Reflexiones sobre Vida y Muerte

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A mediados de los setentas, en las aulas escolares nos embutían la fórmula aquella de que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, en torno a la cual lo que había que hacer era aprenderla de memoria antes que meditar sobre su sentido. Cada uno de los educandos, cuyos nombres sería capaz de recordar perfectamente ahora si viese sus retratos de entonces (no así los de los compañeros de colegio y universidad), debería luego enfrentarse con la contundencia de la realidad del último de aquellos asertos, el de la muerte.

Hacia su verdad, es decir su presencia, caminaríamos con sorpresa y dolor, con incertidumbre, incomprensión y decepción. De modo que sí, existía la muerte, pensaríamos entonces al asistir a la partida de un ser querido. Y luego, una, dos, tres, algunas veces más según el sino de cada existencia, de cada familia.

Siempre termina la muerte de un ser humano por afligir la mente de los demás, por muy habituados o experimentados que nos creamos a verla y sentirla. Para su llegada casi nunca nos encontramos preparados. Sabemos que es irremediable, que ninguno de nosotros escapará a su cita, y al mismo tiempo nos duele cuando ocurre, cuando toca las puertas de nuestros hogares y decide que no se irá sin cumplir el cometido para el cual decidió presentarse.

En el caso del deceso de nuestros ancianos (un padre, un suegro, una madre, una abuela) quizá sea más comprensible, porque se trata de seres que tuvieron ya un camino recorrido, porque muchas veces se han cansado ya de lidiar con las carcajadas de la existencia. A pesar de ello, a pesar de la conciencia y la certeza de que eso es así, no deja de doler el hecho de enfrentarse a su partida física ahora, en este momento.

Duele sobre todo la propia imposibilidad de estar en el momento postrero de un ser querido, de escuchar sus palabras, de decir las necesarias, estrechar las manos o extender el último abrazo, el último beso, el consuelo final. Para muchos, amparados bajo la magnificencia prometedora de sus creencias, es solo una breve despedida hasta el momento en que, dicen, nos encontraremos. Para otros, en cambio, la muerte es el final de cada individuo, quien solo vivirá en el recuerdo evocador de quienes lo conocieron, admiraron y amaron.

Serán eternos mientras haya quien los recuerde. Después, con el pasar de las horas, los días, semanas y meses, todo va volviendo a la rutina cotidiana, como si nada hubiese acontecido, porque la realidad es esa, que la vida continúa su curso y nosotros con ella, hasta el momento en que también debamos rendir cuentas de lo que hicimos con ese soplo de energía.

   De Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, 2016

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