Edgar Vivar: cuando Ñoño se despidió de Latinoamérica

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“Alguna vez dijo un filósofo nada de la actividad humana me es ajeno, y sobre eso es lo que va a versar la plática. Yo no soy conferencista, va a ser una plática nomás, y voy a hablar de lo único que sé, que es mi vida, en la que he tratado de dominar tres aspectos del quehacer humano: medicina, humor y humanismo”. Así se refería el actor mexicano Edgar Vivar a la charla que se preparaba a compartir con los alumnos de la Universidad del Azuay, a su paso por Cuenca, durante las festividades de independencia de la ciudad.

Conocido por haber interpretado durante 25 años a varios de los más populares personajes de la televisión mexicana, y por extensión latinoamericana, Edgar Vivar llegó a Cuenca para presentar una vez más al querido Ñoño, al cual despidió precisamente en esta ciudad. Dueño de una fuerte personalidad, Vivar es mucho más que el actor cómico que acompañara al inmortal Chespirito en la televisión. Su amplia cultura humanística lo convierte en una figura muy interesante a la hora de charlar con él en una entrevista exclusiva para Qué Nota. Por ello, él mismo todo un personaje, no dejó de sentir cierta indignación al haber sido interpelado, antes que entrevistado, por la periodista de algún importante medio local que, a decir de este admirador de Buñuel y Spielberg, de Los Beatles y de Ravel, “tenía un coeficiente intelectual inferior a la suela de un zapato.”

La vida y la carrera de Edgar Vivar, huelga decirlo, están signadas por lo que fue su trabajo junto a Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, cuyos programas son un clásico latinoamericano inclusive en países no hispanos como Brasil.

Los personajes de la Vecindad del Chavo: Quico, Doña Florinda, La Bruja del 71, Don Ramón, el Profesor Jirafales, el señor Barriga, la Chilindrina, y el Chavo.

Los personajes de la Vecindad del Chavo: Quico, Doña Florinda, La Bruja del 71, Don Ramón, el Profesor Jirafales, el señor Barriga, la Chilindrina, y el Chavo.

Rodrigo Aguilar: ¿Cómo explicas la vigencia de ese fenómeno sociológico, que es todo un clásico televisivo?

Edgar Vivar: Yo creo que es muy universal en su contenido. En todas partes siempre habrá un niño que no es muy brillante intelectualmente porque está mal alimentado, o habrá una mujer que esté echando a perder a su hijo porque lo sobreprotege, y habrá un señor que no pague el arriendo, sobre todo en nuestra América Latina. Pero no solamente en América, porque si tú bien mencionabas que en Brasil ha sido traducido al portugués, el programa está en cerca de 43 países. Ha sido traducido al tagalo, al marroquí, al italiano, y en todos lados ha tenido éxito, porque yo creo que apela a situaciones y a personajes muy universales.

R.A.O. A ello podría agregarse que sus personajes infantiles son totalmente verosímiles. La gente cree que son niños y eso es algo que no cualquier actor logra. Esa conjunción de talentos fue también muy especial, histórica inclusive.

E.V. Concuerdo contigo. Fue una serie de circunstancias muy afortunadas. Tener un magnífico libreto, que es la verdadera estrella del programa. Siempre lo señalo porque esa es la verdad. Había un balance entre todos los personajes, y es lo que admiro yo en Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, que pudiendo haber escrito lo mejor para él, lo repartió generosamente entre todos sus personajes. Una prueba fue Kiko (Carlos Villagrán), quien duró ocho años en el programa, nada más, y se separó por decisión propia cuando más se lucía su personaje. Eso fue porque Chespirito lo escribía, porque el programa lo demandaba. Y cuando él salió del programa nunca tuvo el mismo éxito. Repitió el mismo personaje, estuvo en Venezuela, Chile y Argentina, y jamás igualó el éxito y la penetración que tuvo con todo el equipo del Chavo.

Pero ya hacia el final de los 25 años que duró el programa, era visible cierta decadencia…

Eso es lógico después de 25 años, aunque también depende de lo que tengas tú por decadencia. Hay que renovarse. Yo hablo de lo general a lo particular. En mi caso, estoy despidiendo el personaje de Ñoño porque ya no me siento a gusto haciéndolo. Adoro mi personaje, lo quiero mucho pero también soy realista: ya tengo más de 50 años y no puedo estar haciendo un personaje de un niño de nueve años, por respeto al público, por respeto a mí mismo y, sobre todo, por respeto al personaje. Y estar haciéndome competencia a mí mismo, a los ojos de algunas personas podría llamarse decadencia.

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Entre tus personajes, Ñoño, el señor Barriga, el Botijas, ¿cuál es el que preferías o aquél con el que más te identificabas?

¿Tú tienes hijos?

Sí.

¿A cuál quieres más…? El señor Barriga me dio la oportunidad de proyectarme, de ser conocido. Ñoño es un personaje al que amo entrañablemente porque es tocar mi niño interior y ponerme como los niños. Y Botija es un personaje muy libre, que me permite jugar también con una serie de situaciones.

Aunque el Botijas luce más cándido que el anterior, el Peterete, que era interpretado por Ramón Valdez…

Sí, bueno, es todo un caso. Los caquitos son un tema de análisis, no quiero decir profundo pero sí muy concienzudo. En ese entorno nunca fueron realmente ladrones. Eran ladrones frustrados, que hacían el bien sin proponérselo.

¿Te costó más el personaje de Ñoño, porque había que hacerlo verosímil, en tanto niño, ante los ojos del público?

Nunca me he detenido a pensar en eso. Yo soy un actor de vivencias, un actor vivencial. Creo en lo que estoy haciendo, y realmente en el momento que me desprenda y vea yo si estoy haciendo el ridículo o no, dejaría de tener veracidad.

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Pero el programa también debió haber tenido críticas en México.

Como todo. Yo te puedo decir que nadie es profeta en su tierra. El fenómeno del Chavo comenzó en México y se fue extendiendo como las ondas de agua cuando dejas caer una piedra en un lago. Empezó a expandirse en toda América, y a pesar de las críticas y todo hoy se sigue transmitiendo en México, lo mismo que en Guatemala, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Panamá… y hemos recorrido toda América, puede decirse que desde Alaska hasta Tierra del Fuego.

¿Qué hacías tú, como actor, antes del Chavo del 8?

Hacía comerciales para la televisión. Para mí hacer comerciales era, valga la redundancia, comercializar algo que hacía yo por gusto. Yo empecé haciendo teatro en la universidad. Fui parte de la compañía de teatro universitario, cosa que hacía por placer. Empecé haciendo teatro cuando estaba en la preparatoria, porque tenía que llevar una actividad estética a fuerza, y nunca lo hice. Entonces, en el último año, el director me insistió en hacerlo porque, si no, no iba a poder graduarme. Y en el único grupo donde había lugar todavía, pues ya estaban copados fotografía, canto y modelado, era en teatro. Bueno, sí me gustaba el teatro, pero como espectador jamás pensé que iba a subir. Yo no quería darme la oportunidad. Estaba muy acomplejado por muchas cosas. Para subir al escenario me insistieron tanto, tanto, tanto, que ya nunca me bajé. Es decir, seguí haciendo teatro en la preparatoria y después en la universidad. Estudiaba la carrera de medicina y estudiaba la carrera de licenciado en arte dramático, de la que no me desligué.

¿Y cómo se origina tu paso a la televisión?

Un día, un cazatalentos me vio para hacer un casting para un comercial. Me insistió, pero el hecho realmente se dio porque andaba yo con una muchacha que sí quería ser actriz. Ella fue la que me llevó al casting, y no se quedó en el comercial sino que me dieron el papel a mí. Estamos hablando de 1970. Me escogieron para ese y luego no fue uno sino muchísimos los que hice, y para mí era como un aliciente económico muy importante, porque en esa época estaba haciendo el internado y me pagaban 900 pesos por un mes de trabajo, mientras que por un día de trabajo haciendo comerciales me empezaron pagando 2000 pesos. Entonces no había que pensarlo mucho.

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¿Cuándo y cómo aparece Roberto Gómez Bolaños?

A raíz de todos estos comerciales, un conocido mutuo nos contactó. Fui a verlo, me dijo que me había visto en los comerciales, que le parecía yo buen actor, y me preguntó si me gustaría trabajar en la televisión. Además me preguntó si sabía usar el apuntador electrónico. Y yo, ¿qué es eso? Ah, bueno, perfecto– dijo-, vente que aquí no usamos apuntador electrónico. Tú eres gente de teatro.

¿Y en qué edad estaban ambos por entonces?

Él es 21 años más grande [mayor] que yo, y yo tenía 20 años en aquella época.

¿Cuál fue el primer personaje, el del señor Barriga?

El primer personaje fue un re-make en un pequeño sketch del doctor Chapatín, donde tenía que decir únicamente un par de frases, pero tenía que llevar cierto ritmo. El ritmo de comedia es muy difícil, hay que sentirlo. Por eso no usamos el apuntador electrónico.

¿Cómo fue la relación entre todos los actores?

Como la de una familia. Y eso quiere decir que también había diferencias, pero la mayor parte del tiempo nos llevábamos bien. No hubo ninguna diferencia que la razón o el diálogo no pudieran salvar, no pudieran limar.

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Siempre se me ha antojado que las cachetadas de doña Florinda fueron las que mataron a don Ramón…

(ríe a carcajadas)… No lo dudo, esa es la impresión. Mucha gente escribía diciéndole a don Ramón que se vengara, y eso demuestra que siempre la víctima tiene más fuerza. Eso lo podemos ver en las telenovelas: la protagonista siempre es desvalida, débil y tonta; y la mala es fuerte, más inteligente. El programa, inconscientemente, no tiene personajes polarizados: ni somos totalmente buenos ni totalmente malos. Todo mundo tiene un viso de oscuridad y un viso de luz. Uno se vuelve victimario y víctima, como en la vida. Y eso se daba inconscientemente. Esto que te estoy diciendo es una conclusión que he sacado a través de los años. Por ejemplo, si tú te metes en internet, y ves la gran cantidad de material escrito sobre el Chavo. En Brasil es impresionante la cantidad de páginas que existen en idioma portugués.

Creo que se ha llegado al nivel de estudios sociológicos…

Desde luego, a eso iba: estudios sociológicos y psicológicos. Ahora que estuve en São Paulo, el 11 de septiembre precisamente, se acercó a mí un grupo de muchachos que están haciendo su tesis profesional sobre eso, sobre el Chavo como fenómeno, para tratar de explicar qué es lo que tiene que ha llamado la atención en más de 300 millones de personas.

¿Te consideras un ser privilegiado al haber tenido la oportunidad de compartir con ese grupo de personas?

No me gusta contestar a una pregunta con otra pregunta, pero ¿tú que crees? […] Muy privilegiado. Es un regalo de la vida que lo estoy disfrutando aún hoy en día.

¿Por qué tomaste la decisión de trabajar en un circo?

Porque es un reto para mí.

¿Sabes que no todo el mundo lo ha visto bien?

Me basta y me sobra con que yo lo vea bien. No puedes darle gusto a toda la gente. Considero que la gente que no lo vea bien no irá al circo. Y te puedo decir que la gente que lo ve bien abarrota el circo. Porque hay muchas personas que no tienen oportunidad de ir a un teatro. Hay mucha gente que piensa que la televisión es algo mágico. Me refiero a los niños, a quienes en un momento dado se les cumple un sueño. ¡Los sueños se hacen realidad! Y para mí como actor es un reto tener a la gente tan cerca, estar trabajando en un lugar que no es un teatro y hacerles creer que están creyendo que yo soy un niño.

¿Te dejó mucho dinero el trabajo junto al elenco de Chespirito?

Mira, gané mucho más dinero del que pensaba yo ganar en esto, pero infinidad de veces mucho menos de lo que la gente piensa. Realmente la gente no paga (y tú me podrás dar la razón, o tus lectores) por ir a ver a un actor. Paga por ir a ver y escuchar a un cantante, y me estoy refiriendo a las grandes cantidades de dinero. Paga por un grupo de rock que se presenta en grandes estadios. A esos sí se les pagan sumas millonarias. Yo vivo bien, holgadamente. Me pienso retirar en dos años. Pero el dinero viene por sí solo, cuando realmente no lo buscas. Esa es mi filosofía. Te repito, gané mucho más de lo que pensé que iba a ganar en esto, pero miles de veces menos de lo que la gente piensa.

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¿Encuentras muchas diferencias entre la niñez de los setentas y la actual?

El mundo es distinto, y también creo que se ha abusado de la manipulación, por la misma televisión. Haciendo una pequeña abstracción de esto, la televisión parece ser el invento que más marcó a la humanidad. No estoy en contra de ella sino del uso que se le ha dado. A través de ella a los niños de este siglo se les da mucha información, y como que se les obliga a madurar muy pronto. Se promueve en ellos actitudes de gente adulta. Se descuida mucho el aspecto lúdico del ser humano.

Sé que estás trabajando en una producción.

Quiero lanzarme a otros planes de la actuación, del medio artístico. Si bien ya había dirigido teatro y algunos cortos, estoy ahora incursionando en la co-producción de una serie para la televisión. Están muy interesadas HBO y Olé, y la vamos a vender a Telemundo. Es una miniserie de 24 capítulos, cada uno de los cuales tiene un final insólito e imprevisto. La serie se llama Postdata, y se está haciendo en Buenos Aires.

¿Vuelves a actuar en esta producción?

Sí, me di el lujo de actuar en un capítulo.

Imagino que a estas alturas te deben resultar muy diferentes a los de hace treinta años, los recursos, técnicas y efectos televisivos.

Cómo no. Yo veo los programas de televisión que hacíamos nosotros y eran totalmente rudimentarios, y se veía bien. Se utilizaba el chroma key por primera vez en México, para incrustar imágenes, algo que ahora se hace con la mayor facilidad del mundo. Cuando hicimos Blanca Nieves y los Siete Churichurinfunflais, que aquí lo acabo de volver a ver, estuvimos 15 días trabajando, aunque la duración de ese programa fue de una hora. Teníamos problemas de iluminación por los que a veces debíamos pasar hasta tres horas de pie para que se terminara de iluminar una escena que duraba solo dos o tres minutos. Ahora es un poquito más fácil.

¿Cuáles son, para ti, los más grandes actores cómicos mexicanos?

Cantinflas era muy buen actor cómico, y tenía a un humorista de cabecera, que era Carlos León. Él era quien le escribía todos sus diálogos. Cantinflas era un cómico verbal. Tintán era muy espontáneo. Me quedo con las primeras épocas de ambos. Hay otro actor que no es muy conocido en el Ecuador; se llamaba Joaquín Pardavé. Era un excelente actor, que tocaba el humor y tocaba el melodrama. Era compositor y fue director de cine y teatro. Y Roberto Gómez Bolaños, que es una persona a quien yo admiro mucho. Ha incursionado en varios géneros literarios. Lo que más se ha conocido de él ha sido la comedia, pero ha escrito teatro y acaba de escribir un libro de sonetos.

¿Se mantienen ustedes en contacto?

Sí, constantemente.

Más allá de tus pasiones como médico y actor, ¿qué otras cosas te apasionan?

La lectura, por ejemplo. Soy muy ecléctico pero me apasionan las biografías. Me gusta mucho leer acerca de personajes famosos y no tan famosos.

¿A quién admiras?

A mucha gente. Te podría mencionar a Henry Ford, Albert Einstein (a quien me hubiese gustado conocer).

¿Y has llegado a conocer alguno de los personajes que admiras?

Sí, conocí a León Felipe, un poeta español refugiado en México, que escribió Este viejo y destrozado violín. Un tipo con una poesía muy hermosa, que para mí fue muy emotivo conocer, porque él ya estaba muy grande [mayor]. Y, bueno, la sensación que te puede dar la ilusión de una persona que conoces a través de su trabajo literario. Me remito a lo que te dije hace un momento: los sueños se cumplen. Otra persona a la que admiraba, y con quien tuve la oportunidad de conversar, fue Libertad Lamarque. La admiraba no tanto por lo que cantaba sino por su valor en el aspecto político, su abandono de la Argentina, todo eso. Me interesaba mucho conocerla.

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León Felipe, poeta español exiliado en México, a quien Edgar Vivar admira y llegó a conocer.

La gran actriz argentina Libertad Lamarque

La gran actriz argentina Libertad Lamarque

Una faceta algo desconocida de tu vida fue la periodística. Cuéntame al respecto…

Pues sí, una de las partes que más disfruté de mi vida fue el periodismo, en el que también incursioné. Durante algunos años estuve trabajando en la gaceta universitaria, en un suplemento cultural que se llamaba La Cobra, y yo hacía entrevistas. Así pude entrevistar a Dolores del Río, a otra señora que se llamaba Tamara Garina, a mucha gente.

¿Qué tipo de música escuchas?

Me gustan mucho los impresionistas:  Claude Debussy, Ravel. Y también en la pintura me gustan los impresionistas. El impresionismo lo revolucionó todo: influyó en la pintura, la música, la literatura. Era una manera diferente de ver la realidad, y no por eso deja de ser válida.

¿Y la música popular?

No soy muy afecto a la música popular. Me gusta la música new age. Y, en mi juventud, básicamente Los Beatles.

¿A nivel de cine?

Mucha gente. Uno de los directores que más admiro ha sido Luis Buñuel.

¿Llegaste a conocerlo?

No. Conozco a su hijo. No, no tuve la oportunidad. Pero tengo muchos compañeros actores que trabajaron con él: Silvia Pinal, Joaquín Andere, a quienes siempre pregunto cómo era Luis Buñuel. Admiro también mucho a Hitchcock. Me gusta el cine de Steven Spielberg. Me gusta todo el cine de Hollywood de los años cincuenta, desde el cine negro hasta las comedias musicales. El cine francés de la nueva ola; el cine argentino actual; el cine que se está haciendo en México creo que va por muy buen camino.

¿Crees que México tuvo su época de oro del cine?

Sí, fue una oportunidad dorada, porque durante los años cuarenta, cuando estaba la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos dejaron de hacer películas en grandes cantidades para hacer material de guerra. Entonces México supo explotar esa oportunidad. Un hombre, Emilio “Indio” Fernández, junto al fotógrafo Gabriel Figueroa, empezó a hacer tomas costumbristas, muy mexicanas, con magueyes y cielos con nubes. Era un cine muy pictórico y poético, que empezó a interesar fuera de México, hasta entonces un país desconocido. Fue una oportunidad dorada, y se le puede llamar de oro porque sí entró mucho oro a México, y les dio proyección a muchos actores. Realmente creó estrellas de cine que, curiosamente, siguen todavía vigentes gracias a la televisión. Ese ha sido el vehículo para hacer permanentes esas imágenes.

Chespirito y Edgar Vivar, interpretando al Chavo y a Ñoño en la vecindad.

Chespirito y Edgar Vivar, interpretando al Chavo y a Ñoño en la vecindad.

¿Tus sentimientos al despedir a Ñoño, precisamente en Cuenca?

No dejo de derramar una lágrima, pero no de tristeza sino de nostalgia. Es como decirle hasta siempre, y es la manera como lo despido durante el espectáculo: ¡Hasta siempre Ñoño!

Revista Qué Nota, No. 13. Pgs. 19-22.

Cuenca, Ecuador, noviembre de 2003

Hugo Oquendo: un Paganini en la Guitarra

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¿Qué es para usted el periodista Diego Oquendo?, cuenta Hugo que le había preguntado el mismísimo coronel golpista, Lucio Gutiérrez, en el año 2004, durante su visita al Palacio de Carondelet. Es mi hermano, le respondió éste, y fue entonces cuando comenzó el conato de trifulca político-cultural entre ambos personajes.

Desde 1968 el guitarrista ecuatoriano Hugo Oquendo está radicado en la ciudad de Roma. Cada cierto tiempo, en medio de sus múltiples y lejanas giras, se concede también algún lapso para regresar al Ecuador, sobre todo a su amada Quito. Hace unos meses, antes de la vorágine política que volvió a convulsionar al país tras la casi interminable crisis que nos asoló, visitó la región para dar conciertos en Azogues, Cuenca y Loja, donde se le rindieron sendos homenajes. Producto de un diálogo, más cercano a monólogo debido a su incontenible y cálido aguacero de recuerdos, en este espacio trato de recoger sus palabras, sus frases, sus anécdotas, las remembranzas de una de las cumbres del talento musical ecuatoriano.

En su condición de símbolo viviente de la guitarra clásica y embajador cultural del Ecuador ante el mundo, en verdad una de las glorias vivientes del arte generado desde los rincones de esta gran patria pequeña, el gobierno de Gustavo Noboa tuvo el acierto de conferirle una pensión vitalicia. De esas que por lo general con afanes politiqueros cada mandatario viene concediendo, a veces con buen criterio y otras con tan mala fortuna, que a decir de algún personaje todavía bastante centrado, apenas poco más de una décima parte de aquellos las merece.

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A mediados del año 2004, el coronel que todavía tenía, para su fortuna o infortuna, según el caso, quien le escribiera, le dijo tajantemente, como intentando llevar adelante una negociación –para decirlo con un tono bonito y no herir susceptibilidades de nadie: Ese señor periodista ha sido muy duro con sus críticas al Gobierno Nacional, que prácticamente se ha ensañado en ver solamente las cosas negativas, cuando en realidad la obra gubernamental se está proyectando a largo plazo, sin afanes electoreros. En consecuencia, señor don guitarrista –suponemos que habrá dicho el todavía Presidente–, si su hermano no cambia de actitud frente al Ejecutivo, pues de eso nada limonada, nones, que no estamos para dar dinero ni reconocimientos ni pensiones, y menos vitalicias, a ningún enemigo gratuito del Gobierno.

Claro que don Hugo, quien tampoco estaba con su gigantesca trayectoria internacional para ser pisoteado por nadie, se encolerizó y empezó a cantar, o a tocar podría decirse, verdades a diestra y siniestra.

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El maestro Hugo Oquendo junto al gran Pepe Serrano (centro), y el autor de esta entrevista.

La vida de Hugo Oquendo transita así, signada por anécdotas que para el común de los ecuatorianos parecerían inverosímiles, increíbles, improbables, de no ser por la leyenda que rodea al guitarrista, el más célebre de los ejecutores de un instrumento que Andrés Segovia contribuyó a que se lo tome en serio. Fue precisamente Segovia quien, en una de sus presentaciones en la capital ecuatoriana, y en el legendario Teatro Sucre, haría la premonición de que algún día el pequeño guitarrista quiteño, quien anhelaba ser escuchado por el maestro, sería muy grande. Muchos años después, ya un conocido intérprete de la guitarra clásica, y en España, el propio Segovia reconocerá a su admirador, esta vez convertido en toda una figura, y hasta le dará algunas clases particulares.

A causa de la inestabilidad emocional y material que la peculiar relación matrimonial de sus padres representó, Hugo se vio obligado a salir del Ecuador cuando aún no cumplía la mayoría de edad, aunque por entonces se lo reconocía como una joven promesa de la música y del toreo… Con ese afán, el de llegar a convertirse en una gloria de la lidia, es que en diciembre de 1951 aborda un avión de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, que trasladaba a la delegación nacional a los primeros juegos bolivarianos de la historia. Pero no se trataba de un pasajero común sino de un polizonte.

Descubierto en pleno vuelo, cuando se había encerrado en el retrete, de inmediato despertó simpatía en el capitán y el copiloto de la nave, quienes le dieron 40 dólares para sus primeros gastos como inmigrante ilegal en Caracas. Ese dinero retornaría a Quito, en manos de un militar vecino de la familia, a quien le pidió entregárselo a su madre: «Sargento, hágame un favor: ya que conoce a mi mamá voy a confiar en usted. Déle estos cuarenta dólares, y dígale que todavía no aterrizo y ya le estoy mandando dólares… »

Al llegar a Caracas se bajó todo el mundo del avión, y él se quedó adentro sin saber de qué modo pisar el suelo del aeropuerto de Maiquetía. Estando en esas cavilaciones escucha las notas del himno nacional del Ecuador, interpretado por una banda de músicos venezolanos vestidos de azul marino, tal como él mismo iba ataviado. Fue esa la circunstancia que aprovechó para, una vez culminada la interpretación, sumarse a los músicos cargando su guitarra, gracias a lo cual salió del aeropuerto primero que la delegación, y haciéndoles el saludo militar. Era el 17 de diciembre de 1951. La fecha no podía ser más simbólica.

A continuación vivirá una serie de peripecias en la capital venezolana, que por entonces comenzaba a despertar hacia su afán de convertirse en una ciudad del primer mundo, merced a la explotación y exportación de petróleo.

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La flamante avenida Bolívar, en Caracas, hacia los años 50

Dueño no solo de un talento que cultivó desde los cinco años, sino también de un arrojo y una sed de aventura en verdad temerarios, Hugo pasará de ser prácticamente un indigente en las calles venezolanas, que dormía en los edicios en construcción y causaba tanta lástima a las enfermeras de la Cruz Roja que no se atrevían a comprarle la sangre, debido a lo flaco que estaba, a ser un niño mimado del hombre más poderoso, idolatrado y a la vez temido y odiado de Venezuela en esos años: el dictador Marcos Pérez Jiménez.

Con la misma astucia con la que resolvió y logra colarse en el avión que lo sacaría del país, y luego le permitiría entrar a Caracas, ocho días después y al borde de la desesperación, entrará a la casa del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela también como músico de una orquesta. Era la noche de navidad. Después de convencer a un ministro de que lo único que pretendía era tocar para el Presidente, éste lo presenta como un miembro de la delegación ecuatoriana, que tenía una sorpresa para el mandatario. Su ejecución de La Malagueña le arrancaría lágrimas al dictador, y en un arrebato de agradecimiento y emoción decide que las puertas de la casa estarían siempre abiertas para el joven músico, quien desde ese momento se convertirá en maestro de su hija y de su sobrina. Ex alumno de la Academia Militar «Eloy Alfaro» de Quito, Pérez Jiménez se enternece tanto al escuchar esa evocación sorpresiva de alguna chava ecuatoriana con el acento andino del Quito en el que se formó, vivió y amó en su juventud, que en un arranque de generosidad decide apadrinar a Hugo y pedirle que adopte la nacionalidad venezolana: «Le dije Señor Presidente, qué honor y qué orgullo ser venezolano, de la patria de Bolívar y de Sucre, a quienes tanto veneramos los ecuatorianos. Gracias, Señor Presidente, por ese altísimo honor que usted quiere brindarme, pero con toda humildad y respeto, yo nunca dejaré de ser ecuatoriano», rememora Hugo con evidente emoción. Pese a ello, el dictador lo enviará a estudiar guitarra clásica a España, y con el tiempo Hugo se convertirá, además de afamado guitarrista internacional, en pariente político de Pérez Jiménez, tras contraer nupcias con su sobrina Eulice.

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Marcos Pérez Jiménez (1914-2001), ex Presidente de Venezuela y tío político de Hugo Oquendo

Pocos días después de tocar para el presidente, en calidad de aguinaldo navideño, el gobierno le entrega la cantidad de 10.000 bolívares. Más de la mitad de ese dinero se la envía a su madre, en Quito, quien se negaba a recibirlo porque pensaba que su hijo se había convertido en delincuente para obtenerlo. Tuvo que llamarla el mismo embajador del Ecuador para decirle que Hugo se lo había ganado, y era un regalo del Presidente de Venezuela.

Una de las anécdotas de ese primer dinero ganado en el exterior por el joven guitarrista, fue cumplir con la promesa que le había hecho a su hermano Diego, por entonces un niño que ansiaba tener una bicicleta, unos pantalones blue jean y unos zapatos mocasines, que no podía usar si no era pagando a uno de sus amigos para que se los alquile por unas horas.

En medio de esa peculiaridad que determinó que su vida se bamboleara entre el éxito y la tragedia, entre la audacia y la aventura, a raíz del derrocamiento del dictador venezolano sus enemigos raptan a la hija que Hugo y Eulice tuvieron. Este hecho trágico significará la destrucción del matrimonio, aunque la niña fue hallada dos años y ocho meses después, en un orfanato de Maracaibo, gracias a la fotografía que una periodista francesa había publicado en El Espectador de Bogotá. Intrigada por las lágrimas que derramaba en el escenario nuestro artista, cada vez que tocaba una pieza en recuerdo de su pequeña hija, relataba: “Entre los escenarios del mundo, a través de un preludio, Hugo Oquendo busca a su adorada hija, Flor Matilde”. Será el propio Embajador del Ecuador en Colombia, padre de quien después se convertirá en presidente interino del país, Fabián Alarcón, quien notifique a Hugo del hallazgo de su hija. Ese reencuentro será, sin embargo, la antesala de una nueva pérdida de Flor Matilde, quien en manos de su madre desaparecerá sin dejar rastro, hasta que veinte años después, cuando ella lo creía muerto en un accidente de aviación, él retorna a Caracas para dar un recital. Será otra vez la prensa la que permita reunirse a la joven con su padre, cuando ésta advierte una nota en la que se hablaba del regreso a Venezuela del guitarrista ecuatoriano Hugo Oquendo, cuya carrera comenzó precisamente en ese país.

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Una vida tan intensa y llena de episodios novelescos, no podía dejarse perder en los vericuetos y en las oquedades misteriosas de la memoria. Por eso está ahora recogiendo los recuerdos de su existencia, todos esos acontecimientos, matizados de humor y tristeza, de alegría y tragedia al mismo tiempo, en un libro que espera publicar en breve. En él narrará también cómo llegó a tocar la guitarra para el Papa, en la mismísima Capilla Sixtina, por pedido de su madre; cómo haría llorar al jefe de la Iglesia Católica con la ejecución de una pieza expresamente compuesta para él, y enjugarse las lágrimas en un pañuelo que luego le llevaría a su progenitora. Pero aquellos son otros capítulos de su larga y loca historia, y el espacio ya se nos agotó. Mejor será esperar a que se publiquen las memorias de Hugo Oquendo, el Paganini de la Guitarra.