carrasco Montesinos

 

Revista El Observador, Nos. 36-37,

Noviembre de 2006-Febrero de 2007

Cuenca-Ecuador

Fotos: Procorp, Catalina Sojos, Chino Felipe Aguilar Jr.